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Novela

Dios, el diablo y Selva Almada en el Chaco argentino

Fue la novela debut de la hoy consagrada Selva Almada, obra que llega hasta hoy con enorme magnetismo.

Selva Almada
Selva Almada

Hay primeras novelas que llegan con una desnudez envidiable y magnética. Es el caso de este debut de la argentina Selva Almada, publicada en 2012 y ahora reeditada por Random House, luego de traducirse al inglés y ganar el First Book Award del Festival Internacional del Libro de Edimburgo 2019. Los elogios de contratapa y solapa de Beatriz Sarlo e Isaac Rosa son oportunos, acertados. El viento que arrasa es una pequeña gran novela —de hecho, la intención primera de Almada era hacer un cuento—, escrita bajo la fórmula del “menos es más”, reinventada a partir de tópicos, sujeta a un tiempo interior de relojería impecable.

La trama es simple: el reverendo Pearson y su hija Elena (“Leni”) viajan hacia el Chaco argentino, un “territorio de caza”, en este caso espiritual, pero un desperfecto del auto los detiene y quedan varados en el taller mecánico del “Gringo” Brauer y su ayudante adolescente, “Tapioca”. Con estos cuatro personajes centrales y escuetas referencias a algunos otros, se construye la historia. La figura de Pearson (donde no se deja de leer “persona”) aglutina: ¿es un embaucador, un delirante, un psicópata, un genuino hombre de fe?

Ollas a presión

Reverendos, pastores, sacerdotes, oradores mesiánicos, han dado a la literatura sobrado material de ficción; suelen encarnar un conflicto entre el deber y el deseo, la verdad y la mentira, el más acá y el más allá, etc. Ahí está “El velo negro del Pastor” (1836) de Nathaniel Hawthorne, relato alucinante y simbólico sobre un clérigo que un buen día aparece con un velo negro sobre el rostro y nunca más se lo quita, provocando que su novia lo abandone y la comunidad reinterprete a su modo la presencia constante de esa máscara. O “El padre Sergio” (1898) de León Tolstói, retrato de un camino de perdición que aqueja a un hombre demasiado humano para querer pasar por algo divino. O “La hija del reverendo” (1936) de George Orwell, historia de una chica tiranizada por su padre pastor, fóbica al sexo y que ni con la amnesia zafa del mandato. También se podría citar un libro que no fue: “El reverendo” de Harper Lee, inspirado en el caso real de Willie Maxwell, un sacerdote negro involucrado en varias muertes de familiares (dos esposas, un cuñado, una hijastra, etc.) y asesinado antes de que la justicia legal llegara. Entre Matar a un ruiseñor (1960) y Ve y pon un centinela (2015) Lee trabajó en esa historia sin llegar a concluirla. En 2019, una periodista de The New Yorker, Casey Cep, contó esos avatares –los del reverendo y los de Harper Lee- en el libro Horas cruentas. Pero el texto que más conecta quizá con el de Almada no es ninguno de estos, sino uno que tiene como protagonista a un reverendo a fórceps. En El hombre que llegó a un pueblo, el argentino Héctor Tizón –un “escritor de provincias”, como la propia Almada-, cuenta la historia de un delincuente fugado que al llegar a un pueblo es confundido o “elegido” para ser el nuevo párroco. Más allá de la prosa, por momentos exquisita y en otros excedida, la idea del quién somos y si no seremos apenas aquello que los otros ven o quieren ver, motoriza el relato y lo sube varios puntos por encima de su anécdota.

En El viento que arrasa el hombre ni siquiera llega al pueblo. El reverendo Pearson está en tránsito y el destino lo frena momentáneamente en una tierra de nadie donde todo parece a punto de ocurrir. La inminencia gobierna el relato áspero y profundo de Almada, que va sumando elipsis como piezas invisibles de un tetris que desborda. Gobiernan las cosas que no quedan develadas y asoman en flashbacks: el verdadero origen de José Emilio “Tapioca”, abandonado a los ocho años, que desconoce todo y por tanto es pasto de invasión; el ayer de Brauer, enfermo de los pulmones, que no cree en nada y está de vuelta de todo; la relación entre el reverendo y la madre de Leni, que para la niña quedó fijada en una imagen de carretera; y la propia historia de Pearson, su madre y el Predicador que lo inició, que sí está contada y sin embargo sigue siendo insondable.

Vientos invisibles

Después de El viento que arrasa, Almada (1973, Entre Ríos) siguió otros derroteros, con mayor o menor eficiencia creativa. Ladrilleros (2013) fue una novela sórdida, telenovelesca en clave gay, superexplícita, en la que dio rienda suelta a todo lo que en su debut contuvo y controló. En Chicas muertas (2014) incursionó en la no ficción a través de la crónica, con una solvencia ejemplar. Para ese libro investigó tres asesinatos de mujeres que quedaron impunes y sin esclarecer, alguno ocurrido cuando ella era adolescente y que no pudo olvidar. El resultado fue una impecable reconstrucción de ambientes y atmósferas donde la violencia y el abuso están naturalizados, disfrazados y admitidos. Formada en el taller literario de Alberto Laiseca, la obra de Almada incluye además libros de cuentos, una tercera novela (No es un río, 2020) y una curiosa semblanza del rodaje de Zama, la película de Lucrecia Martel, titulada El mono en el remolino (2017). La crítica Beatriz Sarlo definió su literatura como “regional” sin ser “costumbrista”, que es una manera de decir a lo Tolstói que Almada pinta el mundo a través de su aldea.

En El viento que arrasa eso se nota. Para empezar, en la exactitud con que presenta y maneja escenarios y personajes que hablan del Chaco pero podrían estar inscriptos en otro lugar y funcionaría. La disonancia afectiva y cruzada entre los cuatro personajes, el modo en que hace subir la tensión hasta destaparla en un incidente y volver a cerrarla como preludio de algo peor, el ensamble entre la voz que narra y los mesiánicos discursos de Pearson; el detalle de los perros como testigos mudos o ladradores del peligro; todo cierra aun si no se explica, o tal vez porque no se explica y lo que arrasa de verdad no lo vemos venir. “Dios nos pone exactamente donde debemos estar” dice el Reverendo, y además de la declaración de fe que evidentemente es, puede también ser la expresión de un arte narrativa. Almada no pensaba hacer una novela con esta historia, y sin embargo, la historia se impuso con su dimensión apropiada.

Un último y decisivo elemento de esta construcción es que en ningún momento tira línea, no le dice al lector lo que debe pensar. Es la voz y actuación de los personajes lo que prima e imprime. Si salta algo es por efecto de yuxtaposiciones. Por ejemplo, no se puede evitar una sonrisa irónica cuando Pearson, hablando por teléfono con un colega pastor ex golpeador de mujeres, le dice que sus manos “son dignas de lavar los pies de Cristo”.

EL VIENTO QUE ARRASA, de Selva Almada. Literatura Random House, 2021. Buenos Aires, 158 págs.

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