con jaime clara

El comunicador que narra

El más popular de los periodistas dedicados a la cultura, también es caricaturista, poeta y narrador. Acaba de publicar su primer libro de cuentos en el sello Seix Barral, La terrible presión de la nada.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Jaime Clara

DESDE HACE algunos años Jaime Clara (San José, 1965) ha encarnado un rol poco común: el de un periodista dedicado a la cultura, en particular al mundo literario, con gran éxito de público. Autor de dos libros de poesía (Sin pecado un adorno, 1999; Es inmensa la noche, 2011) y del libro de ensayo En campaña, una mirada sobre propaganda y marketing político (2009), la editorial Seix Barral acaba de publicar su primer libro de cuentos, La terrible presión de la nada, que presentará en la próxima Feria Internacional del Libro de Montevideo, donde a su vez participará de un panel sobre novela policial, presentará libros de otros, hará lecturas y “espero que nada más, porque me juntan con cucharita” dice antes de pasar a responder la pregunta: ¿cómo empezaste a escribir ficción?

—Yo escribía poesía. Un día, a raíz de un hecho autobiográfico, pensé que eso era una experiencia interesante para contar, no para poesía. Entonces hace como veinte años nace el cuento “El velorio”, que integra este libro, y que fui masticado hasta el hartazgo. Después de mucho tiempo se lo mostré a Luis Fernando Iglesias y a Claudia Amengual, y desde entonces seguí escribiendo cuentos, siempre de una forma muy cauta y muy privada, y sin ninguna pretensión; solo por las ganas de escribir.

TUMBA SIN NOMBRE

—¿Qué te dispara un cuento?

—Frases, frases. En ese cuento es la frase “créete que la luna es queso…”, dicho en boca de la protagonista. Después, “Héroe por dos minutos”, apareció esa idea como título; en “Entre amigas”, el cuento de las excompañeras que se reúnen después de muchos años sin verse. Yo había leído en una entrevista a una mujer que se quejaba de su memoria, que decía que no quería tener ciertos recuerdos, algo así como “no puedo con esta puta memoria”, que es parte del relato.

—Palabras que te llevan a imágenes, que a su vez te llevan a una construcción narrativa. ¿No sentís que es un tanto peligroso que tu propia tarea como comunicador invada el texto narrativo?

—No me incomoda. En definitiva todas son formas de comunicación.

—Con códigos distintos…

—Pero siempre estás contando historias.

—Pero el comunicador debe ir hasta el 100% de la historia, y en la narrativa, por lo general menos es más.

—El cuento “La guitarra” resulta tan verosímil, con tal cantidad de detalles, con eso muy periodístico, que capaz que estoy en un término medio… Pero por ahora pienso que no hay colisión entre un lenguaje y otro.

—Naciste en San José… Cuando uno habla de San José, de inmediato piensa en Francisco Canaro, en Francisco Espínola.

-Pirincho le decían a Canaro, y Paco a Espínola… A los trece años yo era el operador de una audición en radio San José, “Me llamaban Pirincho”, que solo pasaba tangos de Canaro. A los quince me mudé a Montevideo pero seguí trabajando tres años más en la radio. En unas jornadas sobre Paco que organizaron hace mucho tiempo Ana Inés Larre Borges y Alicia Torres me invitaron a hablar sobre mi relación con la tumba de Paco. Yo lo vi una sola vez, cuando tenía seis años, en el club San José. Me acuerdo como si fuera hoy, iba con mi tía y ella me decía “este es el autor de Saltoncito”. Cuando fallece lo entierran en un nicho a media cuadra de donde están enterrados mis abuelos. Cada vez que les llevábamos flores, yo siendo un niño, mi tía Etna me llevaba a la tumba de Paco, aunque, como estábamos en dictadura, no tenía nombre.

—Entonces tu entrada a la obra de Espínola fue Saltoncito.

—Sí, y tengo el libro, la primera edición, que me regaló mi tía, con las imágenes de Guillermo Fernández que yo calcaba, y de quien 30 años después fui su alumno en su taller de plástica.

—¿Cómo llegás al otro Paco, al de Sombras sobre la tierra?

—En el liceo, en la adolescencia. Me ayudó a entender lo que eran los quilombos en el centro de San José. El quilombo estaba en Rincón y Vidal, a cuatro cuadras de la ciudad, una cuadra llena de bares, casi céntrica, y pasar por ahí era muy raro. Por las mañanas todos los bares estaban cerrados, y fui entendiendo todo.

—¿Y después de Paco?

—Hay un disco, que menciono en mi libro, de Hugo Martínez Trobo leyendo cuatro cuentos de Horacio Quiroga. Era de mi tía y me lo hacía escuchar de niño. Yo ponía el disco a la hora de la siesta para mí solo. “El hijo”, “A la deriva”…

CULTURA FRAGMENTADA

—¿Cuándo llegaste a Montevideo?

—En 1979. Dos años después, en 1981, me levantan el programa en la radio de San José por pasar música “aberrante y tendenciosa”: discos de Frank Pourcel, Paul Mauriat, Ray Coniff. Los compraba en Sapelli, en liquidación. Y también otros discos de Rumbo, Larbanois-Carrero, sin ningún tipo de intención política. Pero bueno, fue una época en la que había un jefe de Policía en San José que llegó a prohibir los cumpleaños porque se juntaba gente; más de ocho, no.

—¿Y qué encontraste al llegar a Montevideo?

—Una ciudad hostil, a la que no me acostumbro ni siquiera hoy, pero que me da mucho en el plano cultural. San José se había quedado hasta sin cine. Montevideo era cine, teatro, yo era fanático de Alberto Restuccia, la barra de Ayuí, Leo Masliah, Ruben Olivera. Me hice muy amigo de Alfredo Percovich. Germán Araujo me recibía en su despacho cuando yo tenía quince años y me daba consejos sin una gota de ideología, me regalaba el diario Clarín, me enseñaba a recortar las notas para hacer un archivo. Lo que no me dejaron hacer más en San José, lo empecé a hacer en CX 36, Radio Centenario.

—¿Cuándo empezás en el periodismo cultural?

—En la época de la dictadura. ¿Qué era lo que podía llevar de Montevideo a San José? Cosas culturales, no políticas. Y además, el periodismo que más consumí desde siempre fue el cultural. En el plano de la caricatura, Arotxa, para desestimularme, me decía que yo era un gran consumidor de caricaturas, no un caricaturista. Tiene razón. Siempre fui un gran consumidor de periodismo cultural, y se dio todo naturalmente.

—¿Cómo ves el ambiente cultural uruguayo?

—Fragmentado. Políticamente. Estéticamente. Artísticamente. Por estilos. Por grupos en torno a publicaciones. Corrientes. No importa el pretexto o el motivo o el origen o los días de reunión según el boliche. Siempre fragmentado.

—Eso no tendría por qué ser una mala noticia…

—Si la fragmentación permitiera la formación de vínculos artísticos entre las distintas partes, sí. Pero no ocurre así. Por ejemplo el grupo alrededor de la diaria es muy severo o ignora a determinados escritores; Brecha es muy severo o ignora a otros; Búsqueda tiene poca incidencia. Siento que esa fragmentación, en lugar de ser fermental y positiva, es un problema.

—¿Cómo ves la literatura uruguaya?

—No tengo una opinión precisa.

—¿Qué lugar creés que ocupará tu libro en el panorama actual?

—No tengo la menor idea.

—¿No? Pero vos también hacés crítica cultural…

—No, no hago crítica cultural. Jamás. Cuando me gusta algo, aliento a la gente para que lo lea, o para que vaya al teatro. Pero si no me gusta, hago la misma entrevista con el mismo profesionalismo y con el mismo compromiso, pero no digo nada: que juzgue el lector.

—¿Eso no te fatiga?

—Claro. Pero bueno, es mi trabajo.

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