Buenos marinos, malas personas

Daniel Defoe sobre barcos, piratas y crueldad

Una historia inédita en español.

Piratas

El autor de Robinson Crusoe, Daniel Defoe (1660-1731) publicó en 1724 el primer tomo de su Historia general de los piratas y el segundo cuatro años después, en 1728, con el seudónimo de Charles Johnson. En Defoe era un hábito eso de firmar sus escritos con otro nombre; pero aquí, creo, también lo hacía por temor. La coyuntura histórica era propicia para que algún expirata se disgustara con el autor de esta historia. Y había bastantes, pues en 1717 el rey Jorge I dictó una ley que daba amnistía a todos los piratas –capitanes y tripulaciones– que renunciaran a esa industria, de modo que había muchos tipos por ahí disimulando sus pasadas fechorías, sin contar los que reincidieron.

Nunca antes, hasta la presente edición de Valdemar, se había publicado una traducción completa de los volúmenes de Defoe, si bien la versión de Francisco Torres Oliver viene reunida en un solo volumen de 928 deliciosas páginas. El prologuista de esta edición, Alfredo Lara Gómez, advierte que los materiales de 1724 tienen mucha precisión histórica mientras que los de 1728, en concreto “los hechos referidos a los asentamientos piratas en Madagascar, aunque sustancialmente ciertos, están literariamente modificados”. Aun así, el mismo prologuista subraya que la historia de Defoe sigue siendo fuente de consulta para historiadores.

Los piratas eran buenos marinos y tenían antecedentes navegando legalmente antes de dedicarse a la piratería. Con alguna notable excepción eran malos sin disimulo; al respecto, vale la pena interrumpir la reseña para dedicar un párrafo entero a una historia del capitán Teach, conocido como Barbanegra, que intercala Defoe en su biografía: “Una noche Barbanegra estaba bebiendo en su cámara con Hands, el piloto y otro hombre cuando, sin mediarse provocación ninguna, sacó secretamente un par de pistolas, y las amartilló debajo de la mesa; el hombre, al darse cuenta, subió y dejó solos a Hands, al piloto y al capitán. Éste, una vez preparadas las pistolas, apagó la vela, y cruzando las manos, las descargó sobre sus compañeros. Hands, el maestro, recibió el tiro en la rodilla, del que quedó cojo para siempre; la otra pistola no hizo blanco. Al preguntarle el porqué de esto, Barbanegra se limitó a contestar, maldiciéndolos, que si no mataba de cuando en cuando a alguno acabarían olvidando quién era él”.

Lo de Barbanegra no es nada comparado con las crueldades del capitán Edward Low. Un día “apresó un pesquero frente a Block Island, aunque no le infligió tanta crueldad, contentándose sólo con cortarle la cabeza al patrón. Pero después apresó dos balleneros cerca de Rhode Island, y mandó tajar a uno de los patrones y sacarle las tripas, y al otro cortarle las orejas y hacérselas comer con sal y pimienta; requerimiento que tuvo que cumplir sin chistar”.

Ese arquetipo de pirata, malo por dentro y por fuera, tuvo un modelo antagónico, el capitán Mission, una especie de Robin Hood de los mares que usaba bandera blanca en vez de la usual bandera negra de los piratas. No era cruel, como los otros hampones dedicados a la piratería. Fundaron una colonia en las costas de Madagascar, una especie de utopía pero, eso sí, no estaban dispuestos a someterse a ningún poder, a ningún rey: “es ridículo pensar hacernos súbditos de unos granujas peores que nosotros”.

No puede olvidarse que Defoe era autor de una Historia del diablo, es decir era experto en la materia, de modo que no se le pasa por alto lo que le contó alguien que había sido preso en un barco de piratas: “dicen que una vez, en un viaje, descubrieron que iba a bordo un hombre de más en la tripulación; lo vieron entre ellos varios días, unas veces abajo, y otras en cubierta, aunque nadie en el barco sabía quién era, ni de dónde había salido. Y poco antes de que el barco grande naufragara, desapareció. Por lo visto estaban convencidos de que era el diablo”.

Podría seguir contándoles de los piratas con cuentos imperdibles sacados de este formidable libro de Defoe, incluso referirme a las piratas mujeres, dos, tan especiales, que vuelven angelitos a los “piratos” varones. Palabra femenina, mejor dejarla así.

(tomado de Gozar Leyendo #86/ Luna Libros. Valdemar es distribuida en Uruguay por Gussi.)

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