Poéticas

Con la conciencia del naufragio

El discurso quiere llenar el vacío de realidad que no coincide con el discurso porque es un discurso vacío.

Eudardo Milán

Hablando en plata del Río, carezco de los recursos de ese río. Uno acepta que carece no cuando se mueve en dirección a convertir la carencia en no carencia. Uno acepta cuando se mira la cara y no se ve como creía que se vería. No carece “O cara ese” contraído al cruzar caminado la frontera Livramento-Rivera hacia Rivera. Carcará no carece: “pega, mata e come”. ¿Carecía Narciso cuando se veía en las aguas de ese río como un reflejo más que como una presencia? Su cara fluía, cara fluvial de Narciso. Se gasta lo que no se tiene, una vida entera, en darse cuenta que no vale la pena el lamento. En la balsa uno va aceptando mientras se desliza. En la balsa, no en la balanza, una civilización acepta navegar aún con la conciencia del naufragio por delante. Una civilización como esta acepta todo con tal de un lugar al sol, sol civilizador. Pacto civil bajo el sol mientras cruza el Mediterráneo con ese miedo del sin más remedio. Fui un sirio serio, un sirio prematuro sin madre ni madurez pero con la premura de quien se siente solo bajo un sol que no da cuenta de su lugar. Dedos del sol, no hay dedos del sol. Fui a Montevideo a preguntar por el comienzo de todo esto, a reconocer entre la dadora y la no dadora de la vida. No era una sirena, no atraía con la revelación de un silbido de imposible canto suspendido en forma de mujer pez. Mujer pez no es la dadora, no tiene una roca abajo donde pesar su humedad. Sirena sí, sirena hasta hundirse en la profundidad del olvido –eso queda realmente lejos de aquí, cerca del mito que jalaba al que pasaba desde un inconciliable sueño de raíz. Para eso el silbido agudo que atraviesa el silencio, para hacer caer abismo abajo. Un humano necesita tanto y tanto, un tanto verdadero que nace con él y un tanto impuesto que se le aplica apenas se distrae.

Hoy se vive esta inflación de necesidad desde una flacura que cada vez más muestra la hilacha. El discurso quiere llenar el vacío de realidad que no coincide con el discurso porque es un discurso vacío. Eso lo oí en Montevideo mientras se apagaba el silbido agudo que atraviesa el espacio de lado a lado hundido en la profundidad del no sé. El canto de la sirena no necesita el refrendo de la real sirena. Basta el delirio mediático que busca subirse al significante vacío como sirios a una patera que a su vez busca mantener el equilibrio en el Mediterráneo, más cerca de aquí de lo que se cree.

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