NOVELA DE ROBERTO SAVIANO

El cielo es el límite

Sobre la subcultura juvenil del crimen organizado

Roberto Saviano. Foto Maki Galimberti/Anagrama
Roberto Saviano (Foto Maki Galimberti/Anagrama)

Roberto Saviano vuelve sobre Nápoles y la Camorra. Esta vez con La banda de los niños, una novela que trata de la realidad sobre la que escribe desde que Gomorra (2006) lo hizo célebre y lo obligó a llevar guardaespaldas. El escenario es Forcella, una zona de Nápoles donde manda la mafia, la ropa se seca en cuerdas que atraviesan de lado a lado calles estrechas y todo el mundo habla gritando. Los personajes son adolescentes, casi niños. Hijos de la clase media, arrogantes y motorizados, venden "chocolate" en alguna esquina, a la espera de ganarse el lugar y el título de "camello". Todavía viven con los padres y van al liceo pero su futuro y sus planes no están en un salón de clase sino en la calle y el delito. Hablan de sexo y armas. "En Nápoles no hay vías de crecimiento: se nace ya en la realidad, dentro, no la descubres", dice Saviano.

La novela La banda de los niños es un retrato ético y estético de la subcultura juvenil del crimen organizado. Es también la historia de una ilusión de ascenso social. Los jefes están presos o viven encerrados, los más viejos por el arresto domiciliario y los otros por temor a que los maten. Los niños soldado han tomado el relevo y, como sostiene el autor, saben lo que quieren y lo quieren ya. "El trabajo es de esclavos", repite el protagonista de la novela. Nicolás es un adolescente audaz y ambicioso que solo reconoce al cielo como límite. "No vales nada", le dice con los ojos al padre mientras escucha en silencio sus reproches. Solo respeta a medias a un profesor porque le hizo conocer a Maquiavelo. ¿Por qué te gusta?, pregunta el maestro. "Porque te enseña a mandar", le responde cínico y realista. Su objetivo es formar su propia banda, ser el jefe y llegar alto: "Yo quiero estar cerca de los reyes, ya estoy harto de estar cerca de los que no mandan una mierda".

Los personajes de Saviano desprecian a los mayores porque tardan un mes en ganar lo que ellos logran en menos de una semana. "Pensaban en las carteras gastadas de sus padres […] y sentían que habían entendido cómo es el mundo mucho mejor que ellos. Que eran más sabios, más adultos. Se sentían más hombres que sus propios padres". Con el dinero del tráfico o del robo corren a la tienda Foot Locker. Se podría decir que toman la tienda por asalto tras las marcas Nike y Adidas. Compran las camisetas de a montones, no menos de diez o quince. Se cortan el pelo y se trabajan las cejas con el mismo estilo. Miran la serie Breaking Bad, se comunican por whatsapp y les encanta pasarse las horas jugando con el Play Station. Quieren publicar sus fechorías en Facebook. Y lo hacen.

En el Estado Mayor del delito todos llevan apodos. Marajá, Tucán, Dragón, Estabadiciendo, Dron, Bizcochito, Simioperro, nombres por los que se conocen entre ellos, que los padres ignoran y que tienen que ver con algún rasgo personal o les recuerdan historias que vivieron juntos y los unen. Les molesta lo que se escribe de ellos en la prensa, les da rabia que hablen de su barrio, de los monótonos edificios donde viven y de la falta de horizonte de los de su condición. Aunque no son ciegos y ven que en sus casas y calles todo es de mala calidad, ese es su mundo y lo defienden.

EL SISTEMA.

Cuando se refieren a la mafia hablan del "Sistema", una red que los encuadra y a la que pertenecen. El mundo se divide en dos: los que están dentro del Sistema y los de afuera. Dicho de otra manera: "Están los jodedores y los jodidos, nada más. […] El jodedor alcanza lo que desea, el jodido deja que se esfume, lo pierde, se lo quitan". En el camino hacia lo que desean se les cruzan obstáculos. Uno es la cárcel, como el padre de Dragón, atrapado en un "sarcófago". Ve a la familia solo una vez por mes, habla con el hijo por teléfono a través de un vidrio blindado, en clave. Otro obstáculo, este definitivo, es la muerte. La consideran un accidente del oficio.

Quieren ser como los jefes que tienen un "reservado" en el night club. Allí reciben, despachan asuntos, exhiben su éxito. Los jefes se besan en la boca en seña de lealtad: "Boca cerrada. Nadie habla. Sello". Don Vittorio Grimaldi vio al "Tigrito" matar a su hijo y calló. Presenció la escena desde la ventana de su casa y corrió desesperado pero no pudo rescatar al muchacho de las aspas de una rueda hidráulica. En el juicio no dio una sola información y negó siquiera haberse cruzado alguna vez con el asesino. Desbancado por el nuevo capo, don Vittorio perdió los negocios (cocaína, heroína, cemento, tiendas, residuos) y su reino quedó reducido a unas pocas cuadras, pero salvó el honor y la vida. Para Nicolás, el viejo es el number one: "tienen que mamártela porque vales, porque sabes defender el Sistema. Aunque te maten a tu hijo".

A veces, sin embargo, el beso no es más que una mueca hipócrita. Es el caso de don Feliciano Striano que besó a Copacabana y luego empezó a hablar. Su arrepentimiento tuvo el efecto de un terremoto: "denunció a los asesinos, a los socios, las extorsiones, los puntos de distribución. Denunció a su propia familia, y toda la familia en cadena habló". ¿Por qué? Porque prefería que Forcella se hundiera antes de que su dueño fuera otro.

KALÁSHNIKOV Y MUJERES.

El mundo que narra Saviano es violento, jerárquico y lleno de rituales que hay que cumplir para que a uno lo respeten, y para poder ascender. Siempre hay alguien a quien obedecer y otro más débil a quien explotar. En la base están los gitanos y los inmigrantes. Meón y Teletubbie lo han entendido bien, por eso su pandilla usa a unos gitanitos para hacerse unos pesos en la calle. "No, qué pagar…, les compro una croqueta, una pizza frita", responde orgulloso Meón cuando Nicolás le pregunta qué les da a cambio por la tarea que a él le reporta tanto dinero. Cuando por fin, Nicolás y los amigos consiguen las primeras amadas Kaláshnikov y Uzis, salen a probarlas contra inmigrantes. Y si en alguna huida se ven en apuros suben la moto a la vereda sin importarles atropellar a la gente de a pie.

A las mujeres se les exige belleza y fidelidad. Son un accesorio, compañía, y decoran el "reservado". Si alguno se atreve a poner un like en la foto de la novia de otro, como Renatito con la novia de Nicolás, lo pagará caro. Con la pena de "enmierdamiento". Cuando Dron comete una falta, sus pares discuten el castigo. Unos proponen cortarle la oreja, otros golpearlo con un bate hasta la muerte, como en la película Buenos muchachos. Pronto se impone la ocurrencia de Nicolás. Tiene que entregar a la hermana. "Hagamos bukkake", gritan. "Aquella palabra tan exótica produjo en la banda una única imagen: un círculo de hombres que eyaculaban sobre una mujer de rodillas". Y Dron la entrega, al igual que don Vittorio calló el asesinato de su hijo.

Finalmente llega el momento de la acción. Con las armas. "Aterrorizar era la manera más económica y rápida de apropiarse del territorio. […] Había que tirotearlos a todos. Hombres, mujeres y niños. Turistas, comerciantes y habitantes históricos del barrio". De noche se juntan para ver el informativo. Se enteran de que hubo un muerto y se disputan la autoría.

Violenta, visual, dialogada y llena de acción, la novela de Saviano es casi un guión. Lista para la adaptación televisiva que, con seguridad, seguirá la estela de Gomorra. La serie preferida de la Camorra.

LA BANDA DE LOS NIÑOS, de Roberto Saviano. Anagrama, 2017. Barcelona, 377 págs. Distribuye Gussi.

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