El japonés Takiji Kobayashi

Entre camaradas

Autor de la década del '20 que no caduca.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Takiji Kobayashi

EL CAMARADA, de Takiji Kobayashi. Ático de los Libros, 2011 (recién distribuido en Uruguay). Barcelona, 141 págs. Distribuye Océano.

LA LITERATURA japonesa conoció un raro temblor en 2008 cuando un debate en la prensa centró la atención sobre la obra más recordada de Takiji Kobayashi, la novela Kanikosen, relato de un motín a bordo de un buque cangrejero en los años 20. En un año la reedición vendió más de un millón y medio de ejemplares, fue trasladada al teatro, al cine, al manga, y se difundió en todo el mundo. Kobayashi (1903-1933) fue un joven escritor comunista que al cabo de sufrir varias detenciones se convirtió en secretario general del Gremio de Escritores Proletarios de Japón, y murió en la tortura de la policía secreta a los 29 años, dejando inconclusa su novela El Camarada, que acaba de llegar a las librerías de Montevideo.

Su libro está fechado el 25 de agosto de 1932, seis meses antes de su asesinato, y narra las vicisitudes de una célula comunista en una fábrica de material bélico durante la invasión japonesa a Manchuria (1931), las penurias de la clandestinidad y la desproporción del esfuerzo por promover una huelga en la fábrica con solo tres militantes comunistas. La trama sigue el destino de Yasuharu, alter ego del autor, que narra en primera persona con un estilo limpio e implacable las arbitrariedades laborales de un sistema de producción basado en la contratación de trabajadores fijos y temporales —siempre a merced de caer en la desocupación—, realidad que se prolonga en la actualidad y explica, en parte, la vigencia que para muchos jóvenes japoneses tiene esta vieja historia.

El Camarada es una novela concentrada en el trabajo político de la célula, con la rara cualidad de integrar los problemas de la vida cotidiana de los militantes, el humor, la difícil marginación de los afectos familiares en la clandestinidad y las relaciones amorosas apenas sugeridas. La prosa de Kobayashi es de una pulcritud asombrosa, corta la realidad como el filo de una navaja, sin demagogias ni otros predicados ideológicos que los estrictamente necesarios para llevar adelante la trama. Le interesa la precisión de la experiencia, y si la mirada es inocente y juvenil, avanza tan ceñida a los hechos y distanciada de las efusiones, épicas o líricas, que resulta más expresiva por lo que calla que por lo que explicita. Ofrece, sin embargo, un perfil muy uniforme en su desarrollo, y la ausencia de variaciones de tono y énfasis, a menudo resta tensión al progreso de una historia que, al quedar inconclusa, impide adivinar la totalidad de su plan novelístico.

La traducción al español de Jordi Juste y Shizuko Ono es muy buena, el lector rioplatense no sufrirá con españolismos, y apenas la empaña el error menor de confundir la Primera Guerra Mundial con la Segunda Guerra, en la alusión de unas pocas líneas.

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