prosa poética de ida vitale

Encrucijadas

No hay pérdida más irreparable que la del misterio.

Ida Vitale. Foto Marcelo Bonjour
Ida Vitale (Foto Marcelo Bonjour)

¿Cómo saber ante cualquier avenida, alameda, o mero camino, que no se está ante un callejón sin salida? Los inevitables árboles del borde, sean o no álamos, pueden llevar más adelante al estrechamiento, la desnudez, el pantano. También la amplitud puede diluirse en el ultraje de la extroversión de todos los límites.

Y cuidado con olvidar el riesgo de una encrucijada. Allí toda paz termina. Puede empezar, a lo mejor, la nostalgia. A lo peor, el ansia, la discordia, el apremio. Hoy no tanto la angustia ante el pedido de demonio, fantasma o trasgo que las leyendas convocaban al aire de los cruces (Cunqueiro anunciaría enano), sino la de la elección obligada, la más temible. ¿Acaso cada encrucijada no encierra un círculo mínimo, pero círculo al fin, y por tanto mágico mandala? En ella puede estar esperando el azar, el destino (la primera de las cinco "lógicas de la inercia" que inventó Plutarco).

Un país entregado desde mucho tiempo atrás a los áridos dioses del positivismo y a la sólida desconfianza o prevención contra cualquier resquicio de manifestaciones de poder divino, es la más fácil presa de Exú, el ángel caído. Este nombre no resultará a todos tan familiar como Satanás o Luzbel, o simplemente Diablo, pero a fuerza de ser en nuestro mundo algunos siglos más joven, tiene muchos adeptos en una moderna forma de presunción religiosa, la magia Umbanda o la Quimbanda. La primera al parecer mira hacia el bien y la segunda hacia el mal. En esta reina Exú con todos los nombres por los que responde, de los cuales suena más simpático Exú Tirirí, aunque no es cosa de fiarse de su campanilleante sonido, ya que Exú Tirirí, que reina en las encrucijadas, es maligno y zumbón como un trilby británico. Algo más exhibicionista, se complace, según quienes saben de esto, en señalar su presencia con una luz roja en su cabeza, aunque se cubre con un velo nebuloso. Queda confirmada una vez más la aprensión que las encrucijadas han producido en todas las épocas, bajo todas las mitologías. Todavía entre las dudas que aparejan, corremos el riesgo del surgimiento de un demonio, bajo el nombre que en ese momento se le antoje. Aunque hoy las carreteras solo admiten cruces.

Sin duda algún modesto camino, al fluctuar entre las poco perversas ondulaciones del paisaje campestre uruguayo, recibe la irrupción de otro; quizás alguien, sin duda habitante de un desgarrado, casi difunto pasado verbal, es esperado allí por el ingrato y tortuoso fantasma de las encrucijadas, que surgirá más maligno que nunca: concentrado por desuso, debe odiar al mundo que transita, ignorándolo y de ser una acechanza cualquiera, de grado bajo, pasa a ser el cada vez más poderoso Exú Tirirí, diablo de campanillas.

Las ciudades han terminado de someter a las encrucijadas. La encrucijada, que figuradamente también significa acechanza, en las ciudades se quiere inocua y se disimula como simple esquina. Derrotando los perfiles invisibles del aire, se levantan masas concretas y habitadas, fatalmente exactas. No hay pérdida más irreparable que la del misterio, que se ha esfumado sin ganancia para nadie.

La autora

IDA VITALE (Montevideo, 1923) es docente de literatura, crítica literaria, traductora, ensayista, poeta, y referente de la generación del 45, con una extensa obra publicada. Se radicó en México de 1974 a 1984, luego en Austin, Texas, y regresó en 2018 a su país natal. Ha recibido los Premios Octavio Paz (2009), Carlos Monsiváis (2010), Alfonso Reyes (2014), Reina Sofía (2015), Federico García Lorca (2016) y Max Jacob (2017). El texto adjunto fue tomado de uno de sus últimos libros, El ABC de Byobu (de la edición uruguaya de Estuario, 2018).

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