MUESTRA DE MARIO SAGRADINI

Cuidado con el embudo

El artista es el curador de su propia retrospectiva, que en realidad no es tal.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Mario Sagradini, Embudo o forcing pen, de "Vademécum"

"VADEMÉCUM (con la gentil participación de Lucía y Mario)" es el nombre de la reciente exhibición de Mario Sagradini en el Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV) donde el artista ha sido el curador de su propia muestra. No podía ser de otra manera para alguien que practica la curaduría entre sus formas de trabajo. Ha seleccionado algunos trabajos del pasado que dan pistas sobre los intereses que ha tenido en su trayectoria, pero también presenta obras nuevas, una de las cuales ocupa un lugar destacado cerrando el recorrido de la exposición.

La participación de sus hijos Lucía y Mario no solo conmemora los 35 años de ese subtítulo (apareció en la muestra de Cinemateca de 1981, "Figuritas de colección, repetidas y selladas", donde ambos expusieron obras junto a su padre), sino que cumple en esta exposición un papel importante: el video de Mario ("Hidrografía, 2015-2016") registra las voces de varios exiliados leyendo un mismo poema en cada una de sus lenguas, y el texto de Lucía en el catálogo, además de poner el foco en otros aspectos, analiza con agudeza el papel que juega el tiempo y el espacio en la obra del artista.

HETEROGENEIDAD Y LENGUAJE.

Esta exhibición ilustra, con su profusión de documentos y pequeñas obras, la "indefinición de fronteras entre arte y diario vivir" (al decir de Gabriel Peluffo) siempre presente en el trabajo de Sagradini. Todo aquello que ha despertado su interés en campos tan diversos como las artes plásticas, las técnicas artesanales de trabajo, la política, los derechos humanos, el cine, la literatura, la arquitectura, la cultura popular, la historia o el deporte, forma parte del vasto repertorio cultural y material del cual dispone con naturalidad. Pero no se trata simplemente de elecciones temáticas. Él percibe en los fenómenos sus formas particulares, su manera de expresarse ante el mundo, su lenguaje; un lenguaje que el artista toma y reelabora, a menudo con el condimento de una cuota de humor.

Bajo la caracterización de "exposición antológica" Sagradini ha reunido una gran cantidad de material que cubre el transcurso de su vida como artista, pero de sus instalaciones y de los proyectos que han jalonado su trayectoria solo hay en la sala documentos, despieces o versiones reducidas. Esto es doblemente explicable. El texto de Lucía Sagradini ahonda tanto en el rechazo del artista a establecer una visión retrospectiva que fosilizaría su obra en el pasado, como en la imposibilidad de repetir el montaje de esas instalaciones dado que el sentido de esos trabajos en su práctica artística está relacionado con el espacio temporal y efímero del acontecimiento: "Sagradini quiere hacer del aquí y ahora el desafío de su obra."

Pero si la imposibilidad de realizar una exhibición retrospectiva es comprensible, el rótulo de "exposición antológica" que pretende caracterizar a "Vademécum" es sumamente discutible. Una antología consiste en una selección de piezas representativas de distintos períodos o fases del conjunto de una obra. Pero el exceso de material y documentación de esta muestra entra en contradicción con esta idea.

En "Vademécum" el espectador cree, al inicio, que recorre con tranquilidad un panorama de la trayectoria del artista. Hasta que descubre con desasosiego que en realidad el artista lo está metiendo en otra cosa. Este ha sido siempre el modus operandi de Sagradini. Es más, esa "otra cosa", ese develamiento de lo que falta o está oculto, de lo olvidado o despreciado por la historia, ese foco sobre lo intrascendente, es uno de los elementos que cohesiona una obra aparentemente ecléctica que utiliza procedimientos muy diversos.

PASADO Y PRESENTE.

Esta vez, sin embargo, esa "otra cosa" no está dentro del relato del mundo que pasa por arriba a los mortales, sino en la peripecia de su propia obra. "Vademécum" sería entonces toda ella una nueva propuesta que se alimenta del camino recorrido hasta el presente. Un camino que al estar signado por su cruce permanente con la vida social obliga a descartar cualquier sospecha de autocomplacencia. Para apreciarla es necesario alejar el foco y tener en cuenta el itinerario que el espectador, dada la estructura de la exposición, está obligado a transitar.

A grandes rasgos debe recorrer la mitad de una gran sala (dividida en dos partes bien diferenciadas) en donde se ubican obras y documentos que cubren desde la infancia del artista hasta el presente, atravesar un estrecho corredor transversal en donde hay una línea de fotografías contiguas de diversas instalaciones y algunas obras en formato pequeño, y pasar a la otra gran mitad de la sala dominada por la presencia de una nueva obra construida especialmente para la ocasión. Se trata de una construcción monumental en madera, realizada a partir del diseño tradicional de un "embudo" o forcing pen (un corral especial utilizado comúnmente en la ganadería hasta principios del siglo pasado para clasificar el ganado), obra relacionada con las investigaciones y trabajos que el artista ha desarrollado en el campo uruguayo.

Aunque el espectador no conozca la función del artefacto que ha servido de modelo (que el público puede recorrer por dentro, un dato no menor), éste se alza en medio de la sala con un carácter poco menos que ominoso: el alto portal de la compuerta hace pensar en una guillotina, el corral mismo en un espacio de tortura. Posee al mismo tiempo una forma envolvente y depurada, y el fresco aroma de las tablas de pino con que ha sido construido invade toda la exhibición desde la misma entrada. Su presencia no solo da culminación al trayecto del público sino que puede ser sentida desde que el espectador pone los pies en la sala.

Independientemente de las connotaciones de esa obra, nada en esta supuesta exposición antológica es casual o inocente. Ha sido diseñada para recorrer toda una vida y una forma de interpretar el mundo, pero también para llegar a una especie de amenaza que resulta ser al mismo tiempo una gran carcajada. Una forma heredada de nuestra tradicional brutalidad, planteada en términos abstractos, se parece a una escultura minimalista, bella y aromática. El piolín queda suelto para seguir tirando... Típico Sagradini.

Una incongruencia pesa, sin embargo, sobre la exhibición. "Vademécum" es un proyecto coherente, pero el hecho de no constituir realmente una selección antológica afecta la manera en que el público percibe su relato. Lo que debiera ser un itinerario formado por mojones (obras o documentos representativos de ciertas etapas o períodos) que culmina en "el embudo", se ha convertido en un camino abigarrado saturado por la información. Por ese itinerario es necesario caminar contra una inexplicable superposición de elementos, algunos de los cuales abundan de forma innecesaria sobre un mismo tema. Hay una interferencia permanente provocada por la dificultad que el curador-artista ha tenido para ver con distancia y descartar su material, dos acciones sin las cuales no es posible ninguna antología. Esa indefinición está en el aire junto al aroma de las tablas de pino.

NOTA: La muestra estuvo abierta al público desde el jueves 12 de mayo al domingo 31 de julio de 2016.

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