EL CRIMEN PORTEÑO

Buenos Aires negra: cuentos policiales sobre 15 barrios porteños

Una recopilación que no alcanza a ser antología, con nombres destacados como Claudia Piñeiro, Inés Garland y Alejandro Parisi.

Claudia Piñeiro
Claudia Piñeiro, uno de los nombres más conocidos en "Buenos Aires noir". 

De a poco la palabra “antología” ha ido perdiendo (si alguna vez la tuvo) su acepción etimológica de “selección de flores”, metáfora para muchos órdenes de “selección de lo mejor”.

Hoy una antología puede ser un simple conjunto de textos, reunidos con algún propósito y con suerte con algún criterio, corpus pero no precisamente canon. La literatura policial en formato cuento —o la de horror, o la erótica, o de cualquier subgénero— se presta de modo especial para esas prometedoras reuniones de autores y textos, a veces con un perfil de contemporaneidad y otras no.  "Buenos Aires noir" presenta una “antología de cuentos policiales” elegidos y prologados por Ernesto Mallo (incluye uno suyo), escritor y periodista argentino nacido en 1948. Mallo describe así a Buenos Aires: “Ciudad de contrastes y contradicciones, siempre al borde del caos, enamora por su desorden a pesar de su violencia, de un tránsito irrespetuoso, sin ley ni orden, donde reinan el insulto fácil y el ruido atronador de escapes, bocinas e improperios”, y hacia el final apela a la atractiva pero confusa cita de Borges -“el mayor autor del país”, señala- sobre Buenos Aires: “No nos une el amor sino el espanto;/ será por eso que la quiero tanto”. Que amor y crimen no están reñidos parece ser la ecuación de la mayoría de los relatos, en los que cada autor eligió un barrio (un escritor juntó dos, no dos cualquiera sino antagónicos, Villa 31 y Barrio Parque) y colocó en ese lugar un asunto vaga, aproximada y pocas veces netamente policial.

El resultado es desparejo, con un puñado de cuatro o cinco relatos que levantan el nivel. Mallo organiza el volumen en tres partes: Infidelidades, Amor y Crímenes imperfectos, una clasificación que por momentos parece caprichosa, por ejemplo cuando “La muerte y la canoa” de Claudia Piñeiro se incluye en la segunda parte.

Equitativo

Casualidad o proposición, el libro contiene siete cuentos escritos por mujeres y siete escritos por hombres; en cuanto a edades hay más hombres jóvenes que mujeres jóvenes. Los barrios transitados son Chacarita, Belgrano R, Núñez, Caballito, Once, Mataderos, Palermo, San Telmo, Almagro, Parque Chas, Villa 31, Barrio Parque, Recoleta, Monte Castro y Bajo Flores.

El de Piñeiro, especialista en el género policial, quizá es el nombre que más resuena luego de hacerse best seller con "Las viudas de los jueves" (Premio Clarín de novela, 2005), y su relato es el único donde la metaliteratura está presente. “La muerte y la canoa” es la historia de un escritor famoso y un robo literario, con final imprevisto. Importa más la descripción de ese mundillo artístico y la pureza o profesionalización del arte (con las arbitrariedades que implica esa distinción) que el propio asunto “criminal”. En el cuento de Mallo, “Amor eterno”, también la temática gira en torno a un artista, pero devaluada en un asunto de venganza más ingeniosa que creíble. La venganza amorosa es disparadora también en “El naranja es un color hermoso” de Verónica Abdala, que sigue los pasos del galés Roald Dahl en “Cordero asado” —esposa que se deshace de marido adúltero— salvo que en Abdala el crimen es más por omisión de asistencia que por acción. Asuntos del corazón son también los que llevan al crimen en el cuento de Inés Garland “La esposa muerta”, cuyos hilos sueltos se atan en un final bien noir.

En “Tres ambientes con patio” Elsa Osorio intenta ligar una historia de amor, una búsqueda detectivesca y un contexto dictatorial, pero el resultado flaquea en los tres niveles. Alargado e impreciso es también “Crochet” de Inés Fernández Moreno. Previsible pero digno literariamente en su planteo de oficialidad corrupta y sistema aborrecible es “El camaleón y los leones” de Alejandro Soifer, no tan maniqueo sin embargo como “El onceavo dorado” de Gabriela Cabezón Cámara, en el que un sicario del bajo planea volar Villa 31 bajo las órdenes de unos evidentes “ricos malos”, a cambio de un buen puñado de dólares y un futuro europeo. A último momento y después de un mal sexo con una prostituta VIP y un subidón de droga, el personaje recuerda a su noviecita de barrio siempre dispuesta y se hunde en un desesperado intento por rescatarla, y el cuento se hunde también en un ataque diabético.

Bajo premisas similares en cuanto a diferenciar mundos socioeconómicamente antagónicos y personajes permeados por ambos, “Los isleños” de Leandro Ávalos Blacha se defiende mejor y su personaje —empleada de seguridad que sin escrúpulos se va deslizando al mundo del crimen— convence.

En “Quema, quema” María Inés Krimer transmite con contados elementos el ardor de los sentimientos traicionados y el miedo al daño físico, dejando el relato en la antesala del crimen.

Despegados

Los cuatro relatos restantes y por diferentes motivos parecen despegarse, ajustándose no solo más al género sino al rigor narrativo, la precisión del lenguaje y el atractivo de las historias. “Una cara en la multitud” de Pablo de Santis contiene un crimen en segundo plano y una posible venganza en primero; la atmósfera psicológica que instala en su protagonista a partir de un acoso fotográfico y una investigación arriesgada tiene al lector en vilo. En “Has dicho mi nombre” Enzo Maqueira mete a su protagonista drogadicta en una Iglesia para escapar de narcos con los que no ha cumplido y el desenlace no por previsible deja de ser impactante.

Lo de Ariel Magnus en “De oficio” es un punto alto del libro (y además lo cierra), quizá porque encaja en y a la vez excede a las convenciones del género. Lichi es un policía que vive con su padre anciano y enfermo. Una detonación en la noche tranquila de su edificio lo lleva a investigar; tras los delitos aparentes o simulados y una serie de malentendidos, el descubrimiento más importante que hace el lector tiene que ver con el propio Lichi, lo que el “oficio” le permite hacer, revelación de una idiosincracia indolente y perversa que también es colectiva.

En “La furia del Gusano” de Alejandro Parisi, el sabor y el horror de la venganza están servidos. Comienza en un parque de diversiones donde un personaje con pocas luces parece demasiado embelesado con los niños de la calesita. El resto del cuento es el submundo del crimen, sus oscuros o luminosos códigos, la impasibilidad ante el dolor ajeno y la resolución de los conflictos con el lenguaje del castigo sumarial, sin palabras. Con apenas tres personajes protagónicos —una víctima/victimario, un verdugo justiciero, un delator/víctima— , Parisi nos lleva al fondo de dilemas morales y definiciones sobre el bien y el mal que solo revelan su complejidad cuando se vuelven tangibles e inmanejables. El asunto pude ser tópico, pero el tratamiento es audaz. Esa línea es en definitiva la que divide el volumen entre los cuentos que valen la pena, y los que apenas cumplen el mandato de recrear la criminalidad bonaerense en alguna de sus infinitas versiones.

BUENOS AIRES NOIR. Antología de cuentos policiales, compilado por Ernesto Mallo. Alfaguara, 2019. Buenos Aires, 283 págs.

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