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El Cabo, entre reserva natural y súper balneario

Cabo Polonio es un paraíso de flora y fauna para miles de visitantes dispuestos a soportar la vida rústica.

Cabo Polonio es uno de los destinos turísticos preferidos de Uruguay. Foto: Juan Gari
Cabo Polonio es uno de los destinos turísticos preferidos de Uruguay. Foto: Juan Gari
Cabo Polonio es uno de los destinos turísticos preferidos de Uruguay. Foto: Juan Gari
Cabo Polonio es uno de los destinos turísticos preferidos de Uruguay. Foto: Juan Gari
Cabo Polonio es uno de los destinos turísticos preferidos de Uruguay. Foto: Juan Gari
Cabo Polonio es uno de los destinos turísticos preferidos de Uruguay. Foto: Juan Gari
Cabo Polonio es uno de los destinos turísticos preferidos de Uruguay. Foto: Juan Gari
Cabo Polonio es uno de los destinos turísticos preferidos de Uruguay. Foto: Juan Gari
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Cabo Polonio es uno de los destinos turísticos preferidos de Uruguay. Foto: Juan Gari
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Cabo Polonio es uno de los destinos turísticos preferidos de Uruguay. Foto: Juan Gari
Cabo Polonio es uno de los destinos turísticos preferidos de Uruguay. Foto: Juan Gari
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Cabo Polonio es uno de los destinos turísticos preferidos de Uruguay. Foto: Juan Gari
Cabo Polonio es uno de los destinos turísticos preferidos de Uruguay. Foto: Juan Gari
Cabo Polonio es uno de los destinos turísticos preferidos de Uruguay. Foto: Juan Gari
Cabo Polonio es uno de los destinos turísticos preferidos de Uruguay. Foto: Juan Gari
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Cabo Polonio es uno de los destinos turísticos preferidos de Uruguay. Foto: Juan Gari
Cabo Polonio es uno de los destinos turísticos preferidos de Uruguay. Foto: Juan Gari
Cabo Polonio es uno de los destinos turísticos preferidos de Uruguay. Foto: Juan Gari
Cabo Polonio es uno de los destinos turísticos preferidos de Uruguay. Foto: Juan Gari
Cabo Polonio es uno de los destinos turísticos preferidos de Uruguay. Foto: Juan Gari
Cabo Polonio es uno de los destinos turísticos preferidos de Uruguay. Foto: Juan Gari
Cabo Polonio es uno de los destinos turísticos preferidos de Uruguay. Foto: Juan Gari
Cabo Polonio es uno de los destinos turísticos preferidos de Uruguay. Foto: Juan Gari
Cabo Polonio es uno de los destinos turísticos preferidos de Uruguay. Foto: Juan Gari

A las 12  de un día soleado de mediados de enero, cerca de 80 personas hacen cola para subir a un camión. Es la terminal de entrada al Cabo Polonio.

Alberto, el encargado de coordinar la salida de los camiones, le explica a un hombre que visita por primera vez el balneario rochense: "Como son como dos bahías enfrentadas, cuando una de las playas está picada o ventosa, la otra está divina".

En temporada alta, los camiones salen desde las 7 de la mañana, y luego a las 8:30 y cada una hora, hasta las 22:30, en camino al Cabo. Si entre turno y turno llega gente suficiente para llenar uno de los camiones que llevan, en promedio, 35 personas, también sale. Está prohibido entrar en auto al balneario. Solo pueden entrar camionetas cuatro por cuatro, previo pago de un permiso especial. Igual, parte de la aventura poloniense es ese viaje de unos veinte minutos entre las dunas a puro sacudón.

Este verano, el pico de entradas fue el sábado 2 de enero: 2.070 personas. En esta época se mantiene entre unas 1.400 y 1.500 por día.

Verde.

El agua en distintos tonos de verde aparece y se puede ver desde el camión por primera vez unos 15 minutos después de empezar el viaje. Se trata de la playa Sur, una de las más profundas del país, según explica Maximiliano Licandro, guardavidas: "A unos 150 metros de la costa ya hay 20 metros de profundidad".

Algunos días, está serena, clara y con varios bancos de arena. "Otros, cuando entra mar del sur, se pica y se forman hasta tres corrientes de retorno", dice Licandro. "El año pasado tuvimos cerca de 40 rescates", cuenta el guardavidas. "Éste, tuvimos solo dos luxaciones de hombro. En una tuve que chiflar y llamar a un médico a los gritos. El otro, era la sexta vez que se luxaba y nos dijo cómo colocárselo. Una noche tuvimos que ir a auxiliar a un intoxicado con gas en un hostel. Acá no hay médico, no hay Policía", dice. "Somos lo único que hay".

Paradores.

Cuando el camión ingresa al Polonio, pasa a pocos metros del parador más popular del Cabo: "Al fin y al Cabo". Diego Grignola, administrador del lugar, cuenta que desde el principio le vio potencial al lugar.

Sin embargo, tuvo que luchar con una de las mayores limitaciones del Cabo Polonio, fuera de todo lo espectacular que tiene: el saneamiento.

En un lugar sin energía eléctrica ni agua corriente, donde las casas se iluminan a vela, farol o energía solar, y el agua se extrae mediante bomba o de un pozo y se calienta a gas o en bidones al sol, no fue fácil, dice. La solución: "Un baño ecológico con depuración de aguas hervidas a base de papiros y totoras", cuenta.

En el centro, donde termina el recorrido del camión y empieza la calle en la que se encuentran varios puestos de artesanías, se ubica Lo de Danny, restaurante de Daniel Machado (48 años), tercera generación de una familia poloniense.

Machado explica que "el Cabo se vuelve un balneario más durante el día. Hay mucha gente que entra y sale. Muchos llegan y no saben ni a dónde llegaron. No saben ni que hay lobos detrás del faro. O que hay dos playas, porque entran por la Sur pero se bajan en la Norte y se desorientan. Pasa más con argentinos y uruguayos. Los europeos vienen mucho mejor informados. Saben qué es lo que hay, lo que no y lo que necesitan".

Fauna.

Cabo Polonio es hogar de una de las mayores reservas de lobos marinos del mundo. Detrás del faro, camuflados por su color entre las rocas, se divisan cientos de especímenes en reposo. También puede verse otros cientos de manchas negras en el agua: son los lomos y las aletas y cabezas de los lobos que nadan. La "Lobería" es uno de los principales atractivos del balneario y ofrece un espectáculo poco común. A lo lejos, tanto desde la zona de detrás del faro como desde la playa Norte, también puede verse pequeños islotes rocosos llenos de lobos. Cuando el viento sopla desde el mar, se siente el aroma intenso de los animales.

No son los únicos animales que se ven en el Cabo. Una caminata por los alrededores permite ver gansos, gallinas, caballos, perros, gatos, patos y, si llueve, sapos.

Machado cuenta, también, que "varios vienen en la época de ballenas. De julio a noviembre. Se pueden encontrar, o no. Pero vienen a buscarlas".

Tanto su restaurante como la entrada al faro están adornados con fotografías de ballenas avistadas desde la costa poloniense.

La pesca deportiva no es común en el balneario. "Está el mito de que, como hay muchos lobos, acá no se pesca", explica Machado. "Los lobos comen pescado así que, si no hubiera, no habría lobos. Además, el lobo acarrea cardúmenes para que sus crías coman", agrega.

Diego, un veraneante, cuenta que dejó de llevar su caña al Polonio porque nunca pescaba. "Pero el aguatero me dijo que tiró en unos pozos que hay ahí nomás y sacó 80 sargos", dice, señalando a pocos metros de la zona más rocosa. "Los que son de acá saben", agrega.

El peluca y la falacia.

Los que se animan a dar una recorrida por las rocas del Cabo, que no dan la vuelta al primer tropezón, pueden encontrar piscinas naturales de agua cristalina alejadas del tumulto de gente que se junta en las playas Sur y Norte. Hay que estar dispuesto a llevarse algún raspón durante el baño o la caminata.

Las olas entran y salen de estas piscinas renovando el agua en la que se pueden ver pequeños peces y decenas de anémonas que se cierran suavemente alrededor del dedo cuando sienten el contacto.

En una de estas piscinas se bañan Franco y su esposa, Chela, con un flotador negro atado a una cuerda azul a poca distancia.

"Allá está el Peluca", cuenta Franco, señalando a un enorme lobo marino con una especie de melena rubia. "Debe pesar unos 500 kilos. Lo debe haber echado de las islas un lobo más vigoroso. Todos los lobos que ves acá son machos desplazados de las islas por los otros que se quedaron con las hembras", explica.

A menos de diez metros de ellos dos, varios lobos marinos reposan en las rocas, refrescados cada tanto por alguna ola grande que choca cerca de ellos.

"A veces me pasan por al lado y me rozan, pero no hacen nada", dice Franco, de 62 años.

De repente, sin perder una sonrisa serena, dice: "El Cabo es una gran falacia. Dicen que es una reserva natural y entran 1.500 personas por día. Más que reserva es un súper balneario". Según Franco, debería haber un cupo limitado de entrada de 100 personas al año.

Franco y Chela veranean hace 40 años en el Cabo. Tienen una casita mínima sobre las rocas, con una pared de vidrio de cara al océano. A pesar de la belleza de estos lugares escondidos en el Cabo, Chela, que tiene una rodilla raspada, advierte: "Para meterse al agua acá hay que conocer y saber nadar. No flotar. Saber que si te lleva la corriente y una ola no te trae tenés que esperar tranquilo hasta que la próxima o la siguiente lleguen y te acerquen a las rocas". Luego, se pasa una mano por los ojos para escurrir el agua, mira hacia el mar y agrega: "Como hacen los lobos".

Fuego y estrellas.

Es poco probable que haya un lugar en Uruguay donde la noche se pueda disfrutar más que en el Cabo Polonio. Tras la puesta del sol, que suele ser alucinante, sobre la playa Sur comienzan a prenderse las ventanas de las casitas del Cabo, iluminadas por las velas o los faroles de los turistas.

En el centro del pueblo, algunos turistas esperan la salida del último camión de vuelta, fijada a las 20:00 horas.

Los aullidos de los lobos marinos, que llegan desde las islas cercanas, son la banda sonora permanente del Cabo. A eso se suman las olas que estallan contra las rocas y la costa y el sonido cercano o lejano de alguna guitarreada en algún hostel o alguna casa.

Estación Central es el boliche de los que, después de un día de playa, todavía tienen ganas de bailar. Otra opción para los nocheros es Lo de Joselo, un bar que, visto desde afuera, parece un matorral y en el que las sillas y las mesas se mimetizan con las plantas.

En el cielo, cada pocos minutos, puede verse el pasaje de una estrella fugaz. Los fogones aparecen uno a uno en distintos puntos y el olor del mar se mezcla en algunos lugares con el de los asados. Y sí, también, de a ratos, una oleada de olor a marihuana le da su aroma dulzón a la noche.

La Vela, Onda Vaga y #TocoParaVos

Como en todo lugar asociado a la bohemia, la música está muy presente en el Cabo Polonio. Desde una banda de cajón peruano, saxofón, guitarra y palmas a un guitarrista que canta los pedidos del público (que elige de un menú de canciones), se puede armar un toque espontáneo en un minuto, en cualquier lado.

Diego Grignola, del parador Al fin y al Cabo, cuenta que Sebastián Teysera, "El Enano" de La Vela Puerta, tocó al atardecer, días atrás, con su hijo y

María Deal, la vocalista de la banda de cumbia cheta #TocoParaVos. "Es amigo de la casa. Viene siempre a escribir, a pensar, a chupar, a lagartear. Terminamos de nochecita, con el parador lleno, con velas, todos cantando José Sabía", recuerda Grignola.

Además, menciona al conjunto argentino Onda Vaga, que nació en el Polonio, donde, dicen, sus integrantes compusieron el tema "Mambeando".

Al fin y al Cabo fue también el lugar de descanso este verano de Jorge Drexler, cuanta Grignola. El cantante uruguayo, que suele mencionar al Cabo Polonio como uno de los lugares que lo inspiran, incluso dedicó la canción "13 segundos de oscuridad", a este lugar.

"Estuvo dos o tres días acampando acá. Sesteando. Con su señora. Poniendo música.

Era uno más de la casa", dice Grignola.

Precios de un paraíso rústico e impagable


En temporada alta, todo lo que tiene de paradisíaco el Cabo, lo tiene de caro. La entrada en el camión cuesta $ 200 pesos, ida y vuelta (los menores de 5 años no pagan). Si se quiere ingresar con tabla de surf, se deben abonar $ 100 extra. Por su parte, los residentes permanentes deben pagar un boleto de $ 90 ida y vuelta. El parking cuesta $ 200 por día.

A pesar de su rusticismo, los hostels, cuestan en el entorno de los US$ 80 la noche. Una joven contó a El País que fue por el fin de semana a Punta del Este y le cobraron lo mismo. Y el de Punta incluía desayuno.

Hay cerca de 15 lugares para ir a comer donde se puede degustar buñuelos de algas (un clásico), unas miniaturas de pescado o unas rabas en el entorno de los $ 250 y $ 350. Una botella de 500ml de agua cuesta no menos de $ 50. En el parador Al fin y al Cabo, una tabla de mar cuesta $ 500 y los licuados y la limonada $ 180 y $ 320, en jarra chica o grande.

En la playa Norte, el restaurante y posada Mariemar ofrece una picada de buñuelos, rabas, camarones y mejillones a $ 590 o una paella para dos a $ 980, por ejemplo. El Templao, conocido como “lo de Lujambio”, es la provisión más conocida del Cabo Polonio, aunque no la única. Ahí se puede encontrar de todo, desde comida y leña hasta utensilios de limpieza o cigarrillos. Todo está unos pesos más caro que en Montevideo. La gente se ve atada a comprar víveres en el Cabo debido a la poca accesibilidad del lugar: no es fácil llevar el clásico surtido para las vacaciones cuando los camiones van desbordantes de gente, bolsos y tablas de surf.

El mejor paseo en el Cabo es una caminata. Pero, si se quiere pagar, el plan más barato es el faro: $ 25 todo el año para quienes se animen a subir los 132 escalones.

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