HACE UNOS pocos años se puso de moda publicar los cuentos completos de autores más o menos importantes, generalmente estadounidenses. Hace muchísimos más años, décadas, que yo estoy esperando que se publiquen los cuentos completos de Sherwood Anderson (1876-1941), uno de mis cuentistas preferidos, sin el menor resultado. Parece que Anderson no está en el Cielo o el Olimpo o el Pan de Azúcar de los grandes críticos.
Fue el maestro y protector de Hemingway y Faulkner; el primero se lo agradeció parodiándolo y el segundo se lo agradeció cuando hacía años que Anderson estaba bien muerto y mejor enterrado. ¿Le tenían miedo? Anderson, hombre tranquilo y generoso, que ya había superado sus difíciles primeros años de escritor y había alcanzado la fama, siguió siendo un hombre tranquilo y generoso hasta que murió de una peritonitis a consecuencia de haberse tragado un escarbadientes. Sí. Un escarbadientes. Tal vez este asunto del escarbadientes es indigno del Cielo y del Olimpo (¡así son de tarados los académicos!). Tal vez conspiró contra su posteridad la triste equivocación de publicar algunas novelas mediocres o directamente malas y alguna buena. Seguramente lo perjudicó su especial manera de ver la realidad, pero la verdad indiscutible es que los expertos lo maltratan con una especie de cortesía desganada y perdonavidas.
Sherwood Anderson es insustituible. Como Hawthorne, como Poe, Anderson supo ahondar en ciertos y muy profundos aspectos de la realidad que nadie más siquiera rozó. Pese a todo, en Estados Unidos lo ningunean.
Tal vez porque escribió sobre esos personajes "grotescos" a los que el gran patán estadounidense, crítico o no, teme y odia; tal vez porque admiraba la cultura y la espontaneidad emocional de los negros; tal vez porque a menudo se centraba en el oscuro despertar sexual de los adolescentes en pueblitos reprimidos; tal vez porque destruyó el "sueño americano" de la sana vida campesina; tal vez porque desaprobaba el materialismo y el maquinismo que se iba apoderando de su país y escribía sobre caballos y perdedores, borrachines y soñadores. No es raro que esta suma de lo políticamente incorrecto lo haya echado del Olimpo; pero fue un genio y llegó el momento de publicar sus cuentos completos. Aunque se haya tragado un escarbadientes.
Felipe Polleri