EL VERANO A ORILLAS DEL ARROYO PANDO

El paraíso que esconde El Pinar

Silencio, arena blanca, cocina gourmet y ciudadanos rusos a 45 minutos de Montevideo.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Montevideanos se han ido a vivir ahí por la tranquilidad y naturaleza. Foto: M. Bonjour.

Acá se llega si alguien que conoce te lo recomienda", es una frase que se escucha con frecuencia en la zona, tanto al llegar a un restaurante que surgió como un local para alquilar canoas y hoy recibe extranjeros enviados directamente por embajadas, como al entrar a otro espacio gastronómico que funciona en el patio de una casa y nadie llega si no sabe que está ahí.

Lo mismo dicen los que toman sol en el punto donde el arroyo Pando se encuentra con el Río de la Plata, conformando una superficie de médanos blancos que bien podrían ser un rincón de Rocha.

Por estos días miles de montevideanos conducen por la Ruta Interbalnearia y cruzan el puente sobre el arroyo Pando concentrados en el dinero para pagar el peaje, sin saber que a su derecha, (si van hacia el Este) hay un espacio donde la naturaleza se disfruta como en pocos puntos del país.

Juan llegó allí por casualidad. Hace cinco años reunió el dinero para comprar un apartamento en Pocitos y por el dinero que tenía (no quiso decir cuánto) solo conseguía una propiedad pequeña y poco atractiva. Un día estaba paseando por el Pinar, se perdió entre las calles de tierra y encontró lo que hoy se conoce como Punta Pinares, porque, literalmente, es la punta de tierra del balneario junto al arroyo.

"Caí acá y dije y esto ¿qué es?. Vi este terreno, que estaba regalado, y me quedé", rememora. Allí vive en una casa desde cuyo segundo piso aprecia un paisaje de agua, olas, arena y árboles. Desde ahí va a Ciudad Vieja cada mañana, para trabajar en el rubro financiero.

Cuando Juan llegó había pocas casas. Hoy junto a la suya una propiedad lleva por nombre "Cable a tierra", dejando ver lo que siente su propietario. Metros más allá se ven albañiles construyendo, y a la vuelta le dan los retoques finales a una propiedad de piedras y madera, que podría estar en los barrios más finos de Punta del Este.

"Todos mis amigos y la gente de mi entorno conocieron la zona por mí, nadie sabía que existía", comenta Juan.

Con el paso de los años eso fue cambiando; en la inmobiliaria Meikle aseguran que los terrenos se revalorizaron de la mano del interés de la gente, y hoy valen entre dos y tres veces más que hace cinco años.

Desde Bélgica.

Al bordear el arroyo rumbo a la playa pasa un kayak con dos adolescentes que llevan chalecos salvavidas. En la orilla un niño juega con una palita y su madre lo mira en una reposera. En la orilla de enfrente se ven las casas de Neptunia. Los lugareños dicen que es tan bajo el arroyo allí que pueden cruzar caminando.

Los kayak se alquilan en el restaurante de Román, quien un día decidió dejar el estrés de un negocio de construcción de muebles en madera e instaló allí un pequeño local para alquilar juegos náuticos, como "gomones" o motos de agua.

De a poco comenzaron a llegar más personas que se interesaban en tener algo que comer entre juego y juego; así que armó una propuesta de comida rápida. Con el tiempo agregó mesas y apostó un poco más; como hubo buena recepción, subió la apuesta y amplió el local; hoy recibe a 500 comensales un domingo al mediodía o un sábado en la noche. Nunca hizo publicidad y le incomoda difundir detalles del emprendimiento. El que llega es porque alguien se lo recomendó.

Entre los clientes estables se encuentran tres mujeres belgas, robustas, de pelo rubio casi blanco y ojos claros.

No hablan castellano así que Román no sabe dónde viven. "Cada vez que vienen nos abrazamos y cada uno dice algo en su idioma. Yo no sé qué me dicen y ellas no entienden nada de lo que yo les digo, pero está bien así, no pasa nada", dice Román con naturalidad.

Las mujeres conocieron el lugar porque las invitó una pareja que llegó al restaurante una noche de invierno. El propietario estaba por cenar y los invitó a acompañarlo. "En un momento vieron una cerveza belga en la heladera y se emocionaron. Resultó que la fábrica quedaba atrás de la casa donde habían crecido", cuenta Román.

En medio de la emoción la pareja le pidió permiso para llamar a un familiar y al rato llegaron las tres mujeres. "Se tomaron toda las botellitas de esa marca que habían en la heladera. Y después siguieron con las calientes". Unas 24 en total, aunque tuvieran 8% de graduación alcohólica, el doble que las cervezas comunes.

Actualmente el restaurante está dirigido a un público de nivel económico medio alto. Los platos son elaborados por un chef y los precios oscilan entre una pasta casera a $ 500 y una picada de mar a $1.450; el sandwich clásico (jamón y queso) vale $ 600.

Román cuenta que los que llegan a este rincón del Pinar, que también llaman el Carrasco del Pinar, son personas que disfrutan de la naturaleza. Por eso, es muy poco común ver basura en la playa. Cuando queda algo, los propios vecinos lo levantan al salir a caminar, asegura el lugareño, que abre todo el año.

Huir de la capital.

Lucía, de la inmobiliaria Meikle cuenta que han sido cientos los montevideanos que se han ido a vivir al Pinar en los últimos años. No solo se instalaron en Punta Pinares, sino en las zonas más antiguas del balneario. Por las calles se ven terrenos con maleza pero cada vez son menos.

A modo de referencia, Lucía cuenta que en uno de los colegios de la zona, de los 40 alumnos de sexto año, había solo 6 cuando comenzaron primero. Empezaron siendo un "puñado" y año tras año se fueron sumando compañeros.

La mayoría de las familias han comprado allí escapando de la inseguridad y el ruido de la capital y la concentración de autos en las calles. "Nos invadieron", dice Lucía con humor.

También lo han elegido como sitio para vivir permanentemente ciudadanos rusos, franceses y argentinos.

Los últimos podrían no sorprender; los franceses quizá tampoco, dada la conexión de ambos países y los descendientes de inmigrantes; pero, ¿rusos? A ellos también, el boca a boca los va trayendo a la zona.

PERSONAJES

De Moscú a vivir en la costa de Uruguay

Muchas de las personas que viven en El Pinar, especialmente las que pescan, saben que hay un local que vende carnada durante 24 horas. Si uno busca "Pescador, carnadas" en Facebook aparece el dibujo de un hombre pescando y un teléfono a donde se puede llamar para comprar carnada a cualquier hora.

Lo que no muchos saben es que las personas que atienden ese negocio son un hombre y una mujer de origen ruso, que llegaron de Moscú a instalarse en Uruguay. Gayana abre los ojos grandes y sonríe cuando se le pregunta qué los llevó a tomar la decisión. En un español a media lengua responde: "No sé, ¿cómo explicas qué te lleva a cambiar tu vida por completo?".

Conocieron el país a través de uruguayos que vivían en la capital rusa, "decían muy lindo Uruguay, gente linda, todo lindo, tienen que ir a vivir ahí. Y bueno, vinimos", agrega siempre sonriendo rodeada de rollos de tanza, anzuelos, cañas e insumos de pesca.

Nació en Uzbekistán, ex república soviética, donde llegan a haber 50 grados en verano, así que no le cuesta adaptarse al calor. De allí fue a Moscú donde trabajó de peluquera, desde ahí a Montevideo y hoy vive con su esposo y dos hijos en El Pinar.

"Si vas para esa zona, andá a El Gran Pez"

Diego vive en El Pinar desde hace años. Un día recibió a un turista italiano que le preguntó dónde quedaba el restaurante en el que los dueños atendían en el patio de su casa. "¿Cómo?", les respondió el uruguayo.

El turista insistió en que un chef de su país le había recomendado que si iba a Uruguay, y a ese balneario en concreto, tenía que preguntar por un restaurante que estaba montado en el patio de la casa de los dueños, en medio del jardín.

Diego nunca había escuchado acerca de ese lugar. El italiano tenía razón. El sitio existía, y después de preguntar y preguntar llegaron. Se llamaba, y se llama, El Gran Pez, aunque no tiene ningún cartel indicador.

Efectivamente, el sitio está montado en el predio donde viven dos de los tres propietarios y parte de su propuesta ha sido desde el comienzo que se difunda "de boca a boca".

Isidro, uno de los fundadores, explica que parte de la mística del lugar es que "el que quiera llegar va a llegar", porque pregunta a uno u otro lugareño hasta que le indican. Mesas y sillas de madera, pasto verde alrededor y un ambiente pensado para que el comensal se sienta cómodo y en casa, también hacen parte de la propuesta de El Gran Pez.

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