ECOLOGÍA

Un refugio ante el cambio climático

Las islas Svalbard se han convertido en observatorio científico privilegiado de este inquietante proceso.

Nadie vivía en el lugar antes de la llegada de Willen Barents en 1596. Foto:@TravelEarthNow

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EL PAÍS DE MADRID14 mar 2017

Solo debe de existir un lugar en el mundo donde alguien puede entrar con un rifle y un pasamontañas en un banco sin que nadie se inmute: Longyearbyen. Esta frase, pronunciada por uno de los diez policías que vigilan un territorio tan grande como Irlanda, puede servir para resumir la vida en la ciudad situada más al norte del mundo, capital del archipiélago de las Svalbard, de soberanía noruega.

Tiene 2.240 habitantes, 40 nacionalidades y un gigantesco valor estratégico que no hace más que crecer con el cambio climático, que propicia nuevas rutas marítimas a través del Polo Norte y un acceso más rápido a sus inmensos recursos naturales.

El único problema de seguridad son los osos polares —unos 3.000 en las tres islas principales—, motivo por el que la ley exige que cualquier ciudadano que abandone los escasos núcleos de población debe ir armado con un rifle de un calibre suficiente para tumbar a una criatura imprevisible, peligrosa y que puede llegar a pesar hasta 800 kilos.

"Existe mucho interés estratégico por esta ciudad tan cerca del Polo, por saber cómo conseguimos que funcione y sea próspera una comunidad tan al norte", explica Arild Olsen, un antiguo líder sindical minero y actual alcalde de Longyearbyen.

Una de las primeras imágenes que sorprenden al contemplar esta plácida localidad de casas de madera de diferentes colores es que desde ninguna vivienda emerge humo de chimeneas pese al frío polar (en el sentido literal de la expresión, ya que el Polo se encuentra a 1.400 kilómetros). La madera, como cualquier producto, es un lujo porque en las islas Svalbard no crecen árboles, ni se puede cultivar nada: el suelo es permafrost (tierra helada) y el 60% del territorio son glaciares.

Todo, la leña, las naranjas, los autos o la leche, se trae por avión o barco, salvo el carbón mineral y la carne de foca y reno. Instalarse en ese rincón del mundo representa un esfuerzo enorme de infraestructura. Es un gigantesco desierto helado en mitad del océano Ártico, muy cerca de la zona de hielo permanente del Polo.

Nadie vivía allí antes de la llegada del explorador holandés Willem Barents en 1596. Ahora es más bien todo lo contrario. No importa con quién se hable, con la cajera del supermercado —colombiana—, con dos obreros polacos, con una noruega que ejerce de guía turística y mantiene una manada de 12 perros de trineo, con un venezolano que trabaja en la universidad o con un antiguo reportero de sucesos en Los Ángeles que dirige un diario local (bueno, dirige y escribe porque es el único trabajador); todos describe la vida en Svalbard como El Dorado polar.

Estratégico.

El pastor Leif Magne Helgesen, lleva 12 años en la isla y es coordinador del ensayo The Ice is Melting (el hielo se funde). Sobre los cambios que experimenta la ciudad explica: "El interés por el Ártico es económico y estratégico. El dinero lo mueve todo. Pero también existe un interés científico a causa del cambio climático: lo que ocurre aquí va a tener influencia en todo el mundo". Desde 1979 se perdió 40% de la capa de hielo en el Polo.

Muchos de los asentamientos allí son estaciones científicas, como Ny-Alesund, que simboliza el interés internacional por el Ártico ya que reúne equipos de China, Alemania, Reino Unido, Japón, Noruega, Corea del Sur y Estados Unidos. Viven unas 50 personas en invierno y hasta 200 en verano. Hornsund, una base polaca, solo cuenta con 15 personas.

Los geólogos consideran que una quinta parte de los recursos de gas y petróleo no descubiertos en el mundo se encuentran en esa zona más allá del Círculo Polar Ártico.

Pero su importancia inmediata radica en que el deshielo permitirá la consolidación de nuevas rutas marítimas que, a través del norte, conectarán el Atlántico con Asia, acortando distancias y permitiendo ahorrar miles de dólares en combustibles.

El corazón de esta nueva fiebre del oro se encuentra en el lugar más feliz del mundo, que desea y necesita los cambios pero, a la vez, los teme.

EN BREVE

Osos. Una amenaza real para los habitantes

En la ciudad noruega de Longyearbyen hay que ir armado por los osos. En 1995 una visitante fue devorada en las afueras y en 2011 un estudiante murió en un ataque durante una excursión.

Servicios. Cada vez más interés por el lugar

Longyearbyen tiene un aeropuerto, un puerto, 650 camas hoteleras, una universidad con 300 alumnos, cafés, restaurantes japoneses, tailandeses o internacionales, colegios, un centro cultural y un museo.

Slogan. Lo que está más al norte en el mundo

Casi todos los comercios se promocionan con la misma coletilla: la fábrica de cerveza más al norte del mundo, el supermercado más al norte del mundo, la chocolatería más al norte del mundo.

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