EL CULTURAL

Eduardo Milán: los poetas y su cara de qué se yo

Opuesta a la cara de saber que ponen los académicos de la lengua

Libro
Foto: Pexels.com

La pregunta vuelve como mosca: ¿qué tiene que ver la poesía con nosotros, no: qué tenemos que ver nosotros con la poesía? Nosotros es la primera persona de un plural difícil. Masa no es, conciencia del otro en participación conjunta, por ejemplo, por la ya imprescindible renta básica universal, no es. La humanidad despierta del sueño tecnológico que se mueve a favor de una vida menos domesticada por cinco aparatos y tres plataformas, no es. ¿Hay algo que ver con el mamut que arrancó el grito de horror al cavernícola y que este, luego de gritado y ya escuchado, lo repitió en forma de exorcismo y luego de escuchado lo repitió una y otra vez sin mamut y sin noche estrellada —con menos hielo bajo las plantas forradas de cuero y paño, en el polo opuesto no todavía derretido del nido de ramas, barro y hojas del colibrí que un día vi y me quedó grabada tanta vulnerabilidad cercana? Nada que ver con el mamut. José Ángel Valente anduvo merodeando muy cerca de la mosca de la pregunta —a esta altura con un zumbido de metáfora constituida, plena— con su concepto de antepalabra, la palabra siempre anterior. La palabra que está antes solamente, no: lo que está antes de la palabra, lo que la constituye en su bordeo, su, por decirlo así, silencio. O ruido de insectos en la orilla -la anterioridad no excluye al agua ni a la orilla ni a una figura clave de un poema de Carlos Martínez Rivas en “Memoria para el año viento inconstante”, punto alto de La insurrección solitaria (1953): “reciéncapullos”. Había oído a un místico, Valente. Había oído a un loco. Y había oído a un niño. Tres posiciones de palabra anterior: el primero en su balbuceo de Altazor (1930) que en vez de terminar empieza así: “Ululayu/lulayu/layu yu”, en el místico —no en Huidobro, un héroe de la negación en un mundo que ya lo aceptaba todo, incluso los indicios de su propia destrucción— una forma de aproximarse a un dios que sólo entiende cadenas de sonido. El segundo: sin imitación del dolor. Y el tercero: “Papá, ¿me das un vaso de aura?” Ante la palabra, elevada hacia arriba como un tótem, ninguno de los tres la alcanza. Las posiciones de la insuficiencia son posibilidades de la antepalabra. Se puede hacer, a partir de su localización conceptual y sin rastro de lugar real, la conjetura que uno quiera, con esa cara de saber que tienen los académicos de la lengua y con esa cara de qué se yo que tienen los poetas.

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