Poéticas de Eduardo Milán

Creer en el tiempo

Lo que la poesía viene diciendo desde hace cuánto

Eduardo Milán
Eduardo Milán

Ejercer lo que no hay por derecho lo constituye. Es lo que entiendo por el notable concepto de performatividad de Judith Butler. Es un modo de acción liberadora. La poesía lo viene diciendo desde hace cuánto. “El día en que la mujer hable el mundo cambia”, dice Rimbaud (cito de memoria: Rimbaud es una forma de oleaje en seco, de ahí el desierto, las arenas de Abisinia que podrían existir o no existir). Es cierto. En cuanto a la vejez, el retorno del haikú (la dictadura del haikú diría mi amigo Ullán, el de El camino...) son las diecisiete sílabas de la vejez que se permite caer en profundidad porque ya no tiene tiempo. La épica es larga, no tiene por objeto la cala salvo lo que se cala para no correr peligro: el silencio en portugués que no tiene nada que ver con la épica. El silencio es una concentración dilatada, el círculo concéntrico de mi moneda tirada horizontalmente —lo más posible de un joven que no se agacha, un rockero que tiene a su alcance el punto de flexión del junco que no tiene doblez —las dos caras del junco: no— se curva, no se dobla, cuervea en negro para horizontalizar el aire de su mirada que ya es puro perfil, cante de Morente no de Camarón, ese subía, se le iba arriba el palmoteo de la voz. Mundo suprasensible si lo hay el del Camarón. No hay ángeles, hay Camarón. En cuanto al extranjero, el migrante lo acaba allí donde el otro, al ejercerlo, constituye el derecho que no tiene. Una humanidad se está moviendo dentro de una humanidad que está quieta como un viejo que no quiere escribir su haikú: cree en el tiempo-todavía, en sus desdoblamientos posibles como un rizoma que fuera más que un rizo de espuma, su momento crocante donde desacelera su peso de mole, de playa en el pie, los dedos del pie abiertos por la sal que cura toda abertura: no hay más herida que la orilla del mar, en su contexto, claro, el de los principios. Lo de los principios lo diría Lezama. Pero es dar pie —se nos fue la mano de tanto darla o, resentida, de no darla— como un teatro que da pie entre ruinas, a lo vivo, con gente que está ahí adelante, no imaginaria.

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