Memorias de Roman Polanski

El atractivo de los espejos deformantes

Los recuerdos de un creador inclasificable 

Roman Polanski

“He sido objeto de tantas inexactitudes, malentendidos y claras distorsiones, que las personas que no me conocen tienen de mi personalidad una idea enteramente falsa” dice Roman Polanski en la página 527 de sus Memorias, redondeando una idea de sí mismo exculpatoria e indulgente. El libro, publicado por primera vez en 1985, contiene en esta edición de Malpaso un epílogo escrito por Polanski en 2015, en el que da cuenta del vuelco de su vida hacia una tierra de felicidad desde que se casa en 1989 con la actriz francesa Emmanuelle Seigner, treinta y tres años menor y ocho centímetros más alta, con la que tiene dos hijos. Pero anterior a este happy end transcurrió una vida azarosa, llena de altibajos, algunos debidos a la fatalidad y otros a la personalidad si no oscura por lo menos compleja del propio Polanski, un personaje que no deja a nadie indiferente, capaz de concitar tanto la admiración como el desprecio.

Nacido en París el 18 de agosto de 1933, el futuro actor, guionista y director provenía de una familia judío polaca que regresó a Cracovia (Polonia) en 1936, una decisión que se revelaría desafortunada cuando la Segunda Guerra Mundial —causas, consecuencias y transcurso— torció el rumbo de las cosas. En su autobiografía Polanski narra el pasaje de una vida “normal” y de clase media cómoda a una zona de catástrofe, primero con la invasión alemana y luego con la tutela soviética. En un período largo durante el cual su madre muere en Auschwitz y su padre desaparece (luego retorna, con otra mujer) el niño Roman o Romek, como le dicen, sobrevive en el gueto judío y en los refugios antiaéreos, gracias a la ayuda de varias familias. El hambre, el frío y el miedo a ser detenido no configuran una buena infancia; en la adolescencia crece su desprecio al régimen comunista que nacionaliza propiedades, exprime fiscalmente y censura todo tipo de expresión discordante. En paralelo se da el comienzo de algunas amistades, la iniciación sexual con una chica de catorce años, la voluntad de escapar como sea al servicio militar obligatorio y el descubrimiento de dos pasiones fuertes: el cine y el deporte. En la Escuela de Cinematografía de Lodz conoce a Andrzej Wajda, comienza a filmar algunos cortos (en total serán ocho) y va conociendo el cine que se hace afuera: Ciudadano Kane (1941) de Orson Welles, Rashomon (1950) de Akira Kurosawa y Los olvidados (1950) de Luis Buñuel son algunos de los títulos que le dan vuelta la cabeza. La atracción de Occidente comienza como un rechazo a su contexto: “Los que jamás hayan vivido bajo un régimen comunista no pueden hacerse una idea cabal de lo que era la situación de la industria cinematográfica polaca cuando Wajda, que entonces contaba veintisiete años, se lanzó a filmar su primer largometraje, poco después de la muerte de Stalin”.

EL MARAVILLOSO OCCIDENTE.

Luego de filmar algunos cortos en Polonia, Polanski viaja a París, y si bien nunca hace su tesis de fin de curso en Lodz, su cortometraje Dos hombres y un armario gana un premio en Bruselas. Es el tímido comienzo de cierto coqueteo con la fama, que vendrá mucho después y a veces por las razones equivocadas. En 1959 se casa con la actriz Barbara Kwiatkowska y poco después se compra un Mercedes descapotable. La combinación no es casual: las mujeres bonitas y los autos caros (Mini Cooper, Ferrari) serán una constante en su vida, tanto como los ascensos y descensos económicos. Igual que otro grande del cine —Francis Ford Coppola, con quien no hizo buenas migas—, Polanski conoció las alturas y los pozos financieros y hay que decir en su favor que arriesgó mucho por su arte, pero también que arrastró a mucha gente en sus caídas. El matrimonio con Barbara duró poco porque ella se enamoró de Gillo Pontecorvo y lo abandonó, para enseguida dejar a Pontecorvo por el actor austríaco Karl-Heinz Boehm, inmortalizado en la pantalla como el emperador que encantaba a Rommy Schneider en la trilogía sobre Sissí de Baviera. No parece que Polanski sufriera demasiado; en su ideal del amor no estaba impresa la fidelidad ni la monogamia.

Luego de París conoce Nueva York, donde presenta su primer largometraje, El cuchillo en el agua (una producción polaca de 1962), que participa en la candidatura al Oscar en 1963 como película extranjera. El premio se lo lleva 8 ½ de Fellini, realizador que admira. No puede decir lo mismo del fenómeno en curso de la Nouvelle vague, para el que reserva comentarios letales: “Eran los días gloriosos de la Nouvelle vague, un tiempo en el que jóvenes e inexpertos aficionados rodaban películas muy baratas y generalmente muy malas. Muchos de ellos fracasaban, pero los que triunfaban hacían añicos la idea de lo que es un éxito. La industria cinematográfica francesa estaba trastornada porque ya no existía ninguna fórmula segura para alcanzarlo. Los productores hacían arriesgadas apuestas, temiendo perderse algo importante en caso de rechazar a algún director completamente desconocido o algún endeble guion ininteligible. El papanatismo intelectual desempeñaba un destacado papel. Para que no les tildaran de incultos, los críticos elogiaban unas películas intelectualoides muy mal hechas y que no solo eran muy lentas, sino pretenciosas y aburridas”. Esa visión agria se completa en 1968 con su postura sobre los disturbios que dividieron al mundo del espectáculo e interrumpieron el Festival de Cannes (en el que era jurado). Las protestas contra el elitismo, capitalismo y divismo no lo tuvieron como defensor y fue lapidario con “más de un revolucionario amante de la comodidad: el director francés Claude Lelouch, que trasladó su yate a la seguridad de la Riviera italiana, y Sam Spiegel, convertido en el héroe de un moderno Éxodo, acogió a bordo de su lujoso yate Malanais a un nutrido grupo de refugiados de oro”.

Tuvo la entereza de ser crudo consigo mismo cuando terminó su segundo largo, filmado en Gran Bretaña (cuya industria cinematográfica, según él, arruinaron los sindicatos). Repulsión, que ganó el Oso de Plata en Berlín en 1965, le pareció un filme tosco del que solo rescata el profesionalismo de Catherine Deneuve.

A medida que Polanski recorre el mundo va tomando nota de la relatividad de las maravillas. En Memorias hay una definición antológica de Hollywood: “un niño mimado que pide a gritos un juguete y después lo tira al suelo”. Cuando realizó El baile de los vampiros (1967), en la que participó su pareja Sharon Tate, las recomendaciones de la Metro-Goldwyn-Mayer sobre cambios en el guion demostraban la “mojigatería” imperante. Algunos ejemplos: “Página 5: Por favor, evite subrayar demasiado el espacio entre los senos de la actriz. Página 17: Convendría evitar la excesiva truculencia en esta producción. Le rogamos, en concreto, que elimine la ‘boca manchada de sangre’. Página 30: No podemos aprobar la frase: ‘Te lo meteré por el…’. Página 59: No podemos aprobar la imprecación ‘¡Jesús!’. Además, le pedimos que, en esta página, evite utilizar la palabra ‘puta’ dos veces.” El formulismo eufemístico de las órdenes redobla lo hilarante del contenido. Después de ese filme Polanski rodó un verdadero hito en su carrera, El bebé de Rosemary (exhibido también con el título La semilla del diablo, 1968), un relato psicológico basado en una novela de Ira Levin, donde el impacto truculento y diabólico que el espectador percibía se apoyaba tanto en el guion como en la atmósfera, los movimientos de cámara y la actuación intuitiva y profesional de Mia Farrow, que se derrumbó por dentro pero siguió actuando cuando su marido Frank Sinatra le pidió el divorcio, de golpe y a través de un abogado. Después de esa película el mundo también iba a derrumbarse para Polanski.

CIELO DRIVE.

En febrero de 1969 él y su esposa Sharon Tate alquilaron una suntuosa propiedad en Beverly Hills. Situada en el número 10050 de Cielo Drive, la mansión había estado habitada hasta entonces por una pareja que se había separado: Candice Bergen y el empresario discográfico Terri Melcher —hijo de la actriz Doris Day— que tiempo atrás había rechazado algunas grabaciones de un músico aficionado y peligroso gurú llamado Charles Manson. Entre la noche del viernes 8 y la madrugada del sábado 9 de agosto de ese año ocurrió en esa casa uno de los crímenes más atroces y mediáticos de Hollywood: cuatro miembros del clan Manson o “La Familia”, como gustaban llamarse, entraron como si nada y mataron al amigo de Polanski Voytek Frykowski, a la novia de este, Abigail Folger, al joven Steven Parent, al estilista Jay Sebring, ex pareja de Tate, y a ésta, que tenía veintiséis años y ocho meses de embarazo. Polanski recibió la noticia en Londres, voló a Los Ángeles y durante los meses en que la policía fue atando cabos hasta descubrir a los culpables, hizo de detective hacia sus propios amigos. ¿La razón? Cualquiera era sospechoso, cualquiera podía ser culpable: la magia del Hollywood seguro —donde la sangre solo corría en las películas— se había roto. La prensa hizo un festín de todo aquello, sacando a luz trapos sucios de las víctimas, un poco por morbo y otro porque la falta de un sospechoso visible era intolerable y preocupante. “Parece un hecho incontrovertible que cualquier conducta que se aparte un poco de la norma resulta doblemente censurable si la persona en cuestión muere violentamente”, escribe Polanski con triste ironía y bastante certeza.

La matanza de Cielo Drive cambió incluso la recepción de sus obras. Lo que filmaba era visto bajo la luz de la catarsis o la insensibilidad. En Memorias Polanski afirmó que la muerte de Sharon era la única divisoria importante en su vida y que a partir de ahí “siempre que me divierto, me siento culpable”. Afirmó que dudaba que pudiera volver a vivir con otra mujer de forma permanente. También contó que al mes se estaba acostando con otras mujeres. Y luego de filmar algunas obras claves como una adaptación de Macbeth (1971), la noir Chinatown (1974) con su amigo Nicholson y la inquietante El inquilino (1976), llegó el episodio que lo expulsó de Estados Unidos para siempre. En 1977, en medio de una sesión fotográfica en casa de Nicholson (ausente) en Mulholland Drive, Polanski tiene relaciones con su modelo, una chica de trece años. Sin dar los nombres verdaderos de la chica ni de su familia, Polanski lo define a su peculiar manera: “momento de irreflexiva lujuria”. Los cargos fueron por violación. Pasó unos meses en la cárcel de Chino, esperando un informe psiquiátrico y un veredicto, en una reclusión preferencial, más monástica que carcelaria. Finalmente, a la espera del juicio y con permisos de salida para seguir filmando, decidió no volver y quedarse en Francia para no ser extraditado. En 1979 dedicó a la memoria de Sharon Tate su película más cara y de más extenso rodaje, Tess, adaptación de una novela de Thomas Hardy, protagonizada por una exquisita Nastassia Kinski, con quien Polanski había mantenido relaciones cuando ella tenía quince años. Tess tuvo once nominaciones al Oscar y ganó tres. Con los años, otras mujeres han denunciado haber sido abusadas por Polanski cuando eran menores, sin que esas denuncias prosperaran. Con los años también el director siguió filmando, cosechando éxitos como la Palma de Oro en Cannes por El pianista (2002) y el Oscar a mejor director por el mismo filme, aunque obviamente no pudo pasar por Estados Unidos a retirarlo. En 2009 se descuidó y fue al Festival de Cine de Zurich, siendo detenido, pero no extraditado. La cárcel Suiza era un modelo; además pasó parte de la detención en el chalet de invierno de Gstaad. Coincidió con la obtención del premio a mejor director en el Festival de Berlín por El escritor fantasma (2010); no pudo ir a buscarlo.

Memorias deja varias sensaciones. La fundamental, quizá, es que el arte se hace al costado de la vida, en otra dimensión acaso, y que la persona no nos tiene por qué caer bien, ni se debe medir la obra en función de la biografía. En rigor, Polanski ni siquiera trata de “caer bien” o no del todo; más bien vive y relata dentro de sus propias reglas, donde acostarse con menores no es problema, ser infiel no es problema, hacer bromas pesadas y huir de la justicia tampoco. Pero se cuida mucho de parecer jodido a propósito, prefiere pintarse como el “perverso enano libertino”, el paseante entre la realidad y la fantasía, el genio disidente, el corazón vulnerable, el viudo desolado, el amigo fiel, el desinteresado por el dinero, el deportivo conductor de autos de alta gama y el director que lo da todo por una buena toma. Quizá en esto último el espejo no miente.

MEMORIAS, de Roman Polanski. Malpaso, 2017. Tr. de María Antonia Menini. Barcelona, 546 págs. Distribuye Océano.

Memorias Roman Polanski

La fama de despilfarrador y demorón de Polanski se acentuó en el rodaje de “Macbeth” (pieza de por sí ligada a supersticiones), financiada en parte por Playboy Productions. Tras pasarse en el presupuesto, en una dura reunión con Hugh Hefner, Polanski aseguró que iba a renunciar al tercio restante de sus honorarios y que también podía darles un litro de su sangre. Aceptaron lo primero.

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