Luis Alberto Lacalle
Luis Alberto Lacalle

Nuestro país

Hace muchos años El País convocó a publicistas de diversas agencias para que presentaran campañas en favor de nuestro país, destacando lo bueno del mismo y buscando animar un espíritu cívico positivo.

De todas ellas nos ha quedado en la memoria una que distinguía entre hablar de "este país”, al mencionar al Uruguay y usar “nuestro país" en su lugar. Inteligente manera de que todos hiciéramos autocrítica pues en la realidad, cuando se trata de algo malo, tendemos a usar el “este” en lugar del “nuestro".

En estas fechas que vivimos, en el anticlímax de los días poselectorales, conviene recordar esa distinción para combatir la tendencia al fatídico "nosotros" y "ellos" con la que muchas veces en el fragor de la batalla política pretendemos marcar diferencias llegando al colmo de la expresión de ajenidad respecto de quienes son nuestros compatriotas, procurando la máxima distancia; llegando a no considerar a los que distinto piensan como pertenecientes al todo humano que ineludiblemente formamos. Una actitud cainista como la que relata la Biblia en el episodio del homicidio de Abel "¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?", que es la respuesta ante el requerimiento de Javé.

El día de la elección, el pasado domingo, interrogados por los amigos periodistas, procurábamos atar los conceptos de diversidad y unidad a través del símbolo de la urna. En ella depositábamos nuestra preferencia en medio de singular combate cívico, o Luis Alberto o Daniel, uno u otro en la clara opción binaria que nos ofrecía la Constitución.

Sin embargo, esta clara antinomia, esta excluyente instancia de tener que elegir solo a uno, se articulaba en la imagen de la caja -la urna- en que, una a una, las distintas hojas anidaban a la espera de la cuenta. “De muchos uno” dice el escudo de los Estados Unidos de América, E pluribus unum. La primera democracia de la historia pretendió zanjar ese enigma, resolverlo. La diversidad cuajada en la unidad que solo el gobierno republicano democrático puede dirimir.

"Nuestro país". Así hay que nombrarlo para quererlo, las más veces, y para criticarlo cuando es necesario. Siempre nuestro, abarcando las mil y unas individualidades de las sociedades libres que manifiestan en todos los matices sus valores, preferencias y opiniones. Nuestros son los que están a más distancia, la más larga en la diferencia que se pueda elegir. Aun aquellos que tanto daño hicieron calificando de "burguesas" y por ende despreciables las que ejercimos este año. También los otros, los que siguieron buscando una falsa legitimidad en la mera fuerza. Incluimos a los gobernantes que han traspasado los límites de la Constitución, a los que han deshonrado la confianza popular, a quienes apedrean a la policía, roban y destruyen escuelas, venden droga, secuestran y asesinan. A los que siembran odio desde el anonimato cobarde de las redes, los que usan el miedo y la mentira para medrar en política, los que descalifican, los que presionan.

En síntesis, desde la perspectiva evangélica del amor al prójimo (próximo), aplicada a la pertenencia a una misma patria que no es "esta" sino la "nuestra".

Es con ese espíritu que se debe iniciar el próximo gobierno. Y así lo ha prometido, proclamado, anunciado, su titular. Si algo hay que destacar de la larga campaña electoral que desde las internas partidarias nos ha traído al resultado final, es la voz de la concordia y la unidad con que se ha engalanado la opción preferida.

Ciego a las acechanzas del agravio, de la descalificación, inmune a la tentación de responder en similar tono, el Presidente electo se ha empeñado en ser constructor de puentes, fortalecedor de denominadores comunes, aun los más estirados, para concebir a la comunidad nacional como una unidad de destino, como un proyecto común.

Varias y muy nobles fuerzas lo han impelido a ello. La serena, pero intensa y excluyente calidad de oriental, de uruguayo, antes que nada, conjugando en todos los tiempos el verbo de la pertenencia a nuestra patria. Su orgullosa calidad de integrante de un partido que se honra llamándose nacional. Su obligación de servir desde la militancia cívica a la que lo convocan sus raíces patrias y partidarias.

El resultado no será milagroso porque en la acción pública no existen los milagros. Será sí una noble cosecha de las realizaciones posibles cuando se aúnan esfuerzos nobles y positivos. No en la concepción blandunga de lo que es el bien, sino en el profundo sentido de su antinomia con el mal, con lo incorrecto, con lo que no corresponde, con lo que no contempla en su máxima expresión posible la bondad común que es la base del humanismo cristiano.

Con su último aliento, en febrero de 1959 definía Herrera la gestión de gobierno como "la contienda, el batallar sin término entre lo que se puede y lo que se quiere". Inmejorable definición del poder democrático al que a veces se le exige todo -todo lo que cada uno quiere- sin consideración ni análisis de lo que es posible. Alguien muy cercano al corazón del Presidente Lacalle Pou dijo un día que se trataba de "hacer posible lo necesario".

Así es y eso es lo que le pedimos al nuevo gobierno. Que suelde la fractura, que atraviese con puentes la zanja, que repare la rotura social que nos duele. La unidad nacional, no para licuar sus propuestas, sino para llevarlas a cabo con sentido de comunidad y concordia. Cum corde, con corazón.

Así se hará verdad que el azul puede más que las nubes...

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