Una biografía parcial

Bret Easton Ellis contra el "me gusta"

El norteamericano más irreverente de las letras actuales, Bret Easton Ellis, dispara contra el establishment.

Bret Easton Ellis
Bret Easton Ellis

Sobre la tapa blanca destacan en negro el título: Blanco, y el autor: Bret Easton Ellis. Más arriba del título y en un brillo casi invisible se lee: escritor, crítico, tuitero, hater, lover, deslenguado, transgresor, hombre. Y entre el título y el nombre se lee “privilegiado”. Aquí y así arranca este libro compuesto por ocho ensayos del que fue padre insensato y niño terrible de la llamada Generación X en la Norteamérica de los años ochenta y noventa del siglo XX. Con su tercera novela, American Psycho (1991), Ellis escribió las páginas más duras, audaces y cínicas de la época: el ascenso de un modo de vida superficial basado en el dinero fácil, el sexo vacío y la misantropía absoluta. Su protagonista, el yuppie melómano y delirante Patrick Bateman, no ha muerto. Algo de él sigue incordiando, molestando, desde la voz de su creador. El infierno dantesco de Wall Street con el que comenzaba aquella novela (“Abandonad toda esperanza al entrar aquí”) no se evaporó, y tampoco la figura de Donald Trump, que en American Psycho era un magnate admirado por Bateman, y en Blanco es (aún) un presidente que Ellis no crucifica. En ese mismo año, 1991, el canadiense Douglas Coupland publicaba la novela Generación X, dando nombre a un grupo de jóvenes que coincidían en edades y a veces en sus cosmovisiones desalentadoras y provocativas. Había algo de atmósfera compartida entre Ellis, Coupland, David Foster Wallace, Elizabeth Wurtzel, Jonathan Lethem o Jonathan Franzen, solo por mencionar anglosajones.

Biografía parcial

Blanco (2019) es un híbrido entre ensayo/crónica de corte crítico a propósito de estos tiempos y recuento personal donde encajan situaciones afectivas y profesionales. Ellis abunda en menciones a: su novio millennial, el cantante Todd Michael Schultz, aludido pero no nombrado; su infancia acomodada y libre mirando películas de terror; su juventud fiestera y siempre “colocada”; sus desplantes hacia el establishment; la fama y la relación ambigua que mantiene con ella. No se corta para señalar los dobleces de ningún estrellato, desde el de Tom Cruise, el de David Foster Wallace, o el de Meryl Streep a quien le critica su discurso anti-Trump en los Globos de Oro de 2017 “en la misma semana que había puesto a la venta su casa de Greenwich Village por treinta millones de dólares”.

Nacido en 1964 en Los Ángeles, Ellis vivió el éxito desde su debut con Menos que cero, publicada a los veintiún años, aunque luego no fue particularmente prolífico (seis novelas, un libro de relatos y este último). En sus obras no retrató tanto el mundo del que provenía sino aquel al que aspiraba y al que llegó, donde los premios eran el dinero y la popularidad. Creció en una familia de clase media, sin sobrepaternidad, sin “padres helicópteros” y en una época donde “el mundo todavía no giraba en torno a los niños”. “No nos decían que éramos especiales a la menor ocasión” dice, y considera que hoy se mima a los niños hasta convertirlos en inútiles, receptores de un discurso victimista y sentimental, que perdona berrinches pero luego no tolera oposiciones. Desde luego, Ellis no está hablando de la infancia considerada en sí misma sino más bien de la infantilización de toda una sociedad. Los descuentos que se le pudieran hacer en virtud de sus circunstancias —edad, misantropía, estar de vuelta de todo— no le restan impacto, además de que lo reconoce. En una entrevista declara: “Soy como el hombre mayor en el porche, que sacude la cabeza mientras ve a los jóvenes. Y siempre he sido ese hombre mayor, ya lo era en Menos que cero”.

Los dardos o miradas venenosas que ese hombre mayor tira sin que le importe un bledo lo que se piense de él tienen blancos concretos (y en ese sentido el título también se resignifica): los millennials, los bienpensantes, los inclusivos, los progresistas, la izquierda, las redes sociales (que utiliza), etc.

Nuevo orden mundial

Ellis habla del Postimperio y del “tufo orwelliano del momento actual”, en el sentido de señalar un totalitarismo que castiga la libertad de expresión o más específicamente la expresión que no se adecua al statu quo. Cuestiona las redes sociales (Twitter, Facebook, Instagram, entre otras) como instrumentos que han convertido a los individuos en “actores” preocupados por gustar. En esa búsqueda constante de la aceptación cuya contracara inmediata es el ninguneo o bloqueo a todo lo que incomoda o no gusta, se hipoteca conocimiento y libertad. Hay una “gestión de la reputación” cuyo único objetivo, señala Ellis, es ganar dinero, pero está presentada como una guía para el rebaño: “En la nueva era digital del Postimperio estamos acostumbrados a puntuar programas de televisión, restaurantes, videojuegos, libros, incluso médicos, y mayoritariamente hacemos valoraciones positivas porque nadie quiere parecer un hater”. A Ellis no le preocupa odiar ni ser odiado, eso está claro. Incluso si pide prestada la impagable y risueña cita a James Joyce: “He llegado a la conclusión de que no puedo escribir sin ofender a algunas personas”.

Y hay una “fantasía inclusiva” que ha perdido de vista el sentido mismo del arte: “Ya fuera la brutalidad de Sade, el antisemitismo de Céline, la misoginia de Mailer o el gusto por las menores de Polanski, siempre fui capaz de separar la obra de arte de su creador y examinarla y apreciarla (o no) con criterios estéticos”. La nueva política o nuevo orden mundial pretende en cambio que los artistas no molesten, no hagan bromas hirientes: “El hecho de no poder escuchar un chiste ni ver determinadas imágenes (un cuadro o incluso un tuit) y de calificarlo todo de sexista o racista (lo sea o no) y por tanto considerarlo dañino e intolerable —por lo que nadie más debería escucharlo, verlo o tolerarlo— constituye una manía nueva, una psicosis que la cultura ha ido cultivando. Este delirio anima a la gente a pensar que la vida debería ser una plácida utopía diseñada y construida para sus frágiles y exigentes sensibilidades, y en esencia les alienta a perpetuarse como eternos niños, viviendo en un cuento de hadas cargado de buenas intenciones”.

La diatriba de Ellis es apocalíptica. Proviene de alguien que jugó con y contra las reglas exprimiendo el jugo de la sociedad que critica. Como francotirador interno y bien posicionado, Ellis puede darse el lujo de no callar, igual que Houellebecq o Beigbeder, sus pares franceses. En un punto recuerda el famoso relato “Ruido” de Connie Willis, en el que una profesora podía dar Shakespeare en un día porque la obra del mayor escritor inglés había sido podada hasta el hueso por la sensibilidad de lo “políticamente correcto”. Cabe esperar que esos presagios no se cumplan, pero no es seguro.

BLANCO, de Bret Easton Ellis. Literatura Random House, 2020. Barcelona, 251 págs.

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