adelanto de novela de hugo fontana

Algo más que agua blanda

Un periodista es obligado a cubrir el secuestro de un avión hacia una isla perdida. Aunque, en realidad, todo es una vil puesta en escena por parte del poder de turno.

Hugo Fontana
Hugo Fontana

Periodista, narrador y crítico literario, Hugo Fontana acaba de publicar una nueva novela, El agua blanda (HUM, 2017), una obra "inspirada brevemente en los acontecimientos del llamado Operativo Cóndor, en el que un comando de militantes peronistas desvió un avión de línea hacia las Islas Malvinas en 1966. La obra es una melancólica alegoría sobre la soledad de un hombre que busca encontrarse a sí mismo a través del  amor". Va a continuación un extracto de esta novela:

El cuatrimotor de diecinueve plazas sobrevoló incontables veces la pequeña pista de Puerto Campbell hasta que el comandante consideró que había quemado suficiente combustible como para que el aterrizaje no resultara peligroso. Desde su ventanilla, Lamas vio girar ese mundo breve e inhóspito: tierra desierta, pastizales amarillentos, rocas, barrancos, un mar gris y distante, algunos seres humanos tan insignificantes como un canto rodado, ovejas diseminadas en campos raídos, algunas casas de techos de chapa verdes o rojizos, el sol centelleando en torno al avión como si fuera las luces de cabotaje, mientras trataba de minimizar las voces de alarma de cuatro o cinco pasajeros aterrorizados tras el aviso de uno de los subalternos de Pérez Gadea.

El operativo, a fin de cuentas, había resultado más sencillo de lo que el propio capitán suponía y le había transmitido al periodista antes de partir. Habían elegido un avión de pocas plazas que realizaba el trayecto entre Lavanda y Asunción una vez a la semana. Los militares, vestidos de uniforme y aduciendo una misión oficial, habían ocupado las últimas seis plazas. Lamas se había sentado en una de las ventanillas debajo del ala izquierda, y a su lado viajaba una mujer entrada en años, a pesar de que podía haber elegido cualquier otro asiento libre. Los restantes lugares estaban ocupados por cuatro viajantes de comercio, una pareja de recién casados que volvía de celebrar su luna de miel en uno de los balnearios esteños, otros dos hombres vestidos de civil y que llegados al aeropuerto se revelaron como parte del comando, supuestamente a las órdenes del capitán, y dos mujeres –madre e hija, acaso tía y sobrina– que habían hablado sin parar hasta poco antes de que les anunciaran el cambio de rumbo.

Piloto y copiloto, un comisario de vuelo y una azafata de acento insidioso, anchas caderas y rostro casi cetrino, cerraban el número de ocupantes del vuelo que tenía previsto demorar unas dos horas y media en llegar a destino, pero que a mitad de su ruta había sido desviado hacia Nueva Rovira. Nadie opuso resistencia cuando dos de los oficiales redujeron al comisario y a la azafata, y otros dos entraron a la cabina y comunicaron a los pilotos, pistolas en mano, que debían cambiar la ruta de vuelo, y tampoco lo hizo ninguno de los pasajeros cuando Pérez Gadea se puso de pie en medio del pasillo con un Smith & Wesson 38 en la cintura, y les pidió calma y silencio dando comienzo a una larga y estúpida arenga nacionalista.

El plan consistía, estimado el impacto de la llegada del avión, en la lectura de una proclama consignando los reclamos territoriales sobre Nueva Rovira y el compromiso ineludible de luchar por los derechos que el gobierno nacional, representado en la figura del capitán y sus hombres, consideraba soberanos; en dejar descender unos minutos más tarde a los pasajeros; en mantener como rehenes a los integrantes de la tripulación, azafata incluida; en volver a cargar combustible y en despegar otra vez hacia Lavanda, donde a la mañana siguiente El radical publicaría de primera mano –y con lujo de detalles, había pensado Lamas– las noticias sobre el inusual y patriótico acontecimiento en tanto el Presidente firmaba la renuncia de la mitad de su gabinete, removía a algunos de los más sospechados mandos castrenses y designaba nuevos embajadores en Washington, Buenos Aires y Montevideo.

Apenas el avión tocó suelo rovirense, un destacamento de no más de una docena de hombres se acercó en tres destartalados jeeps y se apostó ante el aparato esperando que alguno de sus ocupantes diera señales de vida. El primero en asomarse a la portezuela, un teniente a las órdenes de Pérez Gadea, pidió para hablar con el jefe de la guardia. Un veterano cansino y somnoliento, vistiendo un uniforme desteñido y un viejo quepis de paño verde, dio dos pasos al frente, le pidió que se identificara y le preguntó qué había pasado y cómo podía ayudarlos. Fue entonces cuando Pérez Gadea se asomó y comenzó a hablarle en voz alta y ceremoniosa. El jefe escuchó con atención cada una de las reivindicaciones y condiciones que le comunicaba el capitán, y fue dando muestras de un incontenible nerviosismo, sobre todo desde el momento en que tomó conciencia de estar frente a un secuestro aéreo, de que ese oficial que tenía adelante, prolijamente uniformado y predicando al viento, era el líder del operativo, y de que no tendría otra respuesta para él que comunicar la situación a sus superiores y esperar órdenes.

Entonces la puerta del avión se cerró otra vez. Uno de los militares había quedado en la cabina vigilando a los pilotos, un segundo encañonaba al comisario y a la azafata, y los otros volvieron a sentarse en sus lugares –incluidos los dos hombres vestidos de civil– a la espera de alguna respuesta oficial. La mujer entrada en años, sentada al lado de Lamas, observó con atención a su acompañante en tanto este iba anotando unas apuradas frases en una libreta que había extraído de su bolso de mano, donde además pudo ver una gruesa campera y otra ropa de invierno, innecesarias para una ciudad tan calurosa como Asunción. Le hubiera gustado saber qué escribía ese hombre con cara de aburrido, que no había dado ninguna señal de asombro ni de temor ni de incredulidad cuando el oficial les dijo que el avión había sido secuestrado y que aterrizaría en un sitio que en un principio se negó a identificar.

La mujer también lo había observado cuando el avión empezó a girar sobre la pista de Puerto Campbell, y también le había llamado la atención la impasibilidad de ese individuo que, por toda y extraordinaria expresión, se había limitado a fruncir el ceño más instigado por el arbitrario y desfalleciente sol que por el misterio de lo que estaba ocurriendo. Pasada la primera conmoción, le preguntó si sabía dónde estaban y por qué los habían desviado de su destino.

–Puerto Campbell –le dijo murmurante para que la mujer se quedara tranquila, tratando de que los oficiales no lo escucharan. Después de todo, él no tenía por qué saber dónde habían aterrizado y mucho menos las razones por las que lo habían hecho.

–¿Puerto Campbell de Nueva Rovira? –le preguntó la mujer en un susurro, como si estuviera estableciendo un pacto con su interlocutor.

–En efecto. Cuatro mil habitantes que pescan calamares y crían ovejas. Territorio reclamado por nuestro gobierno.

–¿Y venimos a ocupar el archipiélago? –dijo deletreando “archipiélago”, señalando con disimulo a los militares y sonriendo por primera vez.

Lamas se dio cuenta de que una nueva respuesta de su parte lo haría sospechoso de estar integrando el escuálido comando, y volvió a concentrarse en los últimos y débiles reflejos del sol y en un puñado de vehículos que iban llegando a la pista y de los que bajaban algunos curiosos, con seguridad vecinos del lugar.

Entre tanto, los otros pasajeros se habían mostrado cada vez más inquietos y ni siquiera después del aterrizaje habían recuperado la calma. Los viajantes de comercio parecían pertenecer a una misma empresa, pero solo cuando pudieron conversar más serenamente fueron identificándose por los productos que vendían. Fertilizantes. Insumos de oficina. Prendas de punto. Maquinaria agrícola. Estaban vestidos de modo similar, todos llevaban corbata menos uno, el más joven de ellos, que sin embargo parecía el más elegante de los cuatro. Los novios, apenas mayores de veinte años, se habían tomado de las manos con fuerza y habían vivido el acontecimiento como una prueba de amor. Se besaron con pasión cuando el aparato, ya en tierra, se detuvo al costado de uno de los hangares, y luego guardaron silencio, intrigados y temerosos. Las dos mujeres de incierto parentesco habían reanudado su conversación, solo que en forma más desordenada y sin cuidar que los demás las escucharan.

Quince minutos después los alertó la sirena de un vehículo militar en la pista y Pérez Gadea ordenó abrir la puerta. Desde su ventanilla Lamas vio llegar una media docena de jeeps y un camión del que bajó una veintena de soldados –al menos eso parecían, con sus uniformes camuflados, sus enormes camperas de abrigo y sus cascos–, y vio cómo se iban apostando alrededor del aparato, formando un semicírculo. Cuando el capitán se asomó, un hombre vestido de civil que se identificó como el gobernador de Nueva Rovira lo estaba esperando a los pies del avión y antes de que aquel dijera una sola palabra pidió para hablar con el encargado del operativo.

Pérez Gadea bajó por la escalerilla y estuvieron conversando unos momentos. Lamas vio cómo el oficial gesticulaba y movía sus brazos con marcialidad mientras el otro, de gruesa campera de cuero cerrada hasta el cuello, barba de dos o tres días y los ojos hinchados y enrojecidos por el viento, por el frío o por el alcohol, escuchaba simulando extrema atención y pidiéndole cada tanto que repitiera algunas de las frases. Al cabo de unos minutos el capitán volvió al avión y comunicó a sus subalternos que el gobernador haría una llamada de larga distancia, y que antes de una hora volvería con una respuesta definitiva. Luego convocó a cuatro de sus hombres, dejó al restante haciendo guardia en la cabina, y los cinco bajaron a la pista ante la atónita mirada de los efectivos que no habían abandonado su formación y de los vecinos que se habían acercado a la pista.

Al pie del fuselaje, Pérez Gadea, el teniente y dos alféreces desplegaron una bandera enorme que de inmediato el viento agitó con violencia, en tanto el tercer alférez caminó unos pasos alejándose de ellos, se colocó de espaldas al figurado semicírculo de los soldados, sacó una enorme cámara de su mochila y comenzó a tomar fotos de lo que se suponía era una avanzada militar por la soberanía de Nueva Rovira, del archipiélago Darwin o de como quisiera alguien que se llamara aquel páramo helado sobre el que en breves minutos comenzaría a caer la noche.

(tomado de El agua blanda, de Hugo Fontana. HUM, 2017. Montevideo, 154 págs.)

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