Dos inéditos en Uruguay

Emir Rodríguez Monegal: ensayos de una memoria

El crítico y ensayista uruguayo Emir Rodríguez Monegal retorna a librerías abordando aquellos puntos oscuros de su memoria, sobre todo la de un niño vulnerable.

Emir Rodríguez Monegal por Ombú
Emir Rodríguez Monegal, por Ombú

Dos libros de Emir Rodríguez Monegal publicados en el extranjero permanecieron inéditos en el país hasta su reciente recuperación en la Colección de Clásicos Uruguayos bajo el título Ensayo y Memoria. Presentados por un extenso y sinuoso prólogo de Lisa Block de Behar, acercan la condición crítica que lo ubicó entre los más lúcidos arquitectos de la historia literaria del Río de la Plata y una memoria personal que, por su voluntad autobiográfica, configura el aporte más sensible de la restitución.

El primer libro se titula El juicio de los parricidas, fue publicado por la editorial Deucalión de Buenos Aires, en 1956, y recopila los artículos del semanario Marcha en los que Monegal ensayó la posibilidad de reconocer y contrastar actitudes de la generación del 45 uruguaya en la orilla argentina. Desde el comienzo, hace coincidir la emergencia de una nueva generación con la irrupción del peronismo en 1945, entendiendo “que marca la separación de los jóvenes. Unos se van a encerrar en sí mismos, a cultivar su jardín, cada vez más desinteresados de la realidad circundante… Otros se van a hundir en la realidad, van a recorrer su contorno, van a querer llegar a la raíz”. Si el juego de fechas le permite instalar cómodamente al argentino H. A. Murena en 1948, desde la revista Sur y luego en La Nación, con una revisión polémica sobre la obra de Ezequiel Martínez Estrada, Eduardo Mallea o Jorge Luis Borges, es notorio que la inclusión de la revista Contorno, la producción crítica de los hermanos Viñas (Ismael y David), León Rozitchner, Adolfo Prieto o Jorge Abelardo Ramos, conduce al inicio de los debates de los años sesenta. De todos modos, el concepto de generación vino a ser lo bastante impreciso como para desaconsejar la discusión sobre sus límites. Basta reconocerlo en la argumentada visión de Monegal —la irrupción del peronismo recondujo la ambición crítica al campo de la política y ya no solo al literario— y destacar sus minuciosas valoraciones sobre la producción de los autores, su agresividad, sus aciertos y debilidades.

La ineludible inclusión de la política lo lleva a expresarse en distintos momentos con una pátina antiperonista que se desdibuja en generalizaciones, pero es preciso en el limitado itinerario de su panorama y en el caso que le es más caro, la recepción de la obra de Jorge Luis Borges, discrimina con claridad las incomprensiones, de las críticas más serias a la marginalidad de sus preocupaciones con relación a los debates que por entonces ocupaban a la izquierda argentina.

Un secreto

Las formas de la memoria, publicado por Vuelta, México, en 1989, es el texto autobiográfico que recupera los años de su infancia en Melo, Montevideo y varias ciudades de Brasil. Lleva por subtítulo “I. Los Magos”, porque fue concebido como el primero de una serie de tomos con el que se proponía narrar su vida y es el único que publicó antes de morir el 14 de noviembre de 1985 en New Haven, Connecticut, Estados Unidos.

El libro es una pieza rara de verdad y doblez porque sin abandonar el tono confesional frunce el pasado, de modo que no aparezcan los episodios más conflictivos de su origen familiar. Melo emerge en los cuentos que cultivaba su madre con las tías que los acogieron en un hotel familiar de Montevideo cuando Emir tenía dos años. Es el relato de las comidillas vecinales entre las que asoman, poco a poco, las míticas figuras de su familia: el abuelo Cándido, al que llamaban Papá Viejo, dueño de una librería y una imprenta en la que editaba el periódico colorado El Deber Cívico, y los dos tíos varones, Pepe, un bohemio aficionado a la pintura y a los versos, y Cacho, heredero de la imprenta, casado con una ex prostituta que sobrevivió al ostracismo social.

En un momento de su relato Emir comienza a hablar de “papá”, sin referencia al casamiento con la madre y mucho menos a su propia concepción. Y es que durante toda su vida Emir ocultó que el padre biológico fue un vecino de Melo llamado Héctor Suárez Saravia, el novio que embarazó a su madre, Hilda Monegal, y por negarse a contraer matrimonio murió del balazo que le pegó Cacho en medio de una discusión. De ese drama novecentista fue hijo Emir Rodríguez Monegal, pero nada cuenta en sus memorias, tampoco lo aclara el prólogo, y es posible que el lector se desoriente un tanto cuando al final del primer capítulo lea: “Tardaría unos veinte años en descubrir que Cacho, y no Pepe, había sido la persona más importante. Para esta fecha, tan alejada de mis seis o siete años, la leyenda de Melo me había explotado en plena cara”. Sin embargo, es desde este punto ciego que el relato de su infancia y los detalles de su vida doméstica cobran interés, como las cartas de tinta invisible se revelan sobre el calor de una lámpara.

Dos secretos

El otro secreto es el de su padre adoptivo, Manuel Rodríguez Moleón, un hombre de perfiles borrosos, por mucho que se empeñe en describir sus rasgos físicos. Pertenecía a una numerosa familia de inmigrantes españoles; sus hermanas mayores nacieron en Buenos Aires, Manuel en Asunción del Paraguay, y la mayoría de sus restantes hermanos en Corumbá, donde el padre finalmente se hizo rico con una fábrica de cerveza y del refresco Guaraná, muy popular en Brasil. Don José y Encarnación tuvieron veinticuatro hijos, “aunque las pestes se llevaron a once”, y en algún momento Manuel consiguió un falso certificado de nacimiento que lo convirtió en ciudadano natural brasileño. Como el padre quería que Manuel heredara sus negocios, lo envió a educarse en el Liceo Francés de Montevideo y años más tarde a la Universidad de Pennsylvania. Manuel contaba que el padre le dio a un amigo personal una importante suma de dinero para costear sus estudios, pero el hombre se quedó con el dinero y le dijo al padre que se lo había gastado él. A partir de entonces don José le cerró las puertas del hogar. Malvivió un tiempo en Nueva York, regresó a Corumbá a pedir clemencia y emprendió una aventura comercial en la selva de Bolivia, de la que regresó derrotado y enfermo de malaria, pero su padre nunca quiso verlo y durante el resto de su vida vivió pendiente de las cartas que le enviaba la madre, a la espera de que se aplacaran las furias de su marido, que lo condenó a vivir para siempre lejos de la familia.
Emir confiesa sus dudas sobre las verdaderas razones de ese conflicto filial y sugiere que las conoció mucho después, pero se cuida de revelarlas. A cambio, ofrece la imagen de un padre errante en las ocupaciones (contador de empresas, vendedor de productos de distintos rubros) y en los destinos (Montevideo, Porto Alegre, Rio de Janeiro), afable, sensual, amigo de las bebidas alcohólicas, las escapadas nocturnas y la frecuentación de prostíbulos.

Las memorias de Emir transmiten la imagen de un niño vulnerable y enfermizo, con escasos amigos y especialmente mimado por su tía abuela Piqueca, que lo adoptó como centro de sus cuidados. El laberíntico hotel ABC, sobre la calle Sarandí casi esquina Zabala, pertenecía al marido de su tía Guadiela y ahí vivieron Hilda y Emir en distintos períodos, con y sin su padre, junto a Piqueca y Nilza, la tía menor. Fue para ellos una suerte de refugio, cada tanto Cacho les hacía llegar algún dinero, y lo alternaron con sus estadías en pensiones de las ciudades de Brasil donde el padre probaba suerte.

Emir vivió una infancia replegada sobre el hogar que no tenía, como no fueran las piezas del hotel, los mimos de Piqueca, la atención ocasional de su madre y sus hermanas, los juegos con una prima. La mayor parte de su memoria está centrada sobre la vida doméstica hasta llegar a la pubertad y adolescencia, cuando descubrió la pasión por la lectura en un bodegón de libros usados y poco después tejió vínculos personales con algunos compañeros del Liceo Francés. El relato es vívido sin embargo, y sabe adosarle referencias históricas o de contexto, si no a sus aventuras, a sus experiencias, con lo que consigue sumarle mayor atractivo.

Uno de los perfiles más curiosos del texto es que eluda episodios truculentos pero abunde en el relato de pormenores sexuales, como el descubrimiento de la genitalidad, los primeros manoseos, abusos padecidos, las masturbaciones, su inauguración en un prostíbulo. Sus pudores no son de orden moral y es posible que tampoco alcancen a los motivos de sus secretos, consecuencia —cabe imaginar— de dolores profundos que lo acompañaron de por vida. Al abordar la figura de Roberto de las Carreras en su ensayo Sexo y poesía en el 900, no ahorró cuestionamientos a los alardes de la bastardía ni destratos a la madre, Clara García de Zúñiga. Entonces pudo leerse como un desprecio moralino pero a la luz de estas memorias cabe deducir identificaciones más penosas con la condición bastarda que compartieron de modos notoriamente opuestos.

La noche sin reyes

En el final del libro un breve capítulo titulado “Los magos” da un conmovedor relato de sus desamparos, en el que Emir regresa sobre la letra invisible de su niñez. “Ocurrió el Día de Reyes de 1926, cuando yo tenía cinco años —cuenta—… Por razones que ignoro, Piqueca no estaba en Montevideo, y Mamá se había quedado sola conmigo en uno de los cuartos más feos del ABC, el Cinco, que no tenía ventana sino una puerta de vidrios, a la francesa, que daba a un corredor, exactamente frente al apartamento de mi tía Guadiela, y de tío Bonilla, donde dormían también mis primas. El Cinco estaba casi vacío de muebles, con dos camas de metal pintado, y un altísimo techo, de manchado cielo raso. Yo me acosté con toda inocencia e hice mis interesadas oraciones a los Reyes Magos. Pero Mamá, que me escuchaba en silencio, me interrumpió para decirme que era inútil, que los Reyes Magos no existían, que eran los padres los que compraban los juguetes como una forma de perpetuar una hermosa tradición. La noticia me pareció inverosímil porque hacía ya algunos años que era favorecido por los Reyes. Quise argumentar con Mamá pero ella agregó que era mejor que yo me enterase de todo porque ella no tenía un céntimo y no había podido comprarme nada. Aquí sí que solté el trapo. Me puse a llorar como un loco, y creo que me pasé la noche llorando, implorando a Mamá que me dijese que no era verdad que los Reyes Magos no existían, que ella estaba equivocada, que iban a venir aunque ella no hubiese comprado nada. Recuerdo mis lágrimas, recuerdo la lividez del cuarto, recuerdo la obstinación de Mamá. Creo que me debo haber quedado dormido por agotamiento. Lo cierto es que al día siguiente, a la luz pálida y fría que se colaba a través de las cortinas de la puerta, verifiqué que Mamá tenía razón. Los Reyes Magos no existían".

"O por lo menos, no existían para mí porque del otro lado del corredor, podía oír las exclamaciones de mis primas, que descubrían la generosidad de esos Magos. Esa noche en vela me hizo adulto, o por lo menos me enseñó a reaccionar como adulto".

"Mamá abundó en explicaciones: no había llegado el dinero que le mandaba regularmente Papá Viejo, Piqueca se había ido confiada en ese dinero y no le había dejado nada. Guadiela se había negado a sacarla del apuro porque Mamá le debía varios meses de alquiler. Por correctas que fuesen las aclaraciones, yo no podía aceptarlas. Había descubierto una fisura en la esfera familiar que me protegía y me encerraba, y por esa fisura se había deslizado el horror. El odio que me despertó mi madre era demasiado devastador para poder expresarlo. Lo enterré, como enterré el sueño de los Magos, en algún lugar tan hondo que creo que tardé años en sacarlo a luz".

"El seis, hice de tripas corazón, fui a felicitar a mis primas por sus regalos y a jugar con ellos, y como buen avestruz, enterré alegremente la cabeza en la arena… Los Magos me revelaron la fragilidad económica de Mamá, que dependía exclusivamente de un dinero que mandaba algo irregularmente Papá Viejo, completado por algún trabajo que ella conseguía ocasionalmente… Sin prisa, empecé a pensar que sólo podría confiar en mí; aunque fuese un niño casi analfabeto y enfermizo. De a poco, y con la paciencia de un convaleciente que reconstruye músculo a músculo, pieza a pieza, su cuerpo paralizado, me fui inventando a mí mismo. Ese fue el regalo imperecible que me hicieron los Magos, aquella larga noche del cinco al seis de enero de 1926. Sólo quince años más tarde, en otra larga noche de vigilia que pasamos Mamá y yo en el Tres chico del ABC, habría de enterarme de pormenores de mi infancia que explicaban este incidente de los Reyes Magos. Hasta entonces, yo, que tantas veces me pregunté cómo habría podido ocurrir aquel horror, no advertí que la única pregunta que nunca hice (o me hice) era: ¿Dónde estaba Papá entonces?"

ENSAYO Y MEMORIA, de Emir Rodríguez Monegal. Biblioteca Artigas, Colección Clásicos Uruguayos, 2019. Montevideo, 306 páginas.

Emir Rodríguez Monegal
Ensayo y memoria, de Emir Rodríguez Monegal
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