Novela del autor uruguayo

Carlos Liscano apuesta a coser heridas con la memoria

En su nuevo libro, Los orígenes, Liscano recupera a sus padres, al barrio, y la historia íntima que lo define.

Carlos Liscano
Carlos Liscano

El título Los orígenes del último libro de Carlos Liscano junto al dibujo de la tapa, realizado sobre una foto del padre y la madre con el hijo en brazos, anuncian la presencia de la infancia del escritor que ya tiene un nombre reconocido dentro y fuera de Uruguay. Los padres de la niñez y la juventud son el centro que irradia y genera un movimiento de ida y vuelta con algunos episodios de la vida del adulto y el presente. Tal vez el plural elegido para poner nombre a la obra pueda leerse como la advertencia de que se vuelve al origen una y otra vez, y el origen, una y otra vez, no es el mismo. No hay, por lo tanto un solo regreso, en este caso al pasado, sino que este es otro más de los que ha narrado Liscano y, como todos ellos, está fragilizado por la lucidez ante los límites y las condiciones que impone todo relato. El escritor se pregunta por ese “otro” anterior al surgimiento del sujeto que decidió que la literatura fuera el centro de su vida. En ese mundo primero podrían estar las claves para entender el segundo nacimiento, el que lo ató a la letra escrita.

Contar a los padres ha sido un desafío asumido por varios escritores: parece inevitable, cuando se acomete esta tarea, oscilar entre el reconocimiento de que sus figuras no pueden separarse de la identidad del hijo que se construye mientras los narra y el intento de verlos desde afuera, como pudieron hacerlo otros, pertenecientes o ajenos al núcleo familiar. Predomina en Liscano el movimiento introspectivo aunque hay imágenes fugaces logradas gracias a la perspectiva de otros. Elige contar en fragmentos, sin cronología, aunque no en desorden. Un fuerte hilo, emocionado y lúcido, enlaza las personas y las situaciones. Por detrás de las historias se puede percibir un diálogo sordo, intenso con el padre “débil” y la madre “fuerte”, con los que necesita explicarse. Es con la memoria de cada uno que la palabra realiza el trabajo de coser heridas.

Liscano no vuelve a contar su vida. Muchos episodios de ella se aluden apenas porque el narrador no quiere distraerse de ese foco que la tapa anuncia. Vale la pena recordar que se hizo escritor en la cárcel: en 1981, en una celda de castigo que los presos llamaban “La isla”, concibió su primera novela La mansión del tirano. En 1985, el año que fue liberado, decidió irse a vivir a Suecia con una valija cargada de manuscritos. Además de aprender sueco y trabajar, comenzó la tarea de reescribir lo hecho en la cárcel e iniciar una escritura nueva. No quiso que su obra, que hace presente la violencia y la represión vividas de maneras diversas y complejas, fuera testimonio, sino literatura. A partir del retorno a Uruguay en 1996 empezó a concebir el origen del escritor en aquella celda de castigo.

Las genealogías.

El eje de la narración son los padres, juntos y por separado; en torno a ellos gira la familia integrada también por la hermana, algunos allegados, y, en círculos que se expanden, los vecinos y la vida en diferentes barrios hasta llegar a La Teja. El que recuerda recupera un Montevideo pobre, periférico, en el que la dureza de la vida no impedía la dignidad y una sobria ternura. No escribe con nostalgia ni endulza aquel tiempo anterior a la adultez. A partir de los padres se abren las tramas de los “linajes”. Liscano da forma a las dos genealogías que confluyen en su nombre y elabora un destino de derrota: el abuelo Segundo Liscano fue un hombre de campo que peleó con los blancos en 1897 y 1904. El nieto cuenta la vuelta derrotado al pago y la manera que tenía de hacer presente la guerra casi sin nombrarla (“Mucho degüello”). Por el lado materno, el abuelo Fleitas es una figura menos potente, pero decisiva también: su profesión de albañil, admirada por quien escribe, es el contrapeso de la destrucción representada, en la otra línea, por la guerra. Liscano traza con ellos y otros parientes una estirpe de derrotados por la violencia y la pobreza. La madre de Segundo, Benita, aporta con su probable origen indio a esta marca de los vencidos. Así planteada la historia familiar, se redimensiona el sentido de la lucha política de Liscano. Queda establecido el paralelismo entre su propia vuelta a casa donde ya no están los padres, a la salida de la cárcel, y el retorno de Segundo Liscano después de Masoller.

En la presentación del libro, realizada el 15 de noviembre, Alfredo Alzugarat señaló de qué manera la obra de Liscano ha girado en torno al núcleo integrado por la familia y el barrio. Mencionó la presencia del espacio de La Teja en La mansión del tirano, una narración concebida con una estética antirrealista. En clave de reconstrucción memoriosa, Los orígenes se inserta cómodamente en el conjunto de la obra de Liscano, que está atravesada por relatos fragmentarios de las figuras del padre y la madre. El libro tiene dos epígrafes tomados de dos obras del autor: La sinuosa senda (2002) y El furgón de los locos (2001), pero incita, además, a la relectura de los otros libros de Liscano porque establece un nuevo diálogo con ellos. Por ejemplo, la marca en la pierna por el grillete que sufrió el abuelo refiere al abuso policial, y hace posible leer el rastro de la herida en la pierna que quiere ocultar el preso en El furgón de los locos (2002) como una duplicación de aquel trazo. El narrador dice que sus padres eran “ingrávidos” en relación a la Historia (con mayúscula) como “los más”. “Hasta que en 1972, decididamente, con mi caída preso, la Historia se metió en sus vidas, se las cambió para siempre”. La palabra “perdón” no aparece en esta narración, porque, tal vez, no sea necesaria, pues logra trasmitir una noción de sosiego: el hijo puede contar, ahora, sin cuentas pendientes.

Si en la vasta obra anterior de Liscano podía leerse una persistente nostalgia del hogar, este libro podría significar el fin de esa añoranza. Si podía señalarse que el viaje hacia el árbol, una metáfora del anhelo de la vuelta a casa, está en su obra desde la primera escritura de La mansión del tirano, en este último libro nos enteramos que el árbol real y mítico ubicado en una calle de La Teja ya no está. Fue derribado porque era un peligro para los vecinos. De esta manera, humilde, de crónica menuda, podría cerrarse la metáfora, cargada de angustia e incertidumbre, abierta por la escritura en la cárcel.

LOS ORÍGENES, de Carlos Liscano. Fin de Siglo, 2019. Montevideo, 117 págs.

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