Repasando su Diario

El otro Alejo Carpentier

Vale la pena volver al Diario de Alejo Carpentier publicado hace poco en La Habana, ya que interpela por su actualidad y sus filosos comentarios.

Alejo Carpentier
Alejo Carpentier por Ombú

En 1928 un joven cubano llamado Alejo Carpentier estaba en París trabajando con Robert Desnos. Redactaban spots publicitarios, guiones y musicalizaciones para ese reciente invento llamado radiodifusión. Grababa programas en los que el guionista podía ser Paul Claudel o el director podía ser un tal Antonin Artaud. En ese París de entreguerras su círculo era el de los poetas surrealistas o músicos como Darius Milhaud y Heitor Villa-Lobos. También allí conoció a un coetáneo suyo, el venezolano Arturo Uslar Pietri y, por él, a Carlos Eduardo Frías, quien será responsable, años después, del traslado de Carpentier a Caracas.

Carpentier vivió en París hasta 1938 y, al regresar a Cuba, comenzó a trabajar en la radio cubana hasta 1943, cuando fue a Haití y quedó tan impresionado que de ese viaje nació después la novela El reino de este mundo. En 1945, los venezolanos Frías y Uslar invitaron a Carpentier por seis meses para que fuera a Caracas a trabajar en el área de radio de una recién fundada agencia publicitaria. Ese semestre se convirtió en 14 años (1945-1959), acaso los más productivos en la vida de Carpentier. Durante ese período escribió las novelas Los pasos perdidos y El siglo de las luces (además de El acoso). El Diario fue publicado hace unos años por la Fundación Carpentier, y se sitúa precisamente en el período caraqueño, de 1951 a 1957. Es buen momento para recordarlo.

Rousseau como espejo

La mentalidad franco-antillana o, mejor, cartesiana y barroca de Carpentier, hace verosímil que haya estudiado el género de los diarios —y sus peligros— antes de emprender este diario caraqueño. En una nota publicada en su columna del periódico El Nacional el 17 de septiembre de 1952 con el título de “El diario de cada cual” dice: “… ante la fortuna de experiencia humana que todos perdemos por ausencia de una fijación de lo vivido, proclamo la necesidad de los diarios. Cualquier diario llevado por cualquier hombre. No pido que su autor se llame Gide, Jünger o Green. Ni que su caso sea patético, como el de María Bashkirtseff. Ni que encierre reflexiones filosóficas, exprese angustias metafísicas, o sea una crónica de amistades insignes. Me refiero al diario escrito de cualquier manera, simple cuaderno de notas, donde un ser humano ha consignado sensaciones, impresiones, fechas, coincidencias, hechos que le llamaban la atención, palabras oídas en la calle, alegrías, paisajes vistos”.

Esa misma mentalidad hace que comience el diario mirándose en el espejo de otro diarista ilustre, el mismísimo Rousseau. A una anotación de Las confesiones (“es algo muy singular que mi imaginación sólo se eleva agradablemente cuando mi estado es menos agradable”), Carpentier comenta corroborándola: “recuerdo la alegría tremenda, inexplicable, sentida por mí en momentos en que todo parecía derrumbarse en torno mío: alegría —¡risa!— de aquellas noches de agosto de 1927 en que sólo quedamos unos pocos presos, en la cárcel de La Habana, amenazados de muerte o de reclusión sin término previsible. Alegría de ciertos días sin comer, en París; sin un céntimo en los bolsillos y sin posibilidad de salir de aquella miseria. Alegría increíble —que sorprendió a todo el mundo— de aquella noche en que llegué a los conciertos Gaillard (sería hacia 1930) sin haber comido hacía dos días, como embriagado de buen humor”.

Y sigue mirándose en el espejo de Rousseau. Éste dice: “mi mala cabeza no puede someterse a las cosas. No es capaz de embellecer, quiere crear. Los objetos reales se dibujan en ella, cuando más, tal y como son; sólo sabe adornar los objetos imaginarios (…). Si quiero describir un hermoso paisaje, es preciso que me encuentre entre cuatro paredes. Sólo puedo pintar la primavera si estamos en invierno”. Entonces, inmerso en ese momento en Los pasos perdidos, Carpentier comenta: “mi imposibilidad de pintar algo cuando estoy frente a ese algo. Mis intentos de descripción de las riberas del Orinoco, hechos desde la borda del Caribe no pasaban de ser pobrísimos apuntes. Salvo en el momento maravilloso del atardecer frente a la Sierra de la Encaramada, necesité regresar, madurar las impresiones visuales, determinar la importancia exacta de los elementos, para empezar a ver la grandeza y profundidad del gran paisaje del Cuarto Día de la Creación”.

La mala literatura

Se puede decir que estos diarios tienen unas determinadas líneas temáticas: las lecturas que hace, la música —tanto cuando oye música como cuando deja testimonio de los músicos— y su trabajo como escritor.

Cuando comienza el diario está trabajando en la novela Los pasos perdidos. Escribe el 14 de octubre de 1951: “ayer y hoy, trabajo sobre la versión definitiva (¿definitiva?) de Los pasos perdidos. Cuando la idea de esa novela se me ocurrió, de modo fulgurante, un mediodía en que tomaba un auto de alquiler para regresar a mi casa, me imaginaba que sería un relato en siete capítulos, que escribiría en unos veinte días. Empezándolo el 7 de diciembre de 1949, contaba tenerlo terminado para comienzos de enero. El libro ha cobrado 40 capítulos, y pronto se cumplirán dos años, desde el momento en que su tema se me impuso de manera ineludible”.

El mismo 14 de octubre escribe: “sólo suelto un libro, cuando creo haber cuidado, en lo posible, de la factura. La publicación de Los pasos perdidos está detenida por una angustia ante detalles tan pequeños, que el lector nunca se dará cuenta de que allí pudiera estar la barrera. Tengo la absoluta conciencia, después de releerlos esta tarde, que los capítulos realmente importantes están logrados (…). Lo que me tiene enfermo son los del comienzo, aunque leo sin aburrirme el primero y el segundo, que corresponden casi a lo que quise hacer… Pero… ¿por qué esa necesidad imperiosa, tiránica, de suprimir los diálogos, y todo signo ortográfico vertical: interrogaciones, admiraciones, paréntesis, en un trabajo de 400 páginas? Yo mismo me asombro de la disciplina impuesta”.

Cuatro días después, el 18 de octubre: “en Los pasos perdidos, el personaje principal comenzó por ser un fotógrafo de periódicos. Pero, al cabo de diez páginas comprendí que, no habiendo sido nunca fotógrafo profesional, me era imposible reaccionar ante los hechos como fotógrafo. Y volví mi personaje a un oficio que yo hubiera practicado (…). Un escritor consciente sólo debe hablar de oficios que ha practicado, de enfermedades que ha padecido, de idiomas que habla, de lugares que ha visitado, de personajes —mujeres, sobre todo— que ha conocido íntimamente, lo demás es mala literatura”.

El 26 de diciembre de 1951 escribe: “esta noche cumpliré 47 años. Mi verdadera obra está aún por hacerse. Pero esa obra bulle en mí. Han pasado los tiempos de tanteos, de trabajo con un yo divorciado de mí mismo, que a veces se movía independientemente de mi voluntad, obligándome a seguirlo por malos caminos, o decir cosas de las que yo no estuviera tan convencido. Hasta El reino de este mundo la escritura me arrastraba: yo no era enteramente dueño de ella. Los pasos perdidos me dieron mis últimas lecciones. Ahora sé lo que de mí mismo —de cierta pasión que a veces me lleva más lejos de mis intenciones— debo evitar”.

El siglo de las luces

Su gran queja es contra el trabajo en la radio y en la publicidad. Aunque le tocaron los días gloriosos de los inicios de la radiodifusión, cuando la soñaban en Francia tipos como Desnos o Claudel, y en épocas de esperanza llegó a dar pautas para hacer buena radio, ahora siente que las ondas hertzianas son otra cosa, “un arte mezquino, sucio, incapaz de levantarse de la inmundicia en que está”.

Mientras trabaja en Los pasos perdidos, se le aparece otra historia, El acoso: “la idea inicial es excelente; el acosado que busca asilo (derecho de asilo, como en las iglesias antiguamente) en una sala de conciertos. Lo van a asesinar en cuanto termine la ejecución de la obra: hasta ahora, La sinfonía heroica. Toda la acción encerrada dentro de ese tiempo. He esbozado ya el inicio: tres páginas”. En cuanto a Los pasos perdidos, el 6 de enero de 1953 lo declara terminado: “mañana lo mandaré a la imprenta”.

El 7 de octubre de 1953: “me llegó el primer ejemplar completo de Los pasos perdidos. La presentación no es fea. Por lo demás, ninguna alegría (…). Una vez publicado el libro, deja de interesarme”. El 21 de marzo de 1954 escribe que “El acoso puede ser, a la postre, un gran libro”. Y casi un mes después: “terminado El acoso después de un trabajo forzado que duró toda la semana santa. (De jueves a lunes). Es decir: terminada la revisión definitiva, lista para la imprenta. Habrá, ahora, el simple trabajo de pasar en limpio. Cuestión de unos ocho o diez días más”.

El 19 de mayo de 1955 aparece mencionado El siglo de las luces por primera vez: “iniciada una nueva novela. Doce capítulos totalmente esbozados. Es decir, escritos pero no lo suficientemente desarrollados”; a esta anotación corresponde una nota de pie de página debida al prologuista y cuidador de la edición de estos diarios, Armando Raggi, quien hizo un magnífico trabajo: “estos esbozos se encuentran en una carpeta perteneciente a la serie documental de El siglo de las luces, de la Fundación Alejo Carpentier. Se trata de un capítulo dividido en doce sub-capítulos de una trama que se desarrollaba en las primeras décadas del siglo XX cubano”. Ya en 1957, casi al final del diario, escribe: “Hay unas ochocientas páginas escritas de El siglo de las luces. Me gustan más y más. Veremos”.

La lengua afilada

A lo largo de las páginas Carpentier va intercalando comentarios sobre sus lecturas. Puede desbordar de entusiasmo o puede ser demoledor. Sobre las Memorias de Pío Baroja: “asombrado de tanta mediocridad (…) recuerdos roñosos, mal escritos, mediocres (…) Sus Memorias parecen las de un tendero amargado”. A Ecuador de Henri Michaux lo acaricia con una punta afilada: “es una prosa en la que la singularidad de la observación pone densidad de poesía. No creo que sea recomendable una prosa de este tipo. Es como una prosa a la que hubieran despojado de las virtudes de la prosa. Es otra cosa”. En cierto momento emprende la lectura sistemática de las novelas picarescas españolas y, a pesar de que le gusta El diablo cojuelo, es implacable con El lazarillo de Tormes (“obra mediocre, mal hecha”). Sobre Miguel Ángel Asturias: “El papa verde es de una retórica vanguardista bastante deplorable”. “Esperando a Godot de Samuel Beckett: ¡Extraordinario!”. ¡Absalón, Absalón! de William Faulkner: “magnífico”.

A pesar de ser tan duro, anota: “leyendo el elogio de un viejo escritor que ‘decía verdades a todo el mundo’, insultaba en nombre de la franqueza, de ‘decir lo que pienso’, me sorprendo, de pronto, ante la inmensa vanidad que significa tal actitud en un individuo. ¿Quién soy para juzgar duramente a todos mis semejantes? ¿Dónde está mi perfección, mi santidad, mi ejemplo, para permitirme el gesto del juez y del censor?… Claro está que hay faltas, vicios, taras, que saltan a los ojos de todos, y que el sentido moral más simple reprueba por mera lógica… Pero nada me ha resultado más antipático (en mi vida) que esos eternos jueces, eregidos ante los demás, para largar ‘verdades’, señalar con el índice a sus semejantes. Hay detrás de ello, una satisfacción de sí mismo, un ‘yo tengo el derecho’, un complejo de superioridad, absolutamente repugnante”.

Lleno de admiración y de afecto, comenta los Cuadernos de conversaciones de Beethoven: “estos cuadernos tienen el inmenso mérito de restituirnos a un Beethoven —hombre bebedor, fumador, cocinero, engullidor de ostras venecianas, constantemente preocupado por probar sabrosos manjares, autor de canciones báquicas para cantarlas con sus contertulios— que era necesario conocer, después de demasiado admirar al Beethoven-Dios de algunos de sus biógrafos”. Y es entusiasta cuando se refiere a la Gran fuga, opus 133, y a la Misa en re, que “se alza hacia verdaderas cimas de amor”. También elogia el Orfeo de Monteverdi, que “desde hace varios días escucho con un goce profundo y siempre renovado”.

Pero también puede ser duro con los músicos. Poulenc visita Caracas y todo lo que escribe Carpentier es que es un bobalicón. En cambio, Villa-Lobos también va a Caracas y escribe con admiración y con afecto. También en 1953 Camilo José Cela visita Caracas: “primera impresión, excelente”. Pero al poco rato descubre que “hay en él mucha amargura, un gran complejo colonial y un desconocimiento total de América. Amargura, porque siente que pisa un terreno donde se le mira con más curiosidad que admiración (….) Está dolido de ver que a sus últimas conferencias no ha ido nadie”.

El siglo de las luces

Alejo Carpentier nació en Suiza en 1904 y falleció en París en 1980, aunque siempre se declaró cubano. Su novela “El siglo de las luces”, que trata de la influencia de la revolución francesa en los países caribeños, es un clásico que aparece una y otra vez en colecciones de Grandes Clásicos, cuando no en mesas de saldos. Para las nuevas generaciones parece un autor destinado al mármol. Sin embargo esta relectura de sus diarios lo muestra vital, necesario, siempre vigente.

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