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VICTOR DAVIS HANSON
Historiador.
Un Demócrata que votó por George W. Bush y apoyó la guerra de Irak, Victor Davis Hanson es uno de los historiadores militares más importantes de la actualidad. Considerado un neoconservador, sus libros refieren a una tradición bélica que heredamos de los griegos, recurso inevitable para mantener en pie las ideas democráticas y liberales, cuando son amenazadas por sus enemigos. Un buen resumen de su pensamiento está en Guerra. El origen de todo (Turner, 550 pesos) que es de 2010 pero acaba de ser editado en Uruguay. Polémico y bien documentado, Hanson prefiere la paz pero defiende la guerra.
Hoy vivimos tensiones que datan de siglos atrás -tanto en la práctica militar occidental global como en el escrutinio periódico a que esta está sometida- pero que nunca habían sido tan intensas. Siendo la naturaleza humana como es, nunca habrá paz perpetua ni consenso internacional duradero. En su lugar y como en el pasado, asistiremos a ciclos y tendencias que favorecerán alternativamente la guerra convencional y la no convencional, o ninguna de las dos si no otra bien distinta. La diferencia de la época actual es, en cualquier caso, que el número de agentes que intervienen en la guerra occidental y el ritmo al que lo hacen son mucho mayores.
El comienzo de la globalización las armas nucleares y los enormes flujos de capital hacia países no occidentales han inclinado por un tiempo la balanza a favor de aquellos que defienden la aplicación del poder occidental a la manera tradicional. Es cierto, Europa, el matadero por excelencia, está ahora unida y en paz, y mantiene una alianza informal con Estados Unidos. Ahora bien, cruzar el río Yalu, bombardear Hanoi, persistir en la frontera paquistaní...todas estas escaladas de violencia han hecho que en el último medio siglo creciese la amenaza de que alguna potencia nuclear, con una actitud deliberadamente menos reflexiva y predecible que Estados Unidos, Gran Bretaña o Francia, pueda traspasar la línea roja nuclear.
Dada la creciente escasez de petróleo y las grandes sumas que su compra transfiere a Medio Oriente, Rusia, África y Sudamérica, los terroristas e insurgentes pueden adquirir armas comparables a las fabricadas en Estados Unidos, Francia o Suecia.
Que estados no democráticos, como China, Corea del Norte, Pakistán, Rusia y, tal vez muy pronto, Irán posean armas nucleares significa que los conflictos globales no los decidirá ya necesariamente la superioridad de los ejércitos en sí. Los estancamientos, las victorias y las calamidades en Corea, Vietnam y tal vez Irak y Afganistán son prueba de ello. Pronto la guerra, donde quiera que se libre, invocará la amenaza de una nueva potencia nuclear, una comportamiento más impredecible, con menos que perder o que albergue más resentimiento que un Estado nuclear pero democrático como Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia o Israel. Como resultado, habrá menos guerras occidentales, pero, además, probablemente se librarán de maneras menos convencionales y más favorables a las sociedades no occidentales.
¿Dónde nos deja todo esto a comienzos del nuevo milenio? No con un panorama tan sombrío como cabría imaginar, dado que todavía podemos reaprender una lección que antes todos sabían y que ha servido para mitigar el peligro a lo largo de los siglos. Y es que el riesgo no está en aceptar que la naturaleza innata de la guerra reside en lo más profundo de nuestros corazones, sino precisamente en negarlo. La historia es nuestra gran aliada. Nos ofrece tanta esperanza como los escudos de alta tecnología, los innovadores métodos de diplomacia o un gobierno mundial en consenso.
Hay quienes creen que la inmutabilidad de la naturaleza humana es motivo de tristeza, dado lo trágico de la historia. Yo no. En cambio, encuentro consuelo en el hecho de que seguimos siendo iguales que los griegos, pero con dos mil años de experiencia, de ensayo-error y de tragedia de los que aprender; por tanto podemos predecir en líneas generales lo que los hombres y mujeres probablemente pensarán y harán en tiempos de crisis.
El estudio del pasado nos enseña cómo prevenir guerras letales. Si conocemos la naturaleza de nuestra sociedad y nuestro modo de hacer la guerra -sus ventajas mortíferas y las maneras complejas en que, en ocasiones, estas se ponen a prueba- podremos entender mejor nuestro comportamiento en un terreno que nos es familiar, pues esencialmente no es distinto de aquel en que combatieron los soldados de Maratón o Iwo Jima.
Nuestra gran esperanza no es solo que seamos capaces de luchar tan bien como lo hicieron los atenienses que salvaron nuestra civilización en Salamina o como los marines que rompieron la línea de Shuri en Okinawa, también que habremos aprendido qué es lo que evita semejantes baños de sangre. El conocimiento, es cierto, implica también la aceptación de la ubicuidad de la guerra.



