100 años de la Bauhaus

Diseño radical: bienvenidos al pasado del futuro

La proyección de una escuela que hizo revolución

Bauhaus en Dessau, Alemania
Bauhaus en Dessau, Alemania

DESSAU, NOCHE.

En una ancha avenida partida al medio por un boulevard se levanta el monolítico edificio gris que los estudiantes de arquitectura, diseño y arte han visto una y otra vez en reproducciones, postales y catálogos. Esta masa de rasgos geométricos puros lleva escrito el nombre “Bauhaus” en grandes letras de una tipografía propia y ha sobrevivido al paso del tiempo (y la guerra y el nazismo y el comunismo) para estar aquí, ahora, una noche fría del otoño alemán de pie como un templo de la modernidad y la vanguardia internacional. Recorrer el edificio-museo a deshoras da una rara sensación de viaje en el tiempo. Nos movemos como fantasmas a través de alguna noche entre 1926 y 1932, cuando la Bauhaus se estableció aquí, una ciudad industrial del este, recorriendo las instalaciones vacías mientras el director, los maestros y los alumnos imaginariamente descansan. Somos un grupo tan internacional como el que se había conformado en Weimar en 1919 cuando la Bauhaus empezó su camino sucediendo a la antigua escuela de artes y artesanías para dar un salto radical en el diseño como herramienta de la vida moderna, una idea estética que corría en paralelo con un ideal de ética democrática encarnado en la así llamada República de Weimar. Pero a diferencia de ellos que se desplazaron por Alemania a medida que el nazismo crecía como un tumor dentro del cuerpo social hasta que en 1933 lo devoró todo, a nosotros (periodistas, arquitectos, diseñadores, influencers) se nos invita a recorrer la ruta Bauhaus como un anticipo del centenario de la escuela que se cumple en abril y se celebrará durante todo el 2019.

Y así es como ahora entramos al teatro del edificio que diseñó Walter Gropius, el ideólogo y primer director de la Bauhaus.

WEIMAR, DÍA.

Son los últimos atardeceres de octubre y la llovizna fría convierte las calles serpenteantes y empedradas que llevan a la aristocrática Plaza Central de Weimar en el set de una película ambientada entre los siglos XVIII y XIX. El casco histórico no registra paso del minimalismo racionalista que distingue al estilo Bauhaus que, sin embargo, clavó en esta ciudad su primera estaca: la Haus am Horn. Un diseño del pintor Georg Muche ejecutado por el equipo de arquitectura de la escuela que se levantó para la primer exposición Bauhaus en 1923 y que fue habitado sucesivamente por distintas familias hasta principios de los años 90 cuando la Unesco lo declaró Patrimonio de la Humanidad. La visita a la planta rectangular que Weimar está poniendo a punto para las celebraciones de este año transmite menos el peso de la historia que un recorrido por un emprendimiento inmobiliario más o menos reciente. Se hace difícil pensar que la vivienda modelo ejecutada por el taller que dirigía Walter Gropius sea contemporánea de los chalets y villas centenarias que la rodean. A pocas cuadras, un barrio en el que se fueron instalando arquitectos y diseñadores industriales se hizo cargo de interpretar su herencia en clave contemporánea. Hasta la caída de la Alemania comunista (DDR) ese predio había sido ocupado por un destacamento del ejército soviético.

En su vertiginoso ensayo “Todo lo sólido se desvanece en el aire”, Marshall Berman rastrea el origen de la experiencia moderna en la escritura del Fausto que Goethe empezó a delinear hacia 1770 y cuya primera versión se publicó en 1832 luego de su muerte a los 82 años, aquí mismo en Weimar. Berman se refiere a la obra como “la tragedia del desarrollo”. Punta de una genealogía que continúa con el Manifiesto Comunista de Marx y los escritos de Charles Baudelaire, Berman dice del Fausto de Goethe que “expresa y dramatiza el proceso por el cual, a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, hace su aparición un sistema mundial característicamente moderno”. La casa donde vivió y murió Goethe es hoy uno de los puntos salientes del patrimonio de Weimar del mismo modo que lo es la oficina de director que ocupó Walter Gropius entre 1919 y 1924. Se conservan la disposición original de su escritorio, los accesorios de diseño de Marcel Breuer y Marianne Brandt y la lámpara Bauhaus de Wilhelm Wagenfeld cuya réplica se puede comprar por 400 euros en el gift shop del archivo Bauhaus de Berlín. Sin embargo, ni el mercado ni la cultura oficial le sonrieron en su día a los modernistas radicales de la Bauhaus. Gropius soñaba una alianza con la industria para que los hogares de Weimar se dejaran invadir de objetos hechos bajo el paradigma del nuevo diseño pero el gusto burgués estaba en las antípodas del minimalismo y el avance de la derecha en Turingia extendió la sospecha de “internacionalismo judío-comunista” sobre la escuela. En 1923 la coalición que ganó las elecciones arrastró entre sus filas a los partidarios del NSDAP (Partido NacionalSocialista Obrero Alemán), más tarde simplemente nazis, que se quedaron con la cartera de cultura. Un año después, Weimar cortó el presupuesto que sostenía a la Bauhaus y Gropius, tras una marcha performática por el centro de la ciudad, mudó su internacionalismo doscientos kilómetros al este.

DESSAU, NOCHE.

En el teatro de la Bauhaus, donde todavía hoy se dan funciones, el público ocupa butacas que fueron especialmente diseñadas por Breuer. Cada asistente se sienta sobre una pieza única, idéntica a la que utilizaba Gropius en su sala de director. Los detalles del teatro siguen siendo para el asombro noventa años después. Desde la iluminación que consiste en tubos de neón que parecen flotar en el aire hasta el escenario mismo que al atravesarlo revela en el backstage la estructura de la antigua cantina de la escuela. Cuando los conciertos o las piezas teatrales terminaban los estudiantes cruzaban el escenario y ocupaban sus asientos al otro lado para seguir con la tertulia.

La iluminación de los pasillos depende de unas bolas de luz que los hogares burgueses alemanes de entonces no hubieran tolerado y que la clase media de hoy consume como diseño agregado. Fueron creadas por Marianne Brandt, la chica Bauhaus emblemática. Brandt había empezado como aprendiz de Josef Albers (Bélgica) y Laszlo Moholy-Nagy (Hungría) en el taller de metal de la sede Weimar donde la mayoría de los estudiantes eran varones. Si bien desplegó su talento en diversos frentes como el fotomontaje, su marca en la historia de la escuela y del diseño modernista fueron los objetos de metal para interiores como el cenicero de 1924 que se muestra en una vitrina en la oficina de Gropius en Weimar, también disponible en ediciones limitadas en el gift shop de Berlín. El precio, sí, es el de una obra de arte. ¿No lo es acaso? Todos los aparatos de iluminación de la sede Dessau fueron diseñados por ella: cualquiera podría ser ofrecido hoy como una novedad.

Una de las piezas más impactantes que este teatro mostró en los días originales de Dessau fue el ballet Triádico de Oskar Schlemmer. El vestuario, la coreografía y la música rompían con cualquier convención de la danza. Suerte de arte vivo geométrico y performance, el ballet Triádico es recreado durante las conferencias sobre Bauhaus a las que asistimos en Weimar y en un recorrido nocturno a través de un bosque donde distintos cuadros de la obra se nos aparecen como en sueños.

WEIMAR, DÍA.

¿Hablan las paredes? Probemos con esta, recubierta por un fresco datado hacia mitad de los años 70 que a su vez es réplica de un original realizado y borrado unas cinco décadas atrás. Las imágenes futuro-cubistas de un grupo humano en disposición coreográfica pertenecen a Oskar Schlemmer. La pared se encuentra en el rellano de una escalera en el primer piso de lo que fue la nave central de la Bauhaus. El edificio de enormes superficies vidriadas, un concepto muy avanzado para cuando se inauguró en 1905 como escuela de artes y artesanías, aún hospeda ateliers de artistas y permanece como un anexo de lo que es la nueva Universidad Bauhaus, a la que acuden cuatro mil estudiantes de todo el mundo siguiendo la estela de una escuela que entre 1919 y 1932 transformó radicalmente la coexistencia entre diseño, arte y arquitectura. Hoy, los estudiantes y profesores suben y bajan las escaleras y conviven con esta obra de Schlemmer que no solo testimonia la estética de la Bauhaus sino que en sus borramientos y apropiaciones cuenta la historia moderna de Weimar, una ciudad de 65 mil habitantes demasiado pequeña y burguesa para que tanta revolución le haya pasado por encima.

Los nazis dejaron el edificio en pie pero se apuraron a borrar el fresco de Schlemmer cuya estética futuro-cubista pronto calificaría como “arte degenerado”. Los nuevos dueños quisieron dejar su propia impronta y encargaron a un artesano la pintura de dos paredes laterales en ese mismo piso con motivos folclóricos de la Alemania medieval.

El borramiento del mural de Schlemmer es pura metáfora de otro: el de la República de Weimar, cuya modélica constitución progresista fue sancionada también en 1919 y rigió por los siguientes catorce años hasta que el poder cayó en manos del nazismo. Los ideales democráticos de Weimar (derecho femenino al voto, jornada laboral de ocho horas, libertad de culto religioso) y estéticos de la Bauhaus colisionaron con un horizonte social por demás hostil: la humillación alemana en el Tratado de Versalles, un aire de guerra civil exacerbado por el proceso inflacionario y el derrumbe de la Gran Depresión en el 29. A tal punto los principios republicanos concurrían con la revolución avant-garde de la escuela-laboratorio que el gobierno de Turingia le encargó a Gropius una placa conmemorativa de la Asamblea Nacional del 11 de agosto de 1919 para ser colocada en la entrada del Teatro Nacional de la ciudad. En marzo de 1933 la placa fue removida por orden del nuevo Ministerio Nacional de Cultura nazi.

La pared del mural borrado podría explicar el curioso lugar de puerta vaivén que le tocó a la pequeña ciudad entre el modernismo y el nazismo. El edificio había sido levantado por el artista y arquitecto belga Henry Van de Velde cuya llegada a Weimar tuvo por detrás los oficios de una figura ambigua y fascinante: Elisabeth Förster-Nietzsche. En los primeros años del siglo XX, Elisabeth anticipó algunos rasgos del futuro turismo cultural y convirtió a Weimar en una meca de intelectuales y fans de las obras de su hermano mayor Friedrich. Como sucedería luego con figuras de la cultura pop como Jim Morrison, alemanes y europeos peregrinaban a la tumba del autor de El anticristo y Elisabeth consiguió a través de los oficios del conde Kessler, un patrón de las vanguardias, que Van de Velde se instalara con su familia en Weimar para ambientar el archivo Nietzsche. El mobiliario enteramente diseñado por el belga fue un anticipo del arte total bauhausiano. La luna de miel de Weimar con Van de Velde se terminó con la irrupción de la I Guerra Mundial, cuando muchos extranjeros fueron forzados a emigrar de Alemania. Van de Velde escapó a Suiza pero antes confió la dirección de la escuela que había construido a Gropius y levantó una villa en las afueras de Weimar que hoy permanece como un monumento a la transición entre el neoclasicismo y el estilo modernista. Por su parte, la Nietzsche junior estaba casada con Bernhard Förster, un proto-nazi que intentó fundar una colonia aria en Paraguay en ¡1887! No fue extraño entonces que la misma mujer que había trabajado para hacer de Weimar un polo modernista terminara siendo una de las primeras adherentes a Hitler.

Elisabeth murió en Weimar en 1935. Cuando cayó el régimen nazi, la ciudad quedó del lado oriental de Alemania. Bajo el estalinismo la Bauhaus fue sospechada de capitalista ya que muchos de sus profesores y artistas habían emigrado a los Estados Unidos, donde se revalorizó su influencia internacional. En la era moderada de Kruschev el aparato cultural de la DDR reclamó para su relato el papel modernista y antifascista de la Bauhaus. Así fue que organizaron la primer conferencia internacional sobre Bauhaus en Weimar en los 70 y un artista anónimo se encargó de reponer la danza futuro-cubista de Oskar Schlemmer. Las columnas con motivos folclóricos quedaron como estaban. Ahora coexisten.

DESSAU, NOCHE.

Una vez que bajamos del micro de larga distancia, los smartphones y las cámaras de fotos apuntan tratando de rescatar de la sombra nocturna la fachada legendaria de la Bauhaus. Vía Instagram o Facebook esas imágenes en segundos darán la vuelta al mundo. Todas deberían tener el mismo texto: “Bienvenidos al pasado del futuro”.

Foto Bauhaus-Archiv Berlin

Walter Gropius (1883-1969) retratado por Louis Held, ca. 1922/23. Fue el primer director de la Bauhaus. Estuvo casado con Alma Mahler. Tras la llegada de los nazis emigró primero a Inglaterra y luego a Estados Unidos, donde desarrolló una prolífica carrera como arquitecto y docente en Harvard.

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