Poéticas, de Eduardo Milán

Australia, el infierno previsible

El día que ardieron las buenas conciencias.

Australia
Australia

O Australia, tierra de desiertos y mucho lugar. En el 70 nos íbamos a Australia a trabajar que “hay trabajo en Australia”. Nosotros, los seres humanos que éramos que cuando no éramos exiliados éramos emigrantes laborales, unos puros sin trabajo local. Los que éramos. Los que queríamos vivir no estábamos de acuerdo con el sometimiento, la imposición, la falta. El mutismo provocado anticipa una mutación. Ahora a Australia le tocó el fuego. Desde diciembre se viene incendiando de forma incontrolable. Y nosotros estamos en tránsito a la desaparición. El gobierno australiano, ante la catástrofe, defiende la industria del carbón. El calor del fuego incontrolable como una previsión científica sobre el cambio climático. “Los animales sobrevivientes abandonan a sus crías” (Richard Flanagan). El triunfo del ocularcentrismo sobre el humanismo. La temperatura aumenta. No la temperatura estética, cuanto más alta mejor según Jakobson, la garantía de un buen poema —Mandelstam, Maiacovski, Klébnikov. Qué diría Pessoa, el Pessoa que elijas entre los Pessoas, de dos canguros abrazados de terror ante las llamas. Los humanos convivimos con especies visibles, animales, vegetales. Pero el evangelismo extractivista que domina el palco político latinoamericano levanta una tercera especie, la especie suprasensible, sobrenatural. Eso les da derecho a hacer polvo a toda física, a toda naturaleza. Yo nunca vi dos dioses abrazados por terror ante las llamas. Ningún dios visible carbonizado como una ardilla carbonizada por el calor sobre el desierto que crece. La pregunta no es: “Federico, ¿realmente crece el desierto?”. El crecimiento del desierto no es ya la metáfora de la desolación. El desierto crece realmente, avanza como Charlize Theron en la publicidad de J’Adore, entre velos pero soltando vestiduras, abriendo trocha. Ella lleva las llamas. Aquí Eros está de parte del deseo tirando todo a su paso. Charlize no es australiana, nació en Sudáfrica, donde fue a cantar Paul Simon con los Ladysmith Black Mambazo ante la mirada del mundo que lo miraba mal, acusado de complicidad con el infierno del apartheid. Graceland es una gran cosa. Ardieron las buenas conciencias. La pregunta es “¿la especie humana quiere vivir?”. Del querer vivir de esa especie depende la vida de las otras especies. Que sobre lo visto triunfe lo imprevisto es la única garantía de un buen poema. Pero este infierno para las especies vivas era previsible, estaba avisado para la especie humana y “su saber”, ese saber que caracteriza a la especie humana, la gran especie del querer: el querer no saber lo que sabe. Un poema no sabe pero no quiere olvidar.

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