A 10 años del fallecimiento de José Luis Bello

Una mirada única

Pocas veces una redacción queda en silencio: es cuando no hay palabras ante tanto dolor. Eso pasó hace hoy diez años en El País cuando poco después del almuerzo, en un descanso entre nota y nota, fallecía el fotógrafo José Luis Bello. Sus imágenes son el mejor homenaje.

José Luis Bello

Fiesta nocturna en Punta del Este. Foto: José Luis Bello

El entonces intendente Mariano Arana le entrega las llaves de Montevideo a Fidel Castro. Foto: José Luis Bello

Washington "Canario" Luna. Foto: José Luis Bello

La selección Sub20 de Uruguay ante el combinado de Estados Unidos. Foto: José Luis Bello

Hurto al BPS de Parque Posadas. Foto: José Luis Bello

Marcha de los ambientalistas de Gualeguaychú contra la planta de UPM. Foto: José Luis Bello

George W. Bush junto a Tabaré Vázquez durante su visita a Uruguay. Foto: José Luis Bello

No importaba cuál fuera la nota, si el conflicto con Argentina, la final del campeonato uruguayo o la fiesta más exclusiva de Punta del Este: para José Luis Bello todas las coberturas eran igual de importantes. Siempre perseguía la perfección, y la lograba. Tenía ese don que lo hacía detenerse un segundo y encontrar enseguida el mejor ángulo.

También era dueño de un instinto que lo hacía tener esa toma que nadie más conseguía y que, en muchas ocasiones, terminaba en la portada de este diario. Como aquel día que sacaban a un famoso delincuente encapuchado de Jefatura y en los escasos segundos en que caminó hasta la camioneta, José Luis puso la cámara en el suelo y logró capturar su rostro.

También, seguramente, en el medio de conseguir esa toma única había una queja. “¿Con esta luz espantosa?”, solía repetir cuando llegaba a un lugar.

Era gruñón, sí, pero de esos con los que es un placer compartir horas de trabajo. Porque iba a hacer lo que fuera para lograr la mejor foto, porque sabía trabajar en equipo, porque siempre se aprendía a su lado. Era especialmente generoso con los colegas más jóvenes y, en los últimos tiempos, disfrutaba de enseñar formalmente.

Era el mejor amigo de sus amigos, un hombre que amaba a su familia, orgulloso de Lourdes, su mujer, y de Anaclara y Joaquín, sus dos hijos que heredaron sus ojazos azules pero también su amor por la fotografía, por ayudar a los más débiles y sus valores de fierro.

Pasaron ya diez años de su muerte. A ellos nuestro abrazo. Nosotros en El País también lo extrañamos todos los días.

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