Miniserie histórica y didáctica

La Bauhaus y sus mujeres soslayadas

Fue quizá la más grande usina de arte y diseño vanguardista del siglo XX, cuestionada en su época por tener muchas mujeres y judíos entre sus alumnos. Una miniserie que renueva la historia.

Bauhaus
Dôrte Helm (Anna María Mûhe) enfrenta a sus colegas masculinos de la Bauhaus

Suele decirse que los académicos son aburridos. Sin embargo a la hora de manifestar pasiones, buscar protagonismo y expresar odio, dan la nota. Más cuando esa academia es parte de una vanguardia artística. De eso trata la nueva miniserie Bauhaus, una producción del 2019 escrita y dirigida por Lars Kraume, centrada en los primeros años de la revolucionaria escuela de diseño alemana, transcurridos en la ciudad de Weimar entre 19 19 y 1925. La miniserie toma como eje una entrevista que Stine Branderup (interpretada por Trine Dyrholm) le hace al fundador de la Bauhaus, Walter Gropius (August Diehl) en el año 1963 para la revista Vanity Fair. A medida que ambos abordan los diversos temas se recurre al flashback para hilvanar los episodios históricos ocurridos en la década del 20. Así, en seis capítulos, Bauhaus muestra de forma dramática los egos, las pasiones y las luchas por el poder dentro de una de las usinas creativas más importantes que ha tenido el arte en el siglo XX, si no la más importante. El relato no deja títere con cabeza, y aborda con insistencia el problema del machismo, evidente en el ninguneo personal y artístico de la casi totalidad de las mujeres alumnas y de la única que llegó a ser docente, a pesar de que como vanguardistas debían declarar lo contrario. La miniserie, entonces, no pertenece tanto a Walter Gropius, Johannes Itten, Paul Klee, Wassily Kandinsky o Laszlo Moholy-Nagy, todos hombres y docentes magníficamente interpretados, como a las protagonistas femeninas Dörte Helm (Anna Maria Mühe) o Gunta Stölzl (Valerie Pachner), ambas alumnas en esta etapa, también interpretadas de forma espléndida.

Drama didáctico

No se queda en el discurso de género. Bauhaus desnuda todos los caracteres, humaniza a los protagonistas, mujeres y hombres, en sus ambiciones y contradicciones. Todos son paradójicos e insoportables en su vanidad, llevando adelante una militancia artística que tenía mucho de acto de fe. La tarea no era menor: querían reinventar las artes, despojarlas de lo “burgués”, lo establecido. Comenzaron con frases de impacto tales como “¡empezar de cero!”, para seguir con “menos es más” o “la forma sigue a la función”.

El espectador no iniciado, que no tiene mucha idea sobre la Bauhaus, se enganchará con la peligrosa trama de amores, odios y traiciones, y de paso comprenderá elementos clave de los logros artísticos de la escuela. El director Kraume introduce de forma básica a los escultores, artesanos y pintores, cómo encaraban la docencia, el por qué de los ambientes tensos y fermentales dentro del aula, el trabajo con el color o los diferentes materiales. O por qué fue tan complicado pensar y realizar la arquitectura de la Bauhaus (Gropius era arquitecto), camino que no estuvo exento de obstáculos. Al entender esto, el espectador podrá identificar hoy en Uruguay esas trazas de la Bauhaus en los objetos que lo rodean. En ese sentido, el relato de Kraume —muy didáctico— se apega al “menos es más”, porque ilustra universos enteros con frases, gestos o flashes breves, oportunos, a veces irónicos. Eso es mérito de un gran guionista y director que sabe manejar los ritmos, pero también de los buenos actores que lo acompañan.

La recreación histórica de lo que ocurría fuera de la escuela es, a su vez, imperdible. Por ejemplo, la resistencia que ejercieron los sectores conservadores de Weimar hacia los liderados por Gropius. Buscaron controlarlos presionando al gobierno socialdemócrata. Algunas reacciones eran entendibles —lo de la Bauhaus era tan nuevo e intransigente que asustó a muchos— pero otras eran muy poco nobles, como las acusaciones de exceso de mujeres y judíos en las aulas. La participación de los estudiantes en la resistencia al Putsch de 1923, el golpe de Estado fallido de los nacionalsocialistas en Alemania, es uno de los puntos altos de la miniserie, no sólo en la recreación de los enfrentamientos callejeros a pura pedrada y balazo, o imprimiendo volantes en la escuela de forma clandestina, sino también en las consecuencias que ello tuvo para la imagen de la escuela, que quedó debilitada frente a los conservadores. Los esfuerzos de Gropius por mantener a sus huestes al margen de la política es uno de los puntos altos de la miniserie, a pesar de las provocaciones de quienes aún no usaban esvásticas pero se expresaban y actuaban de forma inequívoca. Si Hitler no aparece es porque aún no era muy conocido fuera de Múnich.

El otro planteo que destaca es el enfrentamiento entre la vieja y la nueva escuela. La Bauhaus en Weimar impuso un cambio radical de planes de estudio, uno que dejó a la intemperie a los estudiantes anteriores sin posibilidad de seguir cursando, o a los viejos docentes, quienes por supuesto resistían ese clima loco, radicalizado, tendiente a la abstracción, a los materiales puros y a sus estructuras evidentes. O de mujeres que creaban, opinaban y confrontaban, y de judíos que inventaban objetos diferentes a todo lo conocido, como es el caso de Marcel Breuer y sus sillas. Este enfrentamiento furioso con la vieja guardia académica no es menor, y remite a una Alemania que se caracterizó por preservar prestigios académicos aún a costa de la buena ciencia, la que duda, cuestiona y renueva. Por eso luego Hitler no consiguió la bomba atómica en la Segunda Guerra, como evidenciaron las grabaciones de Farm Hall que llevó a cabo la inteligencia aliada en la posguerra. El prestigio de ciertos físicos y sus cálculos errados se impuso a colegas no tan “relevantes” que sí sabían cuál era la masa crítica necesaria para lograr una explosión nuclear.

Weimar y después

La miniserie Bauhaus consolida a Gropius como el gran fundador y también lo presenta como un gran mentiroso en ocasiones, un arribista con autoestima a prueba de balas, uno que escapó del nazismo en 1933 y se instaló en 1937 en Estados Unidos para convertirse en una de las estrellas de la arquitectura norteamericana contemporánea. Allí, en el país más capitalista y adinerado del mundo, donde el coche familiar de la clase media era el Buick Electra de 425 caballos y siete metros de largo, sedujo con una arquitectura fría, impersonal, austera en su expresión, abstracta, y originalmente antiburguesa, pensada para mejorar la calidad de vida de los obreros aunque luego sería ocupada por las oficinas de las grandes corporaciones. Siguió siendo un extranjero y debió convivir con el prestigio de un grande ya mayor, Frank Lloyd Wright, quien lo despreció (lo llamaba “Herr Gropius”). Fue ridiculizado en un breve libro de Tom Wolfe, ¿Quién teme al Bauhaus feroz? El arquitecto como mandarín, que circula en Uruguay con buena traducción de Antonio Prometeo-Moya (Anagrama).

Gropius, luego de separarse de la compositora Alma Mahler, viuda del famoso compositor Gustav Mahler, intentó un amorío con su alumna Dörte Helm, la otra gran protagonista de la miniserie, con todos los problemas éticos que ello acarreaba. Un amorío nunca reconocido (la hija de Helm lo desmiente), pero que el director Lars Kraume imagina y dramatiza, no de forma aséptica, porque si Gropius era un narcisista irredento, Helm no le iba en la zaga a la hora de reivindicar sus logros. Aunque la historia —escrita por hombres, sus maestros y compañeros— no le hizo justicia.

BAUHAUS, de Lars Kraume. Alemania, 2019. Disponible en HBO Go.

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