Libro del español Ruiz-Domenec

El día después de la pandemia

La historia de larga duración de las pandemias dice mucho sobre lo importante que es el día después.

Pandemia
Hospital de campaña durante la "gripe española", Camp Funston, Kansas, 1918.

Todo indica que los uruguayos confían en salir de esta pandemia. Creen que hay futuro. Sin embargo poco se ha hecho para pensar el día después, cómo se saldrá, y si se aprovechará el fin de la crisis para innovar, cambiar viejos esquemas y desechar antiguos paradigmas, tanto de pensamiento como de acción. Es decir, pensar una mejor comunidad.

Mirar al futuro es, paradójicamente, también mirar al pasado. La historia muestra ejemplos de cómo los seres humanos han salido bien y mejor de las grandes pestes. El libro El día después de las grandes epidemias, De la peste bubónica al coronavirus, del historiador español José Antonio Ruiz-Domènec, analiza cinco: la que asoló al Imperio Bizantino en tiempos de Justiniano, la peste negra del siglo XIV, la que llevaron las naves españolas al continente americano en 1942 que acabó con la civilización azteca, las sucesivas que devastaron ciudades enteras de Europa durante un largo período de los siglos XVII y XVIII, y la “gripe española” de 1918, mal llamada así en realidad porque el primer caso se detectó en la base militar de Fort Riley, Kansas, y de ahí se propagó a Europa y el mundo.

De la epidemia de Justiniano nació el Islam con su primer esplendor y comenzó a gestarse Europa. De la peste negra nació el fascinante Renacimiento. De la devastación pestífera de la América de la conquista surgió una respuesta de gestión tardía y humanista que moderó el vínculo de la metrópoli ibérica con sus conquistados. De la devastación europea de los siglos XVII y XVIII nacieron varias revoluciones que cambiaron el mundo para siempre, la Revolución Francesa, la revolución industrial, como también profundos cambios en la filosofía y el comercio. Del siglo XX que sobrevivió a la “gripe española” nació la firme convicción de que hay que entender a la naturaleza con la ciencia, las artes y las letras, porque si nos descuidamos un día de estos ese mismo virus nos va a matar a todos.

Yersinia pestis

Casi sucedió con Bizancio y la pulga. No fueron los otomanos ni las eternas discusiones “bizantinas”, por inútiles, las que liquidaron lo que quedaba del imperio romano, sino la bendita pulga que propagó la peste en el año 542. “La Yersinia, una bacteria que en principio provocaba síntomas leves similares a la gripe común, ‘mutó’ en un medio idóneo, la pulga, y se transformó en la Yersinia pestis, la bacteria que propaga la peste bubónica”. Esto, entonces, no lo sabían, pero tampoco lo supo la dirigencia al manejar la pandemia. Los voceros del poder difundían consignas y no verdades, y muy tarde se dieron cuenta de la escala de esta epidemia que fue pandemia, porque llegó hasta Irlanda y mató en total a 25 millones. El gran historiador Procopio describe esa mala gestión en su Historia secreta, donde además busca analizar y razonar la destrucción, como también trasmitir a las generaciones futuras el miedo que vivía la gente. Sin embargo, entiende Ruiz-Domènec, esta historia trágica tuvo un saldo positivo. “A partir del día después de la epidemia del 542 —se lee en los viejos cronicones monásticos—, comenzó un futuro prometedor para los europeos; y lo mismo dijeron los historiadores árabes instalados en Damasco sobre el futuro del islam”. Nace Europa y se consolida una nueva élite, la de los nobles vinculados por sangre, con sus linajes, generando una mejor estabilidad política junto a profundos cambios en el sistema económico y sanitario. Por ejemplo los terratenientes tomaron conciencia que la naturaleza era la culpable; fue prioridad desecar pantanos y limpiar los bosques.

Pero la pulga siguió haciendo de las suyas, esta vez a lomo de las ratas, entre sus pelos, que viajaban en los fardos de los barcos o las caravanas que iban y venían por la Ruta de la Seda. Muchos años después se supo que de nuevo fue la bacteria Yersinia pestis, que se alojaba en el estómago de esas pulgas. La Peste Negra o peste bubónica que afectó a toda Eurasia entre 1347 y 1353 fue la peor que conoció la humanidad, cuyo contagio prosperó en ciudades pestilentes con mala disposición de residuos. Fue una catástrofe demográfica que cambió el mundo para siempre. Se sumó el cambio climático detectado a partir de 1315 que liquidó la economía agraria; gran parte del mundo recibió la peste con hambre, una combinación fatal. Se estima que murió un tercio de la humanidad. “El pico de fallecimientos se produjo durante el verano de 1348, cuando la peste se hizo visible a la gente mediante las crónicas y las pinturas que crearon una escenografía del anhelo de sobrevivir a tanta muerte”. En los frescos y en las pinturas de entonces el miedo se mezcla con la esperanza. Hay rabia que sale de las entrañas, pero también orgullo, ganas de vivir. Había un sentimiento de acción colectiva, y aparecieron nuevas ideas, se consolidó el humanismo y otra actitud mental para hacer frente a los desafíos de la naturaleza. “La escala histórica de la peste negra se mide por las estrategias desarrolladas por la sociedad para superarla”. Lo que hoy conocemos como Renacimiento fue eso, un renacer, pero que instaló cambios profundos. Cambió el comercio, estallaron las artes, las ciencias y las letras. Y cambió la política, porque toda gestión y salida de una pandemia es, en esencia, política. El Estado cambió, y el hombre conoció por vez primera el concepto de “políticas públicas”, sobre todo en la higiene. En muchos lugares se amplía el aislamiento a 40 días. Nace el concepto de cuarentena. “La cuarentena se convierte en un elemento central de una gobernanza secular que planifica desde el poder político las deficiencias de la economía de mercado. No todo vale en el desarrollo del capital social de una empresa. Hay que ajustar los beneficios al bien común. Aparece así la necesidad de invertir grandes sumas de dinero en la remodelación urbanística, inicio de una concepción de la arquitectura civil que es uno de los iconos del Renacimiento”. Las ciudades pasan a ser más salubres y eficaces. Nace una nueva raza de políticos que buscan equilibrar los intereses opuestos mediante la razón. “Dominar el mundo suponía liberarlo de los repulsivos peligros de la existencia vivida durante la gran epidemia. Por este motivo, la cultura del Renacimiento desemboca en una concepción del Estado como una obra de arte”. Se consolida la teoría de la soberanía legítima que exigía nuevos símbolos, nuevos “príncipes”, y que tuvo un brillante intérprete en Nicolás Maquiavelo, ese a quien tanto le debemos.

Arma biológica

Las tres grandes pandemias restantes, la que trajo Colón a América, la que arrasó a Europa durante más de un siglo, y la de la “gripe española”, dejan diferentes lecciones sobre su gestión y su salida.

Los españoles de la conquista fueron unos bestias. Pedirles “gestión” a esos barbudos insolentes habría sido inútil, pues tenían intereses limitados y bien definidos. Sólo así se entiende su inacción ante la viruela que liquidó a los aztecas. Fue una suerte de arma biológica similar a aquellos cadáveres infectados con peste bubónica que dejaron los tártaros al pie de las murallas de Caffa, en Crimea, y que terminaron infectando a los genoveses que la defendían. Es una realidad moralmente terrible, espantosa, pero que hay que aceptar, y_asumir. No hubo inocentes entre los conquistadores, pero algunos sintieron culpa, mucha culpa, porque vieron cómo luego de la viruela vino la gripe, el sarampión, el tifus, la fiebre amarilla. La población autóctona fue arrasada. El cambio lo impuso con rabia el dominico Francisco de Vitoria contra la impiedad y la tiranía de los conquistadores, sus compatriotas. Los acusó, pero no se quedó ahí. Buscó soluciones. Para 1550 habían levantado más de 30 hospitales en todas las Indias, algunos que hoy son edificios de patrimonio protegido. En Lima había una cama de hospital cada cien habitantes. De Vitoria defendió los derechos de los nativos y América conoció por vez primera una auténtica política pública de higiene, que de paso intentó —sin éxito— borrar los prejuicios raciales.

A su vez, del retorno a Europa de la peste, el tifus y la viruela en los siglos XVII y XVIII quedan muchas lecciones. Como la apuesta a la salubridad de los venecianos para combatir la peste, o el abordaje del magnífico Diario del año de la peste del escritor británico Daniel Defoe (el de Robinson Crusoe) sobre sus efectos en Londres, hoy disponible en librerías en preciosa edición de Alba. O las razones del confinamiento que decidió Lyon en 1628, parte de una política de salud pública compleja basada en convicciones científicas, y hoy considerada un ejemplo de éxito en el combate de las epidemias.

Por último está la estrella de esta historia, la “gripe española”, una Gripe A del subtipo H1N1 que debió llamarse Gripe Norteamericana, aunque los medios de la época impusieron esa caprichosa denominación. En 1918 los soldados aliados apestados en las trincheras quedaron a la buena de Dios, porque los generales en 1918 decían que la amenaza para sus vidas eran los alemanes de las trincheras de enfrente, que también terminaron contagiados. Todo el mundo se contagió y por gripe murieron 50 millones, mientras la Primera Guerra Mundial se estima que mató a 16 millones.
La pandemia de “gripe española” importa mucho por sus similitudes con la actual del Coronavirus. La historia de esta gripe estuvo acompañada de infinitas mentiras y noticias falsas, algo equiparable a lo que ocurre hoy en redes sociales. Un virus que enseguida mutó, y que en una segunda ola atacó a los de 20 a 40. “La pandemia de 1918-1920 es sombría, muy ancha, con rasgos que han marcado las investigaciones de futuro, porque a partir de ella sabemos que la primera infección gripal marca al individuo en sus respuestas ulteriores: ‘First Flu is Forever’, se lee en un artículo de la revista Science de noviembre del 2016”. No en vano fue el famoso sociólogo alemán Max Weber una de las primeras voces en encender la alarma. Pidió a fines de 1918 “que el elemento de renovación debía pasar por el desarrollo de la mente práctica, es decir, la capacidad humana de dirigir los esfuerzos a resolver problemas concretos provocados por la epidemia”. Y agrega Ruiz-Domènec sobre Weber: ¿Quién puede decir más en menos palabras? Es el modelo que ha aplicado en nuestros días Angela Merkel”.

Hoy

Escribir historia de larga duración de las epidemias a lo Toynbee, buscando claves en el pasado para predecir el futuro, tiene sus riesgos. Quizá alguna de las conclusiones del autor no lleguen a convencer, pero nunca pierde el foco: demostrar que el momento trascendental de toda pandemia es el día después.

Los tiempos corren. El epílogo del libro de Ruiz-Domènec sugiere siete ideas para la pospandemia; terminó de escribirse en junio 2020. Ya envejeció. Mucho ha pasado desde entonces, por ejemplo la aparición de las vacunas, o las nuevas y mortales olas del virus, que mutó y optimizó su propia capacidad de contagio.

Para actualizarlo conversamos con el autor. “Cuando envié el libro a la imprenta, la epidemia estaba aún en su primera fase, tenía muchos rasgos parecidos a otras grandes epidemias, con matices, menor número de víctimas, y cierta aceleración en las soluciones paliativas y las medidas sanitarias, incluida la investigación de una vacuna. Pero, con el paso de los meses, fui descubriendo que es la pandemia más tratada por los medios de comunicación, la más publicitada y la más debatida. Paradójicamente, mientras eso ocurría no se tomaba (en el mundo) conciencia de su verdadero peligro, incluso me daba cuenta del carácter tibio, conservador, de los modos de hacerle frente ‘al día después’. La gestión de la epidemia no se realizaba conforme a lo que se exigía de una sociedad avanzada, progresista, que había apostado por un modelo de futuro sostenible; más bien emergían los vicios antiguos, la pereza, la confusión en la toma de decisiones, cierta desidia en los gobernantes, la frivolidad de generaciones convencidas que cuando todo esto acabe (que acabará) se volverá al mundo de antes. En este momento se está siguiendo una pauta contraria a las cinco grandes epidemias analizadas. Pasa el tiempo, la vacunación es lenta, realizada sin un criterio científico, sin haber realizado una antropología del contagio, y ha mostrado la diversidad ante el infortunio en el mundo global. Aún se está a tiempo porque las diversas olas que se han sucedido indican que la epidemia se acerca a ese nivel de convertirse en la ‘gran epidemia’ que marcará el cambio del siglo XX al siglo XXI”.

Ruiz-Domènec entiende que todavía hay tiempo de pensar el día después. “Perder esta oportunidad retrasaría las soluciones a los graves problemas de nuestra civilización en varias décadas”.

¿Tendremos los uruguayos un “Renacimiento charrúa” pos pandemia? Depende del pensar ese día después.

e-book

El libro El día después de las grandes epidemias sólo está disponible en ebook y en audiolibro, en plataformas como Amazon, Google Play, Casa del Libro o en Penguinlibros.com.uy. Es de editorial Taurus, tiene 94 páginas, y posee un apéndice con una extensa bibliografía de apoyo.

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