Malerba, de Giuseppe Grassonelli

Confesiones de un mafioso

Tras cometer 300 asesinatos, se convirtió en un novelista premiado.

Giuseppe Grassonelli

En 1992 un comando especial de carabineros armados a guerra, vestidos de negro y con pasamontañas ocultándoles el rostro, detuvo en un chalé de veraneo de algún lugar de la costa siciliana a Giuseppe Grassonelli, también conocido como Antonio Grasso, Mala Hierba o simplemente Malerba, que por aquel entonces tenía 27 años y había cometido, según recientes declaraciones, unos trescientos homicidios. Grassonelli fue sentenciado a cadena perpetua, lo que en jerga se conoce como “ergastolo optativo”, pena que se aplica a aquellos que hubieran cometido “asesinato con agravante de asociación mafiosa y ausencia de colaboración con la justicia”. Poco después de ser condenado, quedó sometido a uno de los regímenes carcelarios más estrictos de Italia, el llamado 41 bis, que entre otras cosas establece un aislamiento casi permanente, sin el menor contacto con el exterior y con escasas posibilidades de ser visitado por familiares o amigos.

No obstante ello, y con el paso de los años, Grassonelli comenzó a estudiar hasta alcanzar con matrícula de honor una licenciatura en Letras, y escribió unas memorias que, con la posterior ayuda de Carmelo Sardo, un periodista televisivo nacido en su misma ciudad (Porto Empedocle, también patria chica de Andrea Camilleri), publicó en 2014 bajo el título Malerba, vida a muerte en Sicilia. El libro se convirtió en un éxito de ventas y permitió al autor restablecer cierto contacto con la sociedad a través de entrevistas y presentaciones, aunque hasta el momento la Justicia italiana se ha negado a rever las condiciones de su sentencia.

La polémica se instaló rápidamente en torno al libro, y se multiplicó después de que este ganara la XXVI edición del premio Leonardo Sciascia. El decano del jurado, Gaspare Agnello, amigo personal del autor de El día de la lechuza y La desaparición de Majorana, renunció a su cargo en medio de un agrio debate y de una decisión que dejó en segundo lugar a Es así de leve tu beso sobre la frente, escrito por Caterina Chinnici, hija de Rocco Chinnici, un juez asesinado en Palermo con un coche bomba en 1983. “¿Es posible que un condenado a cadena perpetua que tiene las manos manchadas de crímenes terribles cuyas heridas siguen vivas en las carnes de sus víctimas participe en un premio literario que tiene como protagonistas a Sciascia, Consolo y Bufalino?”, se preguntó Agnello citando a tres escritores que dedicaron obra y vida a denunciar las atrocidades de la mafia.

NACE UNA ESTRELLA

A fines de setiembre de 1986 un grupo de la Cosa Nostra asesinó en un bar del pequeño pueblo de Casamarina, donde unos segundos antes estaba sentado Grassonelli, a su abuelo, a un tío y a dos de sus mejores amigos. Cuando, después de haber ido a saludar a una muchacha, volvió al lugar, se encontró con una escena dantesca de la que tuvo que escapar tras advertir que también él corría peligro de muerte. Hasta entonces, y con 20 años, su vida había trascurrido en un constante ir y venir desde que en su infancia, y junto a un par de amigos, descubrió un escondite con armas y una gran cantidad de dinero que terminaron hurtando.

Tras otra serie de pequeños pero sistemáticos delitos, con 17 años tuvo que marcharse de su tierra rumbo a Hamburgo, donde se convirtió en un hábil tahúr y en un vividor profesional, acostumbrado a desplumar ludópatas de incierta ingenuidad que visitaban uno y otro cabaret nocturno. A los 20 volvió a su país para cumplir durante algunos meses el servicio militar, y cuando se aprontaba a regresar a Alemania, se vio envuelto en el episodio desencadenante de una venganza que, con meticulosa paciencia, fue planeando y ejecutando a lo largo de siete años. Al poco tiempo de aquel incidente, dos de los responsables de la Cosa Nostra fueron enviados a prisión por delitos menores, y el padre de Grassonelli fue sentenciado a cadena perpetua por sus crímenes en una guerra desatada entre facciones rivales, que no haría sino agudizarse con el paso del tiempo.

Giuseppe esperó a que sus enemigos fueran liberados. Entre tanto, fue atrincherándose con armamento de alto poder y reclutando a un grupo de aliados que terminarían por constituir una nueva versión de la mafia: la Stidda (o “Estrella”), hoy convertida en uno de los grupos más poderosos de Sicilia. La espera fue fructífera, y Grassonelli fue acabando uno tras otro con los asesinos de su abuelo pero también con todos quienes se cruzaran en su camino, convencido siempre –y hasta el día de hoy– de que sus acciones no hacían otra cosa que sembrar una justicia que el Estado le negaba, y de que toda muerte consumada no era sino en defensa propia, libre de toda imputación.

UN LUGAR ENCANTADOR.

Pero el libro promete mucho más de lo que da, o lo que da es de una mescolanza ética digna de nuestros turbios tiempos. Las primeras cien páginas no son otras cosa que una colección de proezas sexuales en las que Grassonelli hace gala de sus dotes de seductor y de su irresistible atractivo. Así pasan por su cama, siempre rendidas, siempre fascinadas, decenas de jóvenes de todo rango, desde prostitutas de lujo a intelectuales de equívoca trascendencia, a quienes por lo general termina ofreciendo consejos de vida dignos del Viejo Viscacha, en interminables e inverosímiles peroratas cargadas de asertos de una épica chatarra. Autor y periodista tampoco se ahorran lugares comunes, cuanto más cursis mejor: “El amor es un lujo que no puedo permitirme”, “Aún no lo sabía, pero deseaba abrazarla, poseerla, amarla”, “Un lugar encantador para decirse adiós”.

Pero lo que se convierte en un alegato verdaderamente peligroso es la supuesta confusión que Grassonelli mantiene a lo largo del libro a propósito de su justicia personal, de su eventual inocencia, de las razones y justificaciones que le llevaron a cometer sus numerosos crímenes, todo ello contado desde una indulgencia total hacia su persona. A modo de ejemplo, y tras haberle volado la cabeza en una emboscada a uno de los capos de la Cosa Nostra, escribe: “Inmediatamente pensé en todas las personas inocentes que había asesinado o hecho asesinar: pobres padres de familia, seres humanos que no tenían nada que ver con la mafia y sus luchas, cuyo único pecado era llevar el mismo apellido que el de sus enemigos; entre ellos había incluso un chico de quince años. Aquel día quise darles justicia a todas aquellas víctimas inocentes”.

Algunos críticos han comparado Malerba con una novela negra, pero el libro no ofrece una trama narrativamente eficaz, no genera suspenso, no reviste una complejidad conceptual que reclamaría la magnitud de lo que intenta contar, ni de sus páginas se desprende una mirada que apunte a desnudar otras condicionantes sociales u otros sentimientos que aquellos que envuelven la voz absolutoria de su propio narrador.

MALERBA. Vida a muerte en Sicilia, de Carmelo Sardo y Giuseppe Grassonelli. Malpaso, 2016. Barcelona, 355 páginas. Distribuye Océano.

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