Milagro entre los druidas, 2019

El día que el sol encendió a Stonehenge

Crónica de un solsticio de verano en Stonehenge, el monumento megalítico más famoso del mundo, entre druidas y rituales extraños.

Solsticio de verano en Stonehenge, 2019
Solsticio de verano en Stonehenge, 2019 (foto László Erdélyi)

Stonehenge es misterio, y ese misterio es la razón por la cual año tras año, desde hace cientos, miles de años, la gente se congrega allí para tocar las piedras, entender qué pasa, qué significado tienen. Situado a un par de horas en auto de Londres es el conjunto megalítico más famoso del mundo y aun así, poco se sabe de él. En realidad casi nada sobre quién lo construyó, para qué fin, cómo fueron trasladadas las piedras hasta allí, cómo colocaron unas sobre otras. Abundan, sí, infinidad de teorías y quizá las vinculadas a la astronomía son las que más sentido tienen, por la alineación del sol con las piedras durante los dos solsticios anuales.

Llegar no es fácil. Son habituales los embotellamientos de tráfico en la zona en Wiltshire, en la planicie de Salisbury. Hay, además, dos tipos de visitantes: el turista clásico, el que contrató el tour de un día entero desde Londres incluyendo una visita al castillo de Windsor y a la ciudad de Bath, y al que no dejarán acercarse a las piedras (deberá sacar fotos de lejos, pagar entrada, aprovechar la parada para ir al baño); y el turista más fanático, el que se ha informado y sabe que, durante los solsticios de verano e invierno, el asunto se llena de druidas, de ceremonias celtas, de gente rara vestida de manera exótica y tocando extraños instrumentos. Y, lo más importante, que podrá pasar y tocar las piedras, caminar entre ellas, sentir la extraña energía que emana del círculo, y gratis. Así lo definió la Cámara de los Lores en 1999 debido a la presión de los diversos grupos druidas.

Chistes en el camino.

Y así sucedió el pasado 20 de junio al caer el sol durante el solsticio de verano 2019, para festejar la llegada del día más largo del año. La aventura comenzó en Londres, donde contratamos un tour especial para iniciados. El encuentro era en un hotel cercano a la estación Victoria. Los 20 ocupantes del minibús estaban allí, ansiosos, citados a las cuatro en punto de la tarde. El guía nos registró de forma minuciosa y amable, y luego trató de ubicar al chofer del ómnibus. Se perdió, nos dice, con gesto poco creíble. Tras una hora y media de espera… al final aparece. No es fácil salir de Londres.

La M3 está congestionada, y llueve mucho. El guía, que prometía según la agencia ser especializado en asuntos neolíticos, se dedica a hacer chistes. Los más curiosos refieren a las instalaciones militares adyacentes a Stonehenge, a los estallidos de proyectiles en desuso (“no son truenos”), a las prácticas de paracaidistas y al vuelo rasante de los helicópteros Apache en pleno entrenamiento (“a veces se les escapan tiros…”). Nadie ríe. El chofer, ya cerca de la zona, advierte que hará otro recorrido porque los caminos están trancados por el tráfico. El cambio de ruta funciona y, minutos más tarde, nos detenemos en la entrada de un gran estacionamiento. Pero no. Un turista alemán tranca la entrada en su gran camioneta, discute con los guardias en un inglés con acento recalcando con un no-me-gusta-el-lugar para estacionar; quiere otro. Presiona y manipula. La discusión sube de tono, y la cola de buses y automóviles se agiganta. La situación es tan increíble como incómoda. Diez minutos más tarde Herr Turrista estaciona donde se le antoja.

Comenzamos una larga caminata de un par de kilómetros por el medio del campo, pero nada de las piedras. No es un día de visita común. Hay carteles de bienvenida, otros con advertencias, y la policía colocó estaciones con luz cada 300 metros. Aún llueve. Se nota la ansiedad en el ambiente. Entonces comienza lo extraño: se arma un arcoíris de lado a lado del horizonte, completo. La gente se detiene ensimismada, tratando de meter en la lente de su cámara todo el fenómeno. Comenzamos a vislumbrar las piedras. Pero aún falta un control de seguridad. La presencia policial crece, y la militar, disimulada más lejos, está atenta con sus armas automáticas. Cuatro bobbys (policías) arrastran a una chica por el pasto, cada uno tomando una extremidad. Se retuerce, grita enfurecida. La introducen a una carpa cercana y los gritos, casi sobrehumanos, inundan el ambiente. Luego sabremos que ella es uno de los cinco arrestos de este solsticio, que tenía 15 años, era de Bulford y estaba borracha, según la policía. El área es una zona libre de alcohol.

Los druidas y sus seguidores, Stonehenge
Los druidas y sus seguidores, Stonehenge (foto Gabriela Silva Ubilla)

Entonces aparece Stonehenge en toda su magnificencia. Aunque no toda, porque ya entre las piedras hay cientos de personas, un enjambre que apenas deja ver las piedras más altas, todo rodeado del verde intenso del campo. Comparamos la imagen limpia que tenemos en mente, la de las fotos turísticas, sin gente, con esta abarrotada, desbordada; es frustrante. A medida que nos acercamos crece la ansiedad. Hay una energía especial en el ambiente, y no es sugestión. Tocamos las primeras piedras con la palma abierta de la mano tratando de entender el por qué de esos gigantes de piedra de muchas toneladas, los varios círculos concéntricos que las ordenan, la condición de milenarias, de que están allí desde hace cuatro, cinco mil años a la intemperie, soportando frío, sol, humedad, hielo, y el daño de humanos y animales. La gente, a veces en extraños atuendos, lamenta la falta del sol, aunque ya no llueve. Hay ceremonias en el centro del círculo y alguna pareja renovando votos, seguidos de cantos new age. Un grupo druida de atuendos muy coloridos reclama a otro, sin mucho aspaviento, haber roto el orden de ingreso pactado, pero todo en un tono cool, desactivado. Hay un leve clima de resignación. Pero de pronto ocurre el milagro. Se despeja en el horizonte una franja de nubes y el sol, magnífico, impacta de forma horizontal en las piedras e ingresa al círculo. Todos, extáticos, lo observan tras una exclamación, como envueltos en un acontecimiento mágico e inexplicable, mientras el amarillo pinta y enciende los rugosos mastodontes. Recostados sobre las grandes piedras milenarias sentimos que el sol salió para nosotros.

Observatorio astronómico.

Y así salió para los que se han juntado allí desde hace cinco mil años, dos veces al año, para el día más corto y el más largo. Una teoría que casi nadie discute lo cual es un milagro, porque en todo lo otro hay enormes conflictos. Los druidas están enfrentados a los arqueólogos; éstos se enfrentan a los astrónomos, que a su vez hostilizan a los geólogos, y así. Lo que sabemos hoy de Stonehenge no viene de hace cinco mil años, sino que forma parte de los relatos elaborados en los últimos 300 años. Stonehenge es, en gran medida, un invento nuestro. Los druidas, por ejemplo, no pueden rastrear sus orígenes con claridad más allá del siglo XVIII de nuestra era, mucho menos afirmar que estaban cuando colocaron las piedras. Los arqueólogos tienen menos para decir, son aún más jóvenes que los druidas, su disciplina es apenas victoriana, aunque sus hallazgos y la datación por Carbono 14 confirmaron quizá para siempre la construcción del sitio durante el Neolítico (un grupo de respetables arqueólogos cuestionó en 2001 este enfoque, afirmando que era aún más viejo). Un dato no menor es que a pocos cientos de metros de Stonehenge hay numerosos monumentos prehistóricos, las Durrington Walls, el Cursus, el Bluestonehenge, el Woodhenge, también tumbas y postes de madera rituales, todos más antiguos que Stonehenge y tan enigmáticos (la actividad allí se remonta a diez mil años; Stonehenge es quizá el monumento más joven). En estos días los geólogos se anotaron un tanto: ubicaron el sitio exacto de donde sacaron uno de los dos tipos de bloques de piedras utilizados en Stonehenge, las bluestones. Fueron cortados en las canteras de Carn Goedog y Carn Rhos-y-felin, en el lado norte de los montes Preseli, a unos 250 kilómetros hacia el noreste de Stonehenge, y llevadas hasta el lugar no se sabe cómo.

Lo demás son teorías, muchas teorías: que su construcción duró 1.500 años en tres etapas, que en la segunda fue un crematorio y en la tercera, con la llegada de las piedras grandes, se lo reorientó tres grados hacia el sureste para alinearlo con el sol. Que fue un hospital, por el poder sanador de las piedras. Por ahí están los datos aislados aportados por los arqueólogos. No sobrevivió ninguna referencia escrita de los historiadores romanos, aunque se supone que merodeaban lanzando exclamaciones de asombro en latín. La primera referencia escrita aparece en un documento del año 937 de la era actual. Luego Henry de Huntindong, en su Historia Anglorum de 1130, lo destaca como una de las maravillas de Inglaterra. Para finales de la Edad Media el sitio aparece vinculado a las leyendas del Rey Arturo, con el Mago Merlin haciendo de las suyas... en torno a las piedras. La descripción detallada más antigua que sobrevive es una acuarela del artista flamenco Lucas de Heere (ca. 1567, British Museum), que a su vez dejó otro aporte menos digno: talló su nombre en uno de los bloques gigantes, para la inmortalidad.

Al parecer cada época tiene el Stonehenge que merece —o desea—, como dijo una famosa arqueóloga, porque a partir del siglo XV sobrevino una era de disparates, a veces apoyados en búsquedas voluntariosas o cargadas de prejuicios, con resultados sospechosos. Que fue construido por los romanos, también por los daneses, que fue un templo budista… Charles Darwin no se dejó impresionar: como las piedras no le decían nada, estudió a los gusanos de debajo de las piedras, los que horadando provocaban su hundimiento. A su vez, fueron clave los aportes del anticuario John Aubrey (que luego produjo el primer paper arqueológico en 1663). Sin base científica alguna o dato histórico concreto, Aubrey dedujo como al descuido que el monumento fue construido por los druidas durante la prehistoria de las Islas Británicas. Ahí empezaron los problemas, ahí nació toda la tradición druida hasta el presente, y comenzó a gestarse un enfrentamiento que llega hasta hoy entre lo esotérico (la tradición druida) y la academia (arqueólogos, geólogos, etc). Un mundo dividido entre lo mágico y lo racional, y que llegaría a tener instancias de violencia en el convulsionado siglo XX.

La era de acuario.

Stonehenge en el siglo XX fue sinónimo de contrapoder. La presencia druida durante los solsticios fue regular, creciendo en popularidad y en problemas. El sitio y sus alrededores, que era privado, pasó a manos del Estado. Se pensó que así se solucionarían los grandes líos en materia de protección patrimonial, cobro de entrada, autorización para intervenciones arqueológicas, pero no. Entre 1901 y 1994 permitieron 123 excavaciones, algunas muy dañinas. Durante la Segunda Guerra Mundial los tanques merodearon, realizando prácticas alrededor del conjunto. El movimiento druida se transformó, abandonó las estructuras internas tomadas de la masonería para convertirse en un movimiento radical, contracultural, apoyado en la nueva cultura hippie y new age. Se sucedieron varios episodios de violencia incitados por druidas díscolos, que siempre terminaban en una ola de conjuros y maldiciones altisonantes lanzados contra las autoridades. El punto más alto de esta lucha por el alma de Stonehenge ocurrió en 1985 en un campo adyacente y se conoció como “La batalla del campo de porotos” (Battle of the Beanfield), donde la policía antidisturbios molió a palos a los druidas y a sus seguidores antes del solsticio, y arrestó a 83. Sobreviven muy pocas imágenes fotográficas (la policía se cuidó de espantar a la prensa antes de los enfrentamientos). Lo cierto es que el evento bi-anual congregaba ya a miles, con festival de música incluido, y el monumento estaba en riesgo. Luego y hasta 1999 nadie volvió a entrar al círculo de piedras.

El retorno.

Ya oscureció. La gente se prepara para una noche de verano que promete gélida, a la espera del próximo sol. Hay mantas por doquier, aparecen camperas, muchos se recuestan contra las piedras, el pasto huele a mojado. Suena una gaita. Continúan los cantos dentro del círculo mientras algunos druidas ancianos posan para las fotos. De forma apenas perceptible aumenta la presencia policial, atenta a cualquier movimiento, aunque el clima es de total armonía. La energía que emana de las piedras define, calma. Comenzamos la caminata de retorno hacia el minibús. A medio camino una hilera de food trucks ilumina el entorno en la oscuridad. La cultura urbana en medio del campo. Todos ofrecen hamburguesas gourmet de carne Angus, atendidos por jóvenes amables, concentrados, alejados del mundo mágico y etéreo a siete libras por hamburguesa.

Martillos y cinceles

A mediados del siglo XIX el peor enemigo de Stonehenge era el hombre. Llegaban cada vez más visitantes que horadaban las piedras para llevarse un souvenir. El silencio del campo quedaba roto por el constante golpeteo de martillos y el cinceles. Stonehenge sobrevivió de milagro a esta mutilación de la era victoriana.

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