Tupamaros, el poder y los silencios II

La discusión mediocre

El ruido en torno al libro de Urruzola es un síntoma de lo mal que los uruguayos piensan -y discuten- su pasado reciente.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Eleuterio Fernández Huidobro

El hastío con el pasado reciente de los uruguayos se impone. Otra vez tupamaros y militares, o milicos y tupas, los dos polos de una letanía que al parecer los uruguayos deben escuchar de rodillas, palmas juntas y con mantilla, para expiar algo que no se sabe qué es, que roe las entrañas y que obliga a mirar a un pasado poco claro, o mentiroso. Un pasado que no se puede contar sin provocar rencores en el otro, porque la comunidad no ha sido capaz de establecer un único relato, aunque mínimo. A falta de eso, una parte importante de los habitantes de esta comunidad se entrega al gran deporte nacional: imponer el relato propio. El mío. El único que vale.

El libro Eleuterio Fernández Huidobro, sin remordimientos… de la investigadora y periodista María Urruzola busca establecer un consenso mínimo sobre ese pasado en torno a uno de los líderes más notorios de la guerrilla. Una figura de indiscutible capacidad política, dotes que le permitieron liderar luego de la dictadura y sacar provecho del libre juego de partidos, acumulando gran poder mediante el voto ciudadano. Pero el problema es el pasado. Un componente fundamental de toda construcción política, que por definición es construcción de comunidad, es cómo esa comunidad percibe su pasado. Y qué uso hace de él.

En ese sentido Urruzola entró en un campo minado. Campo que tenía carteles de advertencia, como los tienen todos los campos minados del mundo, los concretos, los que están en las alturas del Golán o en las ventosas islas Malvinas, remanentes mudos de conflictos no resueltos. El problema del campo minado uruguayo es su carácter imaginario, cargado de simbolismos, y neurótico a más no poder. "Yo sé que vos sabés que yo sé" parece ser la frase que nos define, de manera sorda y callada, aún antes de entrar en el territorio prohibido. Una vez dentro, los silencios gritan, amenazan, insultan, vuelven a roer una y otra vez las entrañas. Alguien alguna vez dijo en psicoanálisis que la neurosis produce, en esencia, mediocridad. Por eso la eterna discusión sobre nuestro pasado reciente es mediocre. No construye, ni ofrece futuro. Y el libro de Urruzola es un fiel registro de esa mediocridad.

El problema no es Urruzola, ni sus métodos de investigación, sino el territorio y sus bemoles que sobrepasan cualquier intento de interpretación. Cómo explicar en términos racionales el devenir de Fernández Huidobro, su enfrentamiento a muerte con policías y militares hasta su papel en el mismo ámbito castrense que lo derrotó, torturó y humilló, y donde finalizó sus días como en una novela de Roa Bastos, viviendo dentro del propio Ministerio, instalado con su cama, su intimidad.

A su vez, la discusión que el libro provocó en los medios de prensa se focalizó en aspectos laterales, como el aparente papel de viejos tupamaros en actos criminales recientes. Algo que, de comprobarse, no debería sorprender, pero que poco aporta a la comprensión del enigma Huidobro. Se discutió la supuesta validez de las fuentes, o peor, se amenazó a quienes editaron el libro. Como corolario, la participación activa de Urruzola en las polémicas públicas no ayudó. Si a un libro hay que defenderlo es porque no se puede defender solo.

El problema es la discusión mediocre. El sufrimiento y la muerte de tantos orientales merece una discusión de calidad, una que asuma con responsabilidad que los silencios, a futuro, pueden ser peligrosos. Lo dijo en estas páginas la argentina Claudia Hilb, autora del notable Usos del pasado. Qué hacemos hoy con los setenta, sobre los efectos que la falta de verdad podría tener en la elaboración del duelo colectivo. Ella comparó los juicios a las Juntas Militares argentinas con el funcionamiento de la Comisión que promovió Nelson Mandela por los crímenes del apartheid en Sudáfrica. Si bien todos buscaban verdad y justicia, el proceso argentino pagó un precio en verdad, y el sudafricano uno en justicia. Como los militares argentinos vieron que hablar o callar no incidía en su destino judicial, optaron por el silencio. En Sudáfrica la Comisión de Mandela ofreció a los perpetradores que, si contaban toda la verdad, no iban a prisión. Se presentaron 7.116 solicitando amnistía, y 1.312 la obtuvieron. De todas las solicitudes, 2.548 fueron escuchadas en audiencias públicas. "Durante 1.888 días en 267 sitios diferentes, con una cobertura mediática permanente, la población sudafricana pudo conocer, en la voz y en las múltiples lenguas de víctimas y victimarios, las historias más tremendas sucedidas bajo sus ojos durante los treinta años precedentes". Y un dato importante: "Ni el perdón ni el arrepentimiento fueron condición de la amnistía. Pero hubo, en ocasiones, perdón, y hubo también arrepentimiento".

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