A 85 AÑOS DE SU MUERTE

El cine le rinde homenaje a Carlos Gardel

La Fundación Cinemateca Argentina digitalizó seis películas de Carlos Gardel, entre ellas El día que me quieras. Una crónica del proceso, y de cómo persiste su legado en la zona del Abasto bonaerense.

Museo Casa Carlos Gardel. Foto Hugo Serra
Foto Hugo Serra

La devota grey que se reúne frente al sepulcro de Gardel, en el cementerio de la Chacarita de Buenos Aires, mañana 24 de junio volverá a cubrirlo de flores, a calzar el cigarrillo encendido entre los dedos de bronce, a corear fraternalmente un estribillo o sostener discusiones acaloradas por un número de matriz de disco. Tal vez la ansiedad de la espera de “la llave”, que sostiene la ilusión de entrar a la bóveda, volverá a poblar de murmullos el aire invernal y el tango agitará el reposo de un vecindario por definición propenso al mutismo. En cada aniversario de la muerte del cantor, gardelianos de la guardia histórica peregrinan rumbo al mausoleo. El único que no envejece es él.

Desandemos, en 2019, el trayecto del primer cortejo, aquel que escoltó por Buenos Aires el féretro de Gardel —desde el estadio Luna Park hasta el cementerio, en el último tramo de una odisea funeraria rocambolesca por tren, a pulso, en barco y carruaje, que había comenzado en Medellín, había pasado por Nueva York y había hecho escala en Montevideo para un velatorio en la Aduana y una emocionada despedida musical a cargo de la banda de la brigada de bomberos—. Más de ocho décadas después, a la altura en la que Corrientes se convierte en “la calle de los teatros”, y las baldosas lucen estrellas con nombres de artistas populares como un criollo “Hollywood Walk of Fame”, este 24 de junio canta Carlos Gardel. En la sala Lugones del Teatro San Martín se exhibe una copia restaurada de El día que me quieras, el penúltimo filme que rodó el artista, en enero de 1935 en los estudios Paramount de Long Island, y la joya principal entre las seis películas de Gardel que acaba de reacondicionar la Fundación Cinemateca Argentina. La “novedad” de este catálogo, laboriosamente recuperado en imagen y sonido, ya motivó en abril un primer ciclo en la Lugones, con un público nutrido y heterogéneo que —como sucedía en la época en la que se estrenaron esos títulos— estallaba en aplausos al final de cada canción. Allí se reeditaron cimas del cine musical: desde el sugestivo “¿Durmieron bien, muchachas?”, que Carlitos lanza en pijama a las “Rubias de New York” Mary, Peggy, Betty, Julie en clave de foxtrot… hasta la dramática elegía de “Sus ojos se cerraron” —una de las escenas de más dolorosa belleza de todo el cine de tango—.

El antiguo edificio del mítico diario Crítica —a dos cuadras de la terminal de trenes de Constitución, barrio bullicioso de cumbia y reguetón— hoy es la sede de la Fundación Cinemateca Argentina, una entidad privada que lleva siete décadas en actividad, especialmente enfocada en la preservación y divulgación del patrimonio fílmico. “Por fin el cine le rinde a Gardel el homenaje que merece”, deja ver su satisfacción Marcela Cassinelli, presidente de la Fundación e impulsora de la restauración, un proyecto que logró concretar después de unos diez años de búsqueda de fondos y muchos más de búsqueda de material recuperable. Copias en variada calidad y algunos negativos de las películas de Gardel —que a través del tiempo fue adquiriendo Guillermo Fernández Jurado, histórico presidente de la Cinemateca— fueron el punto de partida. “Todo empezó un día en la cámara de los negativos, revisando material, cuando nos dimos cuenta de que uno de los rollos de sonido de los cortos de Gardel, un nitrato original 35 mm, había comenzado a avinagrarse. Estoy hablando de los cortos musicales que filmó (Eduardo) Morera, del nacimiento del cine sonoro, había que recuperar ese material. Entonces hablé con (el laboratorio) Cinecolor y fuimos a hacer la restauración. Cuando nos sentamos en la sala a mirar el resultado, no lo podíamos creer: ¡hay una escena en la que hasta le ves una minúscula plumita sobre el hombro en el saco, que se debe haber caído del cisne del polvo para la cara! Finalmente, logramos encarar la restauración de todas las películas en Cinecolor y Gotika. Fue un trabajo minucioso en la imagen y el sonido. Cada película era un mundo, cada copia tenía sus patologías particulares: hongos, rayas, acortamientos, quemaduras, faltantes de fotogramas, de todo… hubo que conseguir copias de distinto tipo, para ir reemplazando partes. El cine digital te da posibilidades maravillosas, todo es posible salvo crear un fotograma allí donde desapareció. Melodía de arrabal fue una de las películas más complicadas de restaurar, porque en un derrumbe del año 91 perdimos el negativo. La mejor restaurada fue El día que me quieras, por la calidad del material que teníamos de base, pero también por la gran evolución técnica que tuvo la industria del cine en esos años y la jerarquía de los estudios donde se filmó”. Aunque asombrosa, la restauración es siempre provisoria, porque continuamente pueden aparecer nuevas copias que permitan perfeccionar las versiones rubricando el paradigma gardeliano según el cual “cada día canta mejor”. Cassinelli confía en que, al ver y escuchar los resultados, más personas que tengan copias guardadas decidan facilitarlas, para contribuir en la tarea. “Puede ocurrir que nos traigan, por ejemplo, una copia que sea un desastre, pero que justo tenga un pedacito que esté mejor que el nuestro —explica—. No olvidemos que las películas se cortaban, que algunos se robaban las canciones… Ahora tenemos copias armadas a partir de distintas copias, son verdaderos ‘Frankensteins’, y se pueden seguir mejorando siempre”.

CUNA DE TAURAS Y CANTORES.

La osamenta del antiguo mercado y el trajín de la colectividad peruana conviven hoy en el Abasto de Buenos Aires con la iconografía gardeliana que decora las calles del barrio de todas las formas posibles, del bronce al mural pop, del stencil a la gigantografía, del filete decorativo al mosaico veneciano y el logo comercial. El corazón de este ecosistema es la casa de la calle Jean Jaurès 735, que el Mago compró en 1926 por la suma de $50.000 pesos moneda nacional, gracias una hipoteca bancaria a cancelar con los frutos de sus exitosas giras. El cantor frecuentaba el barrio desde mucho antes, desde los tiempos en los que la casa de un tal Gigena, en la calle Guardia Vieja, fue escenario de su primer encuentro con “el Oriental” José Razzano —una “tenida”, como se conocía a esos desafíos entre cantores, que instantáneamente trocaría en amistad y en dúo—. Tal vez por su arraigo juvenil en el Abasto, Gardel eligió el barrio para instalar “la casa de la viejita” (doña Berthe Gardès), donde él llegó a vivir y a ensayar junto a la ventana, y que abandonaba regularmente para viajar, por períodos cada vez más largos. Hasta el 7 de noviembre de 1933, cuando dejó el Abasto para embarcarse rumbo a Europa a bordo del Conte Biancamano, sin saber que ya no regresaría.

Tras la muerte del cantor —en el luctuoso accidente de aviación en el aeropuerto Olaya Herrera de Medellín, el 24 de junio de 1935—, Doña Berthe sobrevivió unos pocos años en esa casa sencilla que más tarde conoció la desidia y el olvido. Se convirtió primero en un local de espectáculos y después en una casa abandonada, en la que los vecinos alguna vez colgaron un cartel de desagravio: “Perdón, señora Berta, por el estado en el que tenemos su casa”. Finalmente fue donada a la ciudad como museo y, como tal, objeto de polémicas refacciones.

Hoy, el frondoso libro de visitas es un foro efervescente de gardelianos de todo el mundo de paso por el Abasto: emocionados agradecimientos, recriminaciones porque hace años se levantó la pieza de planchado de doña Berta, testimonios de la admiración que el cantor fue sembrando a través del continente. Sin descuidar el culto del mito, pero con el eje puesto en la música, el Museo Casa Carlos Gardel convoca a un público diverso con casi novecientas grabaciones para elegir qué escuchar en la muestra permanente, con un atractivo diseño de exhibiciones temporarias y una agenda de actividades con cierta dosis de sorpresa. La impronta de la musicóloga Marina Cañardo, que acaba de cumplir un año en la dirección, es visible en la apelación a “un visitante activo que haga su propio recorrido e interactúe con las propuestas” y en la invitación “no a ir en contra del mito gardeliano, pero sí hacia su revisión: hacia una humanización del mito”. También se hace evidente en el lugar que la industria discográfica de las primeras décadas del siglo XX —tema de la tesis doctoral de Cañardo en París— ocupa en estos días con la muestra “Laboratorio de impresiones”, que celebra los 100 años del disco argentino y ofrece desde hacer la prueba de grabar en una bocina, como en la época del Gardel acústico, y poder escuchar la propia voz en el patio del Zorzal, hasta compartir las versiones favoritas del cantor en Spotify participando de una playlist colaborativa. Finalmente, se refleja en un espacio abierto a propuestas inquietantes como la de “Aromas de Tango”, formato de concierto en el que un teclado libera fragancias a medida que suenan los tangos en una experiencia de sinestesia, o sesiones de DJ con vinilos concebidas como “una apropiación creativa de las tecnologías”.

En un nuevo aniversario de la tragedia de Medellín —donde también murieron el poeta Alfredo Le Pera y los guitarristas Guillermo Barbieri y Ángel Domingo Riverol—, el Museo deja de lado las muestras de duelo para concentrarse en la vitalidad artística de su figura: el evento “Gardel Eterno” celebra su voz en el disco y su obra en las versiones de intérpretes de la escena actual. Habrá cantantes de tango versionando a Gardel con el acompañamiento del cuarteto de guitarristas Las Cuarenta (cuatro músicas mujeres, “a tono con los tiempos”, añade Cañardo, en referencia al movimiento feminista que viene reclamando protagonismo en distintos espacios). Un grupo de coleccionistas (“son ángeles guardianes de nuestra memoria musical”) se congregará en el Museo con su tesoro de discos de pasta para reeditar, en el patio, la liturgia de darle cuerda a la vitrola y escuchar a Gardel, una tertulia inspirada en un texto de Julio Cortázar en la revista Sur: “Enseguida se comprende que a Gardel hay que escucharlo en vitrola (…) Su voz sale de ella como la conoció el pueblo que no podía escucharlo en persona, como salía de zaguanes y de salas en el año veinticuatro o veinticinco. Gardel-Razzano, entonces: ‘La cordobesa’, ‘El sapo y la comadreja’, ‘De mi tierra’. Y también su voz sola, alta y llena de quiebros, con las guitarras metálicas crepitando en el fondo de las bocinas verde y rosa: ‘Mi noche triste’, ‘La copa del olvido’, ‘El taita del arrabal’”.

También Juan Carlos Onetti caviló en escritos personales (citados por el investigador Maximiliano Linares) sobre el Gardel de los discos: “Y aquí se planta el misterio. ¿Por qué, a tantos años de su muerte, puede decirse —en el tono simple de las convenciones aceptadas— que cada día canta mejor? (…) Y que la inocencia nos sea perdonada. Sospechamos que un tango orillero cantado por Carlos Gardel —sentimental, burlón o simplemente compadrito— está unido al pasado o al día de hoy de cada uno de nosotros. Y que cada uno de nosotros ambicionaría poderlo decir así, con esa voz, con esa falsa tristeza, con ese cinismo que, si se escucha bien y mucho, es posible descubrir. Y tal vez por esto me gusta tanto”.

Quien recorra la muestra permanente en sentido cronológico encontrará copia de la partida autenticada que certifica la ciudad de Toulouse, Francia, como lugar de nacimiento de Charles Romuald Gardès, en desmedro de la hipótesis del Gardel de Tacuarembó. “Tenemos visitantes uruguayos. Algunos se sienten contrariados. Otros tienen superada la cuestión —comenta Cañardo al respecto—. Gardel mismo manejó cierta ambigüedad sobre su nacimiento. Pero aquí hay una postura institucional. Igualmente, nadie se siente ofendido. En torno a los mitos hay misterios e interrogantes. Siempre hay preguntas y seguimos jugando con ellas a repensar el mito. Es bueno que nos sigamos preguntando sobre los misterios de Gardel, pero también es hora de que nos preguntemos: ¿Cuánto nos cambia que haya nacido en un lugar o en otro? Es el Gardel de todos. Y es eterno porque lo recordamos”.

“Gardel eterno” o “el cantor de la juventud perenne”, como lo definió el poeta y periodista Gerónimo Yorio en una profética nota aparecida en octubre de 1933 en la revista Cancionera de Montevideo. Gardel acababa de llegar a la ciudad, con novedades como “La uruguayita Lucía”, para cumplir un compromiso de diez audiciones. Después de entrevistarlo, Yorio cerraba su artículo con las líneas que, como en un bucle de la historia, ahora cierran este: “Me alejé de aquel lugar pensando en el tiempo que todo lo envejece, que pasa para todos nosotros, menos para Gardel porque Gardel es la emoción, es un pedazo de arrabal… es el tango… y ese no envejece nunca”.

Carlos Gardel en la Casa de la calle Jean Jaurès

Carlos Gardel posa en la sala de la casa del Abasto, hoy Museo. Aquí recibía en 1933 a los enviados de la revista El Canta Claro: “Se preguntarán ustedes por qué no resido en la Avenida Alvear, en el mejor chalet que se pueda hacer, pero les diré que yo vivo en este modesto barrio obrero, porque es mi querido barrio donde yo, cuando purrete, pasé momentos de felicidad que hoy, con todos los pesos que tengo en el banco, no puedo comprarme una hora de aquellas…”.

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