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Poesía en prosa para lo innombrable.Columna de Eduardo Milán.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Eduardo Milán

LA POESÍA descompuesta —la vida descompuesta— atenta contra el planteo de un yo que itinera. Errado por el desierto de sí mismo, ni muy blanco, ni muy negro, ni saharaui, bajo sus pies que encarnan en quien dice y no, ninguna arena, hasta ahora mi yo no pensaba estas hilachas. Lo más parecido fue el poema que no está. La nostalgia el afecto por un Cavalcanti, más allá de su prestigio lírico, es un síndrome de pertenencia: tener un lugar en ese espacio, un espacio frágil pero firme. Un dolce stil a esta altura de la noche se asemeja a un double black: áspero, espeso, si cabe, canario de un amarillo más concentrado en su brillo, un yema de otra época. El afecto. El afecto por la pérdida, no el lamento. La pérdida engarzada en una sílaba para la proeza de una sola pata, sin fatalidad, tenue. Y la garza mira para acá. Hablar de garza quita un dorado en la voz. El equilibrio: hoy no hay. Lo perseguí temprano cuando empecé a mirar dentro del mar. Las cosas cambiaron. No se aprende lo mismo. El asombro, el vértigo, la inclinación total a la caída, me dijo mi maestro. La ética del cultivo pasó para el que viene de un verdadero cisma, una abertura ante los pies donde no se cae, se mira para que la mirada suba pasando el ver. Para los como yo la búsqueda es la cosa. No la cosa jarrón, la cosa cocida en la cocina a fuego fijo: la cosa que viene de la búsqueda, la cosa que no queda, la que hace un minuto estaba y ya no está: la cosa para otra. No hay trabajo. ¿No es un triunfo de la poesía? La consideración de la poesía como trabajo, como no trabajo, después de toda el agua que pasó bajo el puente, mucha agua, un agua de tormenta en el agua cuando comienza a llover. El amor del cielo por el agua, esa historia extraña, golpeteo de superficie sobre lomo y cresta, dedos del amante percutiendo entre la piel y los huesos de la amada sinuosa, erguida, ahuecada. No se lo llevó. Pero pasó. Niño. Las cosas están quietas. El niño en Occidente. El niño de las cosas quietas. La gente está en la gente, la gente está en sus cosas, la gente está en el mar van a la playa en diciembre, en enero a Cabo Polonio. Febrero, no me acuerdo de febrero. No hay atisbo de poeta en esa infancia. ¿Poeta? No hay poeta. Y sí, hay algo que se forja, un caballo. En el establo de Itacuatiá o en el establo de Ipamarutí las monturas no tienen alforjas. En el western hay alforjas. La infancia no es un western. Es una especie de western. La especie humana.

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