Campitos y coliseos

ALFREDO ALZUGARAT

MONTEVIDEO ES un campo de fútbol con casas. Toda la ciudad es una excusa para jugar al fútbol, para ver fútbol, para hablar de fútbol", afirmó Ángel Cappa, técnico argentino de paso por Uruguay. El aserto parece el más adecuado para introducir en pocas palabras esta obra panorámica de Luis Prats donde marchan al mismo compás el desarrollo urbano y la práctica del deporte mayor. El fútbol, un juego que trajeron a Uruguay marinos ingleses hace ciento treinta años, no solo generó una de las grandes pasiones de sus habitantes, sino que marcó a fuego la fisonomía y el trajín de una ciudad. "Ningún uruguayo del siglo XIX podía pensar que en la vida de un hombre había sitio para otro ejercicio corporal que no fuera el de la revolución", escribió Ángel Rama. Afortunadamente, el fútbol cambiaría esa historia. A su rápida aceptación, pronto multitudinaria, debió adecuarse progresivamente la capital uruguaya.

DE INGLESES Y SUBURBIOS. Desde su más remota aparición el fútbol invitó al crecimiento de la reducida urbe que era entonces Montevideo. Su primer escenario, el English Ground, campo de un club de residentes británicos, el Montevideo Cricket, estaba emplazado junto al Camino de la Unión, aproximadamente donde hoy se halla el Hospital Militar, entonces cruce de carretas y tranvías a caballo. El 6 de junio de 1881 fue el primer partido interclubes: el Montevideo Cricket venció al Montevideo Rowing 1 a 0. Diez años después el fútbol se trasladó aún más a las afueras: a Punta Carretas, cuna del Albion, y a Villa Peñarol, donde se funda el Central Uruguay Railway Cricket Club (CURCC). Ambos cuadros se enfrentaron por primera vez en 1892. El público llegó en un tren que partió dos horas antes de Estación Central.

Hacia el 900 Montevideo rebasaba el límite del camino Propios, absorbiendo el Prado y otras zonas aledañas. La expansión no era uniforme y a todos lados iban quedando baldíos y descampados que el fútbol colonizaría. Convenios con empresas de transporte permitieron crear escenarios en puntos lejanos: la del Tranvía del Paso Molino construyó las instalaciones del Albion a cambio del exclusivo traslado de público a los partidos. Lo mismo sucedió entre Wanderers y la Compañía de Tranvías del Reducto y hubo más casos. Entrada la década de los años 20 se registró "una verdadera explosión de clubes y cracks". En 1927 la Copa Uruguaya tuvo "el torneo más numeroso de la historia": participaron veinte instituciones, todas con sus respectivas canchas. Era la consecuencia de los éxitos internacionales, entre ellos las medallas de oro en las Olimpíadas de 1924 y 1928, la Copa Lipton y la Copa América.

LOS GRANDES ESTADIOS. El libro dedica especial atención a los principales escenarios del fútbol uruguayo: un capítulo es para el Parque Central, el field del Deutscher Fussball Klub de la colectividad alemana que el entonces Club Nacional de Football utilizara desde su debut en la Copa Uruguaya en 1901 y que usufructuara en exclusiva a partir de 1911. La institución que en 1899 fundara un grupo de estudiantes universitarios alentados por el rector Alfredo Vázquez Acevedo vio afianzado su prestigio con la nueva adquisición. Como era de esperar, la inauguración fue un clásico entre Nacional y el CURCC. El Parque Central atravesaría luego por sucesivas reformas edilicias, momentos célebres, eventos de otra naturaleza e incluso tragedias, hasta llegar a nuestros días.

Otro capítulo es destinado a detallar el trayecto que siguió el otro grande, Peñarol, desde Las Acacias hasta Estación Pocitos. Cuando en 1913 las autoridades del ferrocarril inhabilitaron la vieja cancha de Villa Peñarol, los aurinegros se asentaron en Las Acacias, un predio que la Compañía La Transatlántica ofreciera en 1912. Tras otro clásico inaugural Peñarol jugó allí entre 1916 y 1920 unos treinta encuentros oficiales. Desde el primer momento la lejanía conspiró contra el uso permanente. Esa fue la razón por la que se terminó aceptando la oferta de La Comercial, otra empresa de tranvías: el alquiler de tres hectáreas en los fondos de la Estación Pocitos. Se edificaría allí un estadio con ingreso por la calle Pereira y donde, al igual que en el Parque Central, se jugaron los primeros partidos del Mundial de 1930. Hoy solo algunas fotografías y dos esculturas en las inmediaciones de las calles Coronel Alegre y Charrúa recuerdan su existencia. Fue clausurado en 1933.

Sin olvidar el Campo Chivero o Parque Pereira (hoy Velódromo Municipal) la atención dominante se concentra en el Gran Stadium, el Centenario, anhelo y necesidad de los futboleros de la época que coincide con el primer Campeonato Mundial de Fútbol y entronca con una transformación edilicia de la ciudad que incluyó también al Palacio Legislativo y al Salvo, entre otros. Fue la culminación de un proceso iniciado en los viejos fields lindantes con courts de tenis que entonces desembocaba en un gigante arquitectónico.

El autor aborda en forma detallada todo lo relativo al escenario mayor del balompié uruguayo: los planos iniciales, los desafíos técnicos ocasionados por los desniveles del terreno, su construcción en 362 días, el número de obreros, los metros cúbicos de cemento utilizados, la inversión en dinero, la repercusión en la opinión pública, la capacidad de las tribunas y las sucesivas mejoras. Prats no olvida a su impulsor, Juan Scasso, de quien hay una sucinta biografía, y bajo el subtítulo "Memorias del Centenario" acumula titulares para dar cuenta de los más notorios acontecimientos deportivos y culturales vividos en una ya larga historia. No es posible concebir Montevideo sin la torre del Centenario, se afirma con razón.

Por otro lado, hay tensiones transversales que recorren el libro y afloran cada pocas páginas: la nacionalización del fútbol con la inclusión de deportistas criollos, las necesidades que demandó la creciente popularización, la exclusividad de los cuadros grandes en el uso del Centenario, la profesionalización desde 1932 y los avatares organizativos que dieron lugar a varios cismas institucionales. Se trata de aspectos laterales pero ineludibles en una evolución donde el fútbol capitalino acabó convirtiéndose en sinónimo de fútbol nacional.

TODAS LAS CANCHAS. Mencionar cada uno de los sitios donde este juego es ejercicio físico, distracción o sentimiento popular implica recorrer Montevideo de punta a punta, barrio a barrio. Es un mapa diseñado con precisión de lupa que reúne a decenas de cuadros, en su mayoría desaparecidos, ordenados en las distintas divisionales, sin olvidar los complejos de canchas del fútbol amateur, universitario e infantil. Figuran en la obra los campos que fueron, los actuales y los que pudieron ser, proyectos nunca concretados como el Coloso Nacional o los estadios soñados por Peñarol en el Parque Rodó y en Ciudad de la Costa. Los itinerarios de migración de los distintos clubes desde su punto de origen hasta el asentamiento en sus actuales reductos podrían convertir el plano de Montevideo en una densa telaraña. Para todo equipo "el sueño de la casa propia" se volvió al fin una exigencia impostergable y en la mayoría de los casos ocultó historias de desafíos, enconados esfuerzos y entrañables orgullos.

Es probable que para los eruditos el libro no agregue demasiadas novedades. No ha sido su propósito. Lo novedoso radica en su original abordaje, en el trazado de una historia cuya dinámica se apoya en la mutua influencia entre deporte, urbanismo y sociedad. En ese sentido Luis Prats, autor de La crónica celeste (2000) y periodista desde hace veintiocho años, aporta al gran público una investigación prolija, exhaustiva y amena.

MONTEVIDEO, LA CIUDAD DEL FÚTBOL. Historias de barrios, clubes, canchas y estadios, de Luis Prats. Edic. de la Banda Oriental, 2007, Montevideo. 175 págs. (con ilustraciones)

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