CIENCIA

Todos contra un parásito

Una alianza internacional apoyada por Bill Gates busca erradicar la malaria a nivel global.

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Foto: Pixabay

Magude, seis de la mañana. Un ejército de 538 personas se dispone a tomar este distrito paupérrimo y rural de la provincia de Maputo, 150 kilómetros al norte de la capital mozambiqueña.

La suya es una lucha singular. El enemigo, un parásito microscópico poco conocido por su nombre (plasmodium), es más famoso por la enfermedad que provoca: la malaria. Pretenden erradicar en esta zona una dolencia que no sólo asuela su territorio, sino buena parte del continente.

Si lo consiguen, quizás sean el ejemplo que la ciencia y la comunidad internacional necesitan para plantarle definitivamente cara a un mal que en 2015 mató a 438.000 personas y produjo 214 millones de casos nuevos.

De un megáfono salen las instrucciones en portugués que organizan a este batallón de luchadores contra la malaria: "¡Reunión de supervisores!", "¡Equipo 21, pase a recoger medicamentos!", "¡Los que ya tengan material, salgan al campo!".

Al otro lado del altavoz, Beatriz Galatas, una investigadora de 25 años, trata de poner orden en esta troupe. Su misión es el reparto masivo de fármacos (MDA, por sus siglas en inglés) entre una población iletrada y dispersa que vive, en su gran mayoría, en casas de caña o adobe, con techos que a duras penas resisten las embestidas de la estación de lluvias, sin agua, a merced de los pozos que tienen a una hora caminando y sin más luz que la que les aporta el potentísimo sol del verano austral.

Este despliegue está al servicio de la Alianza hacia la Eliminación de la Malaria en Mozambique, que pretende terminar con la enfermedad en la zona para 2020.

El primer paso es conseguirlo en Magude, un distrito de 51.000 habitantes, para después seguir avanzando hacia el resto de departamentos. Consiste en aplicar todos los recursos disponibles contra la dolencia para comprobar si es posible erradicarla por completo dentro de una zona en un corto periodo de tiempo.

Sus armas son mosquiteros, insecticidas y medicamentos, todas herramientas imperfectas, pero que se han mostrado eficaces para luchar contra el parásito. Gracias a ellas, en los últimos 15 años la mortalidad ha caído un 60%, con lo que se han evitado seis millones de muertes en el mundo, según la Organización Mundial de la Saud (OMS).

Fases.

De forma muy resumida, el plan pasa por tres grandes fases. La primera, fumigar todos los hogares para acabar con el mayor número posible de mosquitos anopheles, el vector de la enfermedad, es decir, el que provoca los contagios llevando el parásito de unas personas a otras mediante su picadura.

La segunda, medicar a toda la población con un fármaco que no solo elimina al plasmodium de su huésped, sino que tiene un efecto profiláctico y evita que vuelva a infectarse en cuatro o cinco semanas. En dos fases la población estaría libre de malaria durante algo más de dos meses.

Teniendo en cuenta que los mosquitos viven alrededor de cuatro semanas, nacería al menos una generación entera de insectos que no tendrían parásito que transmitir, ya que por mucho que picasen a las personas, no lo encontrarían en su sangre.

Una tercera fase consistirá en monitorizar los —previsiblemente— pocos casos que surjan tras las dos primeras para reforzar la medicación y fumigación en los hogares concretos donde aparezcan brotes y en sus alrededores.

Sobre el papel, este sería el fin de la enfermedad en la zona. Idealmente, extendiéndola a cada vez más lugares, la eliminación de la epidemia en zonas cada vez mayores.

Pero la tentación de pensar que la ejecución exitosa de este plan resulta sencilla, se desvanece rápidamente cuando se tienen en cuenta todos los obstáculos que pueden interponerse en el camino.

Existen muchas otras posibles trabas: migraciones de personas que traigan la enfermedad, rechazo a la medicación por prejuicios culturales o por mera superstición, resistencia de los mosquitos a los insecticidas... Con todas ellas están lidiando.

Precisamente, el Maltem, como se llama este plan, es un plan piloto que pretende generar la evidencia científica necesaria para saber si esto que resulta tan aparentemente simple escrito en negro sobre blanco es realmente eficaz, cuánto cuesta, cuáles son las dificultades a las que se enfrenta y cuáles los imprevistos que ni siquiera se habían barajado.

Millones de euros.

Todo comenzó hace aproximadamente dos años y medio en Barcelona. Por entonces, los avances científicos iban haciendo entrever que la erradicación de la malaria era posible y que no solo había que aspirar a ir reduciendo el número de muertes y casos, que era hasta hace muy poco la estrategia de la OMS.

Esto fue lo que impulsó a la comunidad internacional a proponerse como meta reducir un 90% los casos y muertes para 2030, algo que se incluyó entre los Objetivos de Desarrollo Sostenible que la Asamblea General de la ONU firmó el pasado septiembre.

Y se decidieron por Magude, distrito fronterizo con Sudáfrica y con un 9% de la población infectada por el parásito —lo que no quiere decir que necesariamente desarrollen los síntomas—, un porcentaje relativamente bajo para el país —que en algunas zonas supera el 50%—, pero suficiente para comprobar si la erradicación es efectiva.

Para formar la alianza fueron imprescindibles dos socios: la Fundación Bill y Melinda Gates, y La Caixa, que a través de su Obra Social ya había promovido el propio ISGlobal. Ambas instituciones impulsan y sufragan este proyecto piloto con 21 millones de euros.

De todo este dinero, una pequeña parte (209.000 euros) va destinada a medicamentos. Se trata de un fármaco de última generación contra la malaria, de nombre comercial Eurartesim, que combina dos principios activos y que, aunque ha recibido la preaprobación necesaria de la OMS, todavía no es de uso corriente.

Lo realmente costoso es toda la infraestructura técnica, logística y el conocimiento científico necesario para hacer llegar las pastillas y la fumigación a los hogares, así como para analizar los resultados posteriores.

Con este objetivo, lo primero fue reclutar a estos 538 trabajadores que forman el ejército contra la malaria. Prácticamente los únicos requisitos eran saber leer y escribir y hablar shangana, el dialecto de Magude, donde la mayoría de los habitantes no entiende el portugués, el idioma oficial de Mozambique

El resultado de esta guerra contra la malaria, si este plan podrá aplicarse a otros lugares, todavía no se conoce. Habrá que hacer el seguimiento de incidencia de la enfermedad y los mosquitos. Los resultados de la primera batalla, con todas las cautelas ante un plan tan experimental, fueron muy positivos. Los investigadores están muy esperanzados de que, siguiendo este camino, puedan liquidar al maldito plasmodium.

Si no lo logran, se calcula que para 2020 serán necesarios 5.100 millones de dólares anuales para lograr el acceso universal a las intervenciones contra la enfermedad en los 99 países con transmisión continua.

UN PELIGRO NO TAN LEJANO

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