Poéticas de Milán

Bifo se pregunta si la poesía salva al mundo

Cuando el propio Bifo no cree en la salvación.

Eduardo Milán
Eduardo Milán

Bifo se preguntaba: “¿Puede la poesía salvar al mundo?” Y al final de la entrevista decía que él no creía en la salvación. Bifo es un pensador complejo con apariencia de fácil: la poesía siempre se sale de código, esa es la clave. Uno de los problemas cuando uno se enfrenta a esa pregunta sobre la posible poesía salvadora es que para que se formule así hay que estar en un límite antes del seguro precipicio. Es el salto a la metáfora como al fénix que te capta al borde del acantilado cuando estira una pluma del ala derecha para tu mano. Uno es el caminante alemán. Uno es el caminante alemán de manos levantadas que salta sobre el aire por una pluma de fénix que te libra del precipicio. El paseo del Fénix, como se me ocurre que de veras se llama, no es más que el vuelo con el ave renacida de sus cenizas, es decir, todo queda entre nosotros. El problema del salvacionismo mesiánico, que parece un signo de afirmación total de la vida al borde del precipicio citado arriba, es que en esencia tiene una carga radical de negatividad: la negación de la realidad. El salvacionismo es una venda que impide ver lo que de veras sucede. Como un Estado chino que por su capacidad de control finge que un virus fulminante, por ejemplo, sólo para dar un ejemplo, se le “escapa” (¡ah, sed de fuga hacia la libertad de todos, imparable! ¡ah Clave Bien Temperado del capital a nombre del Partido Comunista!) y decide una política férrea sobre su población millonaria. El zanate paró en la fuente a medio metro de mí. Yo seguí comiendo como con hambre, sin pájaro a la vista. El zanate bebió, dio vuelta la cabeza a la derecha para mirarme con su completo ojo izquierdo. Yo apenas levantaba la vista para que no se inquietara. Metió el pico en el agua varias veces, me miró con su costado de costumbre, al mejor estilo egipcio tipo Picasso en boca del Aduanero Rousseau. Después, sin siquiera decir agua va, levantó vuelo. Fui ahí que me hice, y no leyendo a Kropotkin ni a Mike Davis (dos grandes, qué duda cabe), ecosocialista. Y fue ahí que levanté mi odio contra la energía fósil, el Tren Maya que avanza derribando territorio indígena y todas las maniobras extractivistas. Cuando ya ni un zanate descienda a la fuente a un medio metro mío, voltee la cabeza a la derecha para mirarme con su completo ojo izquierdo, esperaré el descenso del fénix.

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