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José Ignacio, esa aldea de lujo

Desde los 26 metros de altura del faro, queda claro cómo se ha extendido eso que alguna vez fue un peñón solitario. Hoy José Ignacio abarca unas 36 manzanas y la profundidad de campo desde allí arriba tiene por un lado el mar, claro, y por el otro una sucesión de casas, en general lujosas, en donde no hace tanto había solo dunas.

De ser el hábitat de un farero solitario, hoy este punto a unos 60 kilómetros al oriente de Punta del Este se ha vuelto en la última década un concurrido, aunque exclusivo, balneario internacional.

José Ignacio tiene unos 40 habitantes permanentes que en temporada alta (que para el lugar es entre el 26 de diciembre y el 5 de enero) puede volverse una población de 1.500 personas. En un sábado de enero de los lindos puede llegar a recibir unos 8.000 turistas que se van con la caída del sol. La capacidad hotelera no es muy grande, por lo que pasar un día de playa es el plan más común.

Ese interés mundial y la belleza natural, han hecho que los precios de alquiler y de venta sean de altos para arriba. El metro cuadrado (que hace 40 años podía costar tres dólares, según dice José Secco de la coqueta posada Paradiso) está en los mil dólares. Los padrones son de 800 metros, por lo que saque la cuenta de cuánto sale un terreno.

"En 2001, compré un terreno por 55.000 dólares", dice una antigua pobladora del lugar. "Hoy vale un millón".

Como solo se puede construir una casa por padrón, la disponibilidad para alquilar es poca. De acuerdo a Ignacio Ruibal, agente inmobiliario e integrante de la Liga de José Ignacio, en el cambio del año, las casas se alquilan entre 10.000 y 70.000 dólares la semana.

Hay quienes pueden pagarlos. Acaban de irse James Murdoch, el hijo y heredero de Rupert Murdoch (el dueño de Fox y el Wall Street Journal, entre otros kioscos), Elon Musk, el multimillonario creador de Paypal, el sistema de pagos online más popular del mundo, y Martin Sorrel, el CEO de WPP Group, una multinacional de la publicidad y las relaciones públicas.

Los principales clientes (y promotores) del balneario siguen siendo los argentinos y, este año, los brasileños que, como en Punta del Este se hicieron notar. También se ve mucho paraguayo, chileno, estadounidense y europeo. José Ignacio es un verdadero balneario internacional.

"Este es un punto especial en el mundo", dice Clo Dimet, de Paradiso. "Dicen que es como la Ibiza de la década de 1980". Su socio, Secco, la compara también como una combinación de los Hamptons (en la costa este estadounidense) y St. Tropez. Tienen cómo saberlo, ya que su principal clientela es gente de mundo que tiene cómo comparar el destino.

"Es un pueblito de campo pegado a la playa", dice Ruibal, quien como integrante de la liga es uno de los principales promotores de mantenerlo así. Desde 1993, el lugar tiene una serie de regulaciones estrictas para la construcción o la llegada de inversionistas, algo que se consiguió gracias, dice, "a una comunidad muy participativa". Como "el 99% de los compradores de José Ignacio son consumidores finales", vienen con otro compromiso.

Ruibal llegó al lugar en 1972, cuando solo había unas pocas casas, principalmente de gente de Rocha. Cuando volvió a fines de la década de 1980, "sentí tanta paz" que decidió radicarse en el lugar. Desde entonces ha trabajado para difundir "la marca José Ignacio" que consiste en un pueblo rural sobre el mar, de carácter familiar y con baja densidad de población. Ha conseguido tentar a muchos.

Varios coinciden en un par de momentos que indicaron que la aldea estaba transformándose. Uno fue que empezaron a comprar casas algunos famosos y millonarios argentinos (Mirtha Legrand, Amalia Fortabat), y más acá personalidades mundiales como Shakira y el escritor inglés Martin Amis. También ayudó la llegada de negocios gastronómicos que revolucionaron el mercado. Hoy ese lugar es La Huella, que fue elegido en el puesto 17 en la lista de Los 50 Mejores Restaurantes de América Latina que publica la William Reed Business Media. La buena comida siempre es un llamador para turistas de todo el mundo y La Huella ha colaborado, coinciden, en poner a José Ignacio en el mapa del turismo mundial. Recientemente, además, la cadena Vik inauguró un vistoso hotel sobre la playa Mansa.

Este jueves soleado, hay mucha gente. Y en el estacionamiento de la Brava pegado al faro, hay muchos autos argentinos y uruguayos, varios paraguayos (que parecen haberse volcado en sus grandes camionetas a Punta del Este y alrededores) y un par de brasileros.

"De noche esto se vuelve un barrio", dice Ruibal, para quien eso es parte del éxito internacional del balneario. "En la plaza pueden estar jugando el hijo del magnate con el del comisario", dice. El ambiente es familiar y la prohibición de abrir discotecas ayuda a la calma del lugar. Los extranjeros encuentran el encanto de lo distinto de un lugar que, dice Ruibal, "está tan lejos y tan cerca".

"Es una aldea de lujo", dice Clo Dimet, quien como muchos de los que viven o trabajan allí adora el lugar. Y mientras lo dice sirve la que, dice, es la mejor torta rogel del mundo. Tiene razón. Pero, más allá de los méritos indudables de su reposteria, todo en José Ignacio —la naturaleza, las casas, la playa, el faro, el mar— tiene una justificada tendencia a lo superlativo.

RURAL Y LUJOSO

Como bien dicen algunos de los entrevistados, José Ignacio es una combinación de lujo, ambiente rural y cierto aire de pueblo. En los últimos años han aparecido emprendimientos que lo han modernizado (el hotel Vik, por ejemplo) y hay tiendas sofisticadas (Matute) junto a la tradicional despensa de Manolo, una institución local. Es un balneario exclusivo, sí, pero también un hermoso lugar para visitar en plan gasolero. Y de paso cruzarte con alguna celebridad de las que andan por ahí tan lejos y tan cerca del mundo.

HISTORIAS


Un lugar donde los terrenos no valían nada


"Toda la gente que llegaba aquí era por la pesca", dice María José Machado, hija de uno de los primeros pobladores de la zona. En esa época vivían 40 personas todo el año (igual que ahora) y "era el centro de todo un área rural". Aún en la década de 1960, recuerda, "había una oficina de Aduanas para controlar que la gente no se llevara nada de los barcos encallados". También estaba la policía, un almacén, un bar y la plaza "pero no muy definida", apenas una manzana vacía.

Para los trámites, las compras y la escuela había que ir a San Carlos, de donde venía a pescar mucha gente "pero en general eran solo los locatarios", hasta la década de 1980 cuando dejaron de ser tres o cuatro casas por manzana para comenzar un boom de construcción y el "malón" de turistas. Una de las primeras en instalarse, recuerda Machado, fue la princesa Laetitia DArenberg. Hasta mediados de la década de 1980, no había luz ni agua.

"Los terrenos no valían nada", dice Machado. Aún en la década de 1980 se los podía permutar por un Chevette. Su padre fue propietario, por ejemplo, del único ómnibus que llegaba al lugar que usaba para venir con sus amigos a pescar. Así de provinciano era todo.

Comienza el festival de cine del balneario


Uno de los grandes eventos culturales de la temporada ocurren en el balneario y en Pueblo Garzón. Se trata del José Ignacio International Film Festival que es definido por sus organizadores como "una propuesta de vanguardia que propone la proyección de películas de prestigio y reconocimiento internacional".

Se realiza en tres lugares: dos en José Ignacio (la Bajada de los Pescadores y la Chacra "La Mallorquina" y en la Estación de trenes de Pueblo Garzón.

La programación de este año incluye películas que no han sido estrenadas en Uruguay y vienen con mucho prestigio como Force Majeure de Ruben Ostrund, Mommy del canadiense Xavier Dolany Listen Up Philip de Alex Ross Perry. A eso hay que sumar una exhibición especial de la chilena Neruda de Manuel Basoalto y la uruguaya Retrato de un comportamiento animal de Florencia Colucci y Gonzalo Lugo. Conviene chequear el lugar de las exhibiciones en el sitio del festival www.joseignaciofilmfestival.com.

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