patología le afectó manos y piernas, pero no la capacidad para recibirse

Médico a pesar de todo

José Almeida nació en Salto con una enfermedad que alteró el normal desarrollo de sus manos y sus piernas y afectó los músculos de su espalda. Su mamá era maestra, así que creció acompañándola mientras corregía y planificaba.

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Almeida tiene 34 años y trabaja desde que egresó, en 2010.

Con tres años aprendió a tomar el lápiz con las dos manos y a escribir su nombre. Ese tesón que lo hizo lograr desafíos sin reparar en la limitación lo llevó a las aulas de la Facultad de Medicina, a demostrarle a los docentes que podía, a seguir aunque no le tuvieran fe y a cuidar hoy con seguridad y alegría a los más pequeños de las instituciones de salud. En días será padre.

Son las nueve y media de la mañana; por los pasillos de la Sociedad Médica Universal pasan madres con niños en brazos y pequeños que corren detrás de los enfermeros. Una televisión entretiene a los que esperan un alta o hacen tiempo tomando un café en la cantina.

Por la escalera que va al segundo piso, donde se encuentra la emergencia pediátrica, baja el doctor José Almeida apurado y con cara de preocupado. Entró a la guardia hace dos horas y la tormenta trajo a un niño detrás del otro. "No puedo charlar ahora, perdonen", lamenta con el estetoscopio colgado en el cuello y vuelve a subir la escalera para atender a los pequeños.

Nada de lo anterior sorprendería si José Almeida no hubiera nacido con una enfermedad que le torció brazos y piernas y despertó en una nurse de Salto (ciudad natal) una frase que quedó grabada a fuego en su memoria: "No podes cuidar a nadie en esas condiciones".


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El rechazo y el dolor de la experiencia como estudiante de la Licenciatura en Enfermería lo hizo redoblar la apuesta y viajar a Montevideo para cursar Medicina en la Universidad de la República.

"Era una locura, te podés imaginar. Fue como decir bueno, no me dejan hacer (una carrera de) cuatro años y medio me voy a una de ocho 8 y medio", rememora entre risas en diálogo con El País cuando amaina el trabajo en la emergencia . "Pero bueno, por suerte me fue bien, la jugada salió".

Detrás de eso que llama suerte hubo 16 semestres para aprobar. "Cada semestre eran las mismas preguntas y cuestionamientos" de los docentes, rememora y agradece tanto a los que lo impulsaron como a quienes se quedaron callados por ser políticamente correctos.

A la distancia, dice estar seguro que creían que no iba a avanzar, que no se iba a recibir y prefirieron que se diera por vencido solo antes de tener que enfrentarlo directamente.

Trabajo.

La carrera ya es pasado. Almeida tiene 34 años y trabaja desde que egresó, en 2010. No oculta lo difícil que fue entrar al mercado laboral (una vez mandó un currículum, lo llamaron y cuando lo vieron lo rechazaron) pero lo logró y está terminando la especialidad en Pediatría.

"Los chiquilines preguntan ¿por qué tenés las manos así? Yo les digo que venía apretado de la panza de mi mamá y quedé arrollado, y pasan a otra cosa", cuenta con humor.

Técnicamente, padece artrogriposis múltiple congénita, patología que le afectó las articulaciones de los miembros y la musculatura de la espalda.

Para escribir una receta o una historia toma la lapicera con ambas manos y para colocarse el estetoscopio se ayuda con la boca con una habilidad que muchos no tienen aunque sus manos estén sanas.

Futuro padre.

Almeida representa al 1,3% de los alumnos de la Universidad de la República que cursan carreras terciarias a pesar de tener algún tipo de discapacidad para ver, oír o desplazarse. "Soy un sobreviviente del sistema", subraya.

Uruguay tiene al 16% de la población con algún tipo de limitación severa pero la amplia mayoría no llega a tener un título por su limitación, la falta de estímulos o las trabas del sistema educativo.

Por eso, cientos de personas quieren declararlo ciudadano ilustre de Salto, reconocimiento que el no está dispuesto a aceptar por su bajo perfil. "Yo no actúo de forma diferente a otros médicos. No vivo una novela", deja en claro y se percibe al verlo atender o desplazarse por el centro de salud.

Si de algo le sirvió la presión y los nervios a la hora de demostrar que podía arreglárselas para hacer una maniobra médica con un paciente igual que un médico "normal", fue para estudiar cada movimiento y no improvisar, algo que transmite confianza al equipo, a padres y pacientes.

Estudiantes con limitaciones le escriben para pedirle orientación cuando enfrentan dificultades. En el último año su vida dio un vuelco: se enamoró, formó pareja y se encuentra a horas de tener familia.

Escuchar.

En los primeros años de la carrera practicó horas en su casa y con su familia para lograr tomar el estetoscopio por sí mismo. También se aseguró de detectar tanto como sus compañeros para demostrarse que podía.

Compañeros.

Almeida no tiene problemas en que le pregunten qué le pasa y sabe hoy que puede cumplir con sus responsabilidades como cualquier colega. Desde esa seguridad disfruta el trabajo en equipo con sus compañeros.

Escribir.

Aunque a alguien le pueda resultar extraño cómo toma una lapicera, aprendió a los tres años cuando se sentaba junto a su mamá (maestra) mientras corregía. Si tiene que escribir en una cartelera sujeta la lapicera con la boca y lo hace.

SABER MÁS

VIVIR ENFRENTANDO BARRERAS


Disparidad. Acceden pocos y cobran menos

 La cantidad de personas con discapacitadas con secundaria completa o más estudios a los 25 años es del 12,6%. En quienes no tienen discapacidad es del 37,7%. Al ser contratados ganan 37% menos.

UdelaR. El 1,3% tiene alguna discapacidad

En la Universidad de la República hay 1.123 alumnos que estudian en alguna de sus facultades y licenciaturas a pesar de tener alguna discapacidad física. Representan poco más del 1% del total del alumnado.

Por el camino. Muchos no terminan el liceo

 Más del 16% de los uruguayos tiene una discapacidad permanente para ver, oír o caminar. Sin embargo, en el ámbito educativo la gran mayoría queda en el camino, antes de llegar a la universidad.

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