Ensayos y cuentos de Oscar Wilde

El dandy que fue mutilado por la moral victoriana

Sus cuentos, ensayos e historias breves parecen escritos hoy.

Oscar Wilde. Dibujo de Ombú.
 Dibujo de Ombú.

Célebre por la novela El retrato de Dorian Grey y más recordado por el juicio contra su homosexualidad, que lo condujo a una muerte temprana en noviembre de 1900, Oscar Wilde sumó a su figura de dandy un puñado de obras de teatro, poemarios, tres libros de cuentos y varios ensayos reunidos en el libro Intenciones, que en estos días regresa acompañado de una nueva edición de sus cuentos completos (ver recuadro). Ensayos y ficciones recuerdan el genio de un hombre mutilado por la moral victoriana cuando se hallaba en pleno desarrollo de sus capacidades y hasta podría creerse que la imagen de una rosa cortada es la metáfora con que la vida respondió a sus audaces argumentos.

UN ESTILO PROVOCATIVO.

Intenciones se publicó por primera vez en 1891, año especialmente prolífico en la vida de Wilde (tenía 37 años), al coincidir con la publicación de su única y célebre novela, y con dos libros de cuentos: El crimen de Lord Arthur Savile y otros relatos y Una casa de granadas. En cuatro ensayos Wilde desarrolló su visión de las letras inglesas, antiguas y modernas, del arte griego, del Renacimiento, y muchas de sus ironías todavía alcanzan al realismo más ramplón de la actualidad. Los dos primeros adoptan las formas narrativas del diálogo que inauguró Platón y prolongaron otros escritores para dar mayor naturalidad a la exposición de sus ideas, recurso que en manos de Wilde abre espacios al humor y a la esgrima de sarcasmos que identificaron su maestría dentro de una tradición especialmente filosa y corrosiva como la inglesa. En “La decadencia de la mentira”, un amigo interroga a otro sobre las relaciones del arte con la vida social y la naturaleza. Llevan el nombre de los dos hijos que tuvo con su esposa, Constance Lloyd: Cyril y Vivian, y es Vivian el que se encarga de dar vuelta el sentido común con sus caudalosas ideas sobre la superioridad creativa del arte. Sin jactancia, lo había anticipado Stevenson: “La vida es monstruosa, ilimitada, absurda, profunda y áspera; en comparación con ella, la obra de arte es ordenada, precisa, independiente, racional, fluida y mutilada”. Pero el estilo de Wilde es la provocación y de pie sobre esa certeza avanza contra los que entienden el arte como un reflejo de la realidad, cuando es la realidad, sostiene, la que imita al arte. No puede sino lamentar que los escritores ya no mientan con auténtica y portentosa fantasía, se esfuercen en imitar las rutinas más vulgares y ofrezcan los hechos más insípidos a modo de ficción. “Encuentran la vida cruda, y la dejan medio podrida”, dice, “ningún gran artista ve nunca las cosas como realmente son”; “el objeto del Arte no es la verdad simple, sino la belleza compleja”.

“El crítico como artista” tiene dos partes y a través del diálogo de dos nuevos amigos, despliega la relevancia de la conciencia en las creaciones del arte, que no duda en agradecer a la Grecia clásica, para pasar a ubicar la tarea del crítico frente a la obra, porque “siempre fue más difícil hablar de una cosa que hacerla”. El lenguaje, el temperamento, y sobre todo la independencia frente a la obra y las intenciones de su creador comparecen con finos desarrollos que lo muestran dueño de un amplio dominio de la literatura y las artes. Más que teorías, Wilde tiene una visión. No siempre sus argumentos son convincentes, pero son penetrantes, mordaces y rápidos, y se diría que se deja llevar por el torrente de su excitación hasta atrapar una complejidad que las legitima. “La Belleza lo revela todo, porque no expresa nada”; “hay tantos Hamlets como melancolías”; “pero vivimos en la época de los superatareados y los infrainstruidos”; todo arte es inmoral porque “la emoción por la emoción es su finalidad”.

“Pluma, lápiz y veneno. Estudio en verde” recorre la vida y el legado de Griffiths Wainewright (1794-1852), un dandy refinado y singular que ejerció la crítica de arte, el periodismo, la pintura, la falsificación, y acabó deportado a Tasmania por envenenar a varias personas con dosis de estricnina. Entre ellas, a su suegra. Cuando alguien se lo reprochó, dijo de inmediato: “Sí, fue espantoso… Pero ¡tenía los tobillos tan gruesos!” La vida del hombre que se convierte en su propia obra, ajeno a la moral y comprometido con su estilo y estética, precede a “La verdad de las máscaras”, un ensayo dedicado al mundo del teatro —“el verdadero dramaturgo nos muestra la vida dentro de las condiciones del arte, y no el arte bajo la forma de la vida”—, y especialmente a la relevancia del vestuario en las obras de Shakespeare. Discute con los que sostenían que las puestas podían prescindir de la exactitud histórica y demuestra el uso dramático de Shakespeare y Marlowe hasta de los menores detalles de la vestimenta de los actores.

Al Bardo de Avon también está dedicado el magnífico texto que cierra el libro: “El retrato del señor W. H.”, publicado originalmente en una modesta revista femenina y recogido con posterioridad a su muerte, después de un compromiso de publicación cancelado por temor de sus editores. Su motivo es la intrigante dedicatoria de Thomas Thorpe, el editor de los sonetos de Shakespeare: “Al único inspirador/ de estos Sonetos/ el señor W. H., toda la felicidad y la eternidad/ prometida/ por/ nuestro poeta inmortal,/ desea/ el que con sus mejores deseos/ emprende la aventura/ de darlos a la luz/ T. T.” Pero su tema es la hipótesis de que el misterioso señor W. H. no era ninguno de los condes a los que se presumía, aludía la dedicatoria, sino un joven actor que interpretaba los papeles femeninos de la compañía, llamado Willie Hughes, y del que Shakespeare habría estado enamorado.

UNA INVESTIGACIÓN LITERARIA.

La homosexualidad del mayor escritor de Inglaterra era algo muy difícil de escuchar en la sociedad victoriana, pero Wilde no duda en afirmarlo. “El retrato del señor W. H.” integra una ficción narrativa con la historia de la pesquisa sobre la existencia del actor Willie Hughes, de modo que construye una estructura dramática mientras ahonda en el análisis de los sonetos, que revisa a la luz de sus estudios históricos y bibliográficos. Más de un centenar de sonetos nombran a un amante masculino y luego la irrupción de una mujer morena que conmueve al poeta. Wilde cree adivinar la historia de un triángulo amoroso y lo fundamenta de un modo minucioso para finalmente poner en duda su propia persuasión, como si el juego de espejos se lo devorara y cayera en un abismo en el que ya no discrimina si ha dado con la verdad o ha quedado encandilado con los brillos de sus propios argumentos. Por su modernidad y desarrollo deductivo, el texto recuerda los procedimientos de muchas investigaciones literarias en las que el crítico asume el papel de un detective en los archivos del pasado, y sin duda se trata de una auténtica joya literaria.

Por último, cabe anotar el esclarecedor prólogo de Luis Antonio de Villena y, sobre todo, la traducción y notas de Ricardo Baeza, que datan de 1930 y son tan oportunas como criteriosas. María Condor tradujo con buena prosa el ensayo final, agregado al libro en esta espléndida edición.

LA DECADENCIA DE LA MENTIRA Y OTROS ENSAYOS, de Oscar Wilde. Taurus, 2018, Barcelona, 309 págs. Distribuye Penguin Random House.

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