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 Sábado 04.09.2010, 19:20 hs l Montevideo, Uruguay
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Que Pasa

Ilusión quilera

Aunque los precios en Brasil no convengan, abran nuevos negocios en la ciudad y la Aduana esté siempre alerta, el contrabando hormiga aún es el único recurso para muchos en Melo.

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Paula Barquet, en Cerro Largo

Las declaraciones del director nacional de Aduanas fueron el comentario de ese jueves 26 en Melo. "Parece que liberaron la frontera", se decían unos a otros. "Se terminó el trancazo, lo vi en la tele", repetían.

En la calle Internacional de Aceguá, que divide tierras uruguayas de brasileñas, también se enteraron de lo anunciado por Enrique Canon: Aduanas no dejará de cumplir sus cometidos de control, pero se ejecutarán "con flexibilidad y sensibilidad social". Significa que el "cero kilo" que el último mes tuvo desempleados a cientos de pequeños contrabandistas, y preocupados a otros cuantos almaceneros, habría quedado atrás.

Desde la plaza donde tantas veces cargaron mercadería, impúdicos, ante quien quisiera verlos, una vez más, los quileros -también llamados motoqueros o motoquileros- arman su equipaje. Agrupan 10, 12, 14 garrafas y las atan de la forma en que sólo ellos pueden. Las colocan sobre una madera que oficia de parrilla. Por encima apoyan un cajón de tomates, otro de morrones. Quizá también una bolsa de papas o una funda de refrescos.

Es el procedimiento de siempre, pero con una excepción: saben que ese día no los frenará nadie. Pueden estar tranquilos de que para la noche habrán ganado unos pesos. Su trabajo está a salvo.

el problema social. Alejados del radio de ocho cuadras que abarca el centro melense, en "los barrios" que le dicen, los almacenes se cuentan por manzana. Cada vez hay más oferta y menos ganancia. Y cuando se instala un nuevo colega a pocos metros, la pérdida se mide en litros de leche no vendidos.

En Melo se refieren a la falta de fuentes laborales como "el problema social". Sienten que Cerro Largo es "el departamento que tiene más difícil la cosa". La salida para el adulto promedio que ha probado varios trabajos y no ha tenido éxito en ninguno, es poner un almacén y beneficiarse de la frontera que está a 60 kilómetros de la capital.

El almacenero que no cruza, encarga. Y el que no encarga, compra a los que pasean por la ciudad ofreciendo mercadería adquirida en Aceguá. Son distintas modalidades, "pero el 100% recurre a eso", asegura detrás del mostrador una mujer que se confiesa "bagayera de toda la vida" y prefiere preservar su identidad.

Los más indefensos de ese sistema son los quileros que tradicionalmente iban a caballo, luego en bicicleta y ahora en moto, conduciendo por campo abierto para evitar la Aduana; más de noche que de día, sin luces, chapa ni patente, en completa ilegalidad, con 300 kilos encima y con más chances de morir que de llegar a destino ilesos.

De hecho, todos los días hay lastimados y cada tanto algún fallecido. Suelen perder el equilibrio y morir aplastados por la mercadería que llevan. Todo por ganarle dos pesos a un producto que sale 10, o cinco a uno que cuesta 20.

Nadie sabe cuántos quileros hay. Entre 50 y "cientos" oscilan las respuestas. Pero los melenses recalcan que "cargan los que no tienen otra opción", que "a ninguno le hace gracia tener que ir a la frontera" y que "son laburantes como cualquiera".

Aunque no llegan a vivir en indigencia, los quileros se ven como los más pobres de Melo. Cuentan con la complacencia del común de los ciudadanos, conocedores y entendedores de "la situación" que les tocó atravesar. No se los señala, al contrario: se los defiende.

Por eso cuando el ex administrador departamental de Aduanas, Alfredo Martínez, se puso estricto con el contrabando hormiga durante el último mes en el cargo, instantáneamente pasó a integrar la categoría de "los que no entienden la situación".

Aunque esa tarde algunos celebran la flexibilidad anunciada, otros desconfían. "La cosa está muy podrida con la Aduana", dice un bagayero a Qué Pasa mientras un colega suyo carga fundas de refrescos y cajones de verduras en la bodega de un ómnibus, en la plaza de Aceguá.

Desde las siete de la mañana, cuando sale el primer ómnibus de Melo a Aceguá, comienza el trasiego de bagayeros de ómnibus. Son líneas contratadas por la intendencia para realizar ese trayecto, por los melenses que trabajan en Aceguá y los niños que van y vuelven de la escuela, apostada al borde de la ruta 8.

En los mismos vehículos viajan los bagayeros, en plena complicidad de los choferes y con absoluta indiferencia de los pasajeros. Tampoco llaman la atención de las oficinas de la Aduana uruguaya que están justo frente a la plaza donde, al igual que los quileros, cargan impunes.

Desde uno de esos ómnibus, Qué Pasa dialoga con uno de los tres o cuatro bagayeros que viajan. Son todos hombres y en su mayoría jóvenes. Sufren de nervios desde que arranca el motor hasta que llegan a la terminal, con mayor sobresalto en las dos aduanas por las que pasan. Algunos se juegan mucho, otros sólo cargaron de caramelos un bolso de mano. Igual, parece que a todos se les fuera la vida en ese contrabando menor.

De repente el vehículo se detiene frente a una vivienda. Uno baja, corre hacia allí, y vuelve con una caja cerrada. Otro lo ayuda a subirla, y el chofer continúa el viaje. Es mercadería que dejaron más temprano en otro viaje, alertados de que por ahí andaba "la (aduana) móvil". "La barra siempre te auxilia", dice un bagayero en alusión a la familia que guardó la caja durante esas horas, y aclara que todo el pueblo es igual de considerado.

En la de Aduana de Aceguá, los funcionarios hacen la vista gorda ante la mercadería. Pero la buena suerte se termina en la de Melo. Un aduanero, muy serio, ordena incautar 10 fundas de bebidas. Su dueño, que había invertido 400 pesos, intenta mínimamente despertar compasión. "No sea malo...", le dice bajito. Ante la mueca del otro, agacha la cabeza y visiblemente angustiado por la pérdida, vuelve a su asiento.

Esa vez no hubo coima. Pero la gente del pueblo afirma que lo habitual es que los bagayeros dejen "50 o 60 pesos" en la Aduana. Un funcionario de esa oficina de contralor se lamentó con este suplemento: "Dicen que coimeamos pero es mentira. A los motoqueros ni los paramos".

Las fundas incautadas probablemente hayan excedido el concepto de contrabando hormiga del aduanero que decidió retenerlas, pero no hay un criterio definido. Durante el tiempo en que la frontera estuvo "cerrada" se exigía "cero kilo" o "cinco kilos". También se llegó a permitir los "30 kilos" equivalentes a una canasta familiar.

En mayor o menor medida, el "trancazo" que cada tanto se instala en la frontera perjudica a todos: quileros, bagayeros y ciudadanos en general. También a los comerciantes, opina la almacenera de Melo, "porque si la gente no tiene plata, no compra". "Es un círculo", explica.

En realidad, hace varios años que el contrabando menor es más una tradición de la que no logran desprenderse, que una ventaja real.

El aceite en lata. Desde que Brasil devaluó en 1999, los productos brasileños se fueron encareciendo al punto que algunos igualan el precio de su equivalente uruguayo, o incluso lo superan. Hoy la Coca Cola sale más cara en Brasil, lo mismo el aceite, los neumáticos y algunas marcas de yerba. Igual, esos productos brasileños se siguen comprando por costumbre. "El cliente los pide", aseguran los almaceneros.

Verduras, caramelos, ciertas marcas de refrescos, bebidas alcohólicas, fiambres y pollos todavía conviene comprar en la frontera. Aunque la ventaja de traer estos últimos, de origen animal, no valga el riesgo: "Son los que todos comen pero nadie sabe de dónde salieron", explican los almaceneros, sonrientes. "Es como si fuera droga. Lo más prohibido entre lo prohibido, por la barrera sanitaria".

Cuando Ta-ta se instaló en Melo, en 1995 -ya tiene dos sucursales, una en el centro y otra frente a la terminal- sus ciudadanos descubrieron que el aceite podía venderse en envase de plástico. Por mucho tiempo prefirieron el enlatado brasileño, aun cuando el precio era sensiblemente mayor.

La devaluación del real y la presencia de Ta-ta, u otros supermercados que fueron apareciendo en Melo, no alcanzaron para procesar el cambio. Costó comprender, por ejemplo, que no valía la pena comprar una heladera brasileña sin garantía por unos pocos pesos menos.

Pero también es verdad -y los melenses lo destacan siempre que pueden- que las distribuidoras uruguayas hasta hace unos años no llegaban a la capital. Ahora, aunque van, no lo hacen siempre con la misma frecuencia ni llevan todos los productos.

Aun con el "trancazo", hay un producto que siempre cruza la frontera: el supergás. Y no precisamente para que los quileros conserven su trabajo.

En Melo el gas siempre fue brasileño y las garrafas, distintas a las uruguayas en su tamaño y su válvula, también. Cuando empezó a llegar el gas uruguayo, hace unos 10 años, algunos se adaptaron y pasaron al sistema nacional. Hoy, que recargar una garrafa brasileña cuesta 360 pesos y una uruguaya 280, las familias que no han podido cambiarse -unas 8.000, según publicó El País-, lamentan tener que pagarlo más caro y reclaman a las autoridades una solución que no llega.

Igual, los melenses aseguran que cuando ese producto escasea, a los primeros que Ancap decide no suministrar es a ellos. El gas brasileño nunca falta.

TENÉS QUE IR A RÍO BRANCO. En Aceguá, del lado uruguayo, viven unas 1.600 personas. Del brasileño, 4.300. Los divide una calle, no más. Sus casas denotan la misma pobreza y las expresiones de sus habitantes, el mismo tedio. La diferencia es que en Aceguá Brasil hablan sólo portugués, y en Aceguá Uruguay dominan ambos idiomas.

Hace unos años, decenas de comercios ocupaban la acera brasileña, y la uruguaya era un extenso baldío. Hoy, de aquel lado, se ven enormes letreros que anuncian "Igreja do Evangelio Quadrangular" o "Partido do Movimento Democratico Brasileiro do Acegua", intercalados con alguno como "Sapateira do Liborio" o "Padaria e Mercado". Pero antes eran muchos más. El auge de esos comercios se fue reduciendo tras la devaluación del real. Y el movimiento ahora debería ser de brasileños a Uruguay.

Donde era baldío, hace dos años se instaló un local del free shop Neutral y se construyeron dos más que todavía no se concretaron, dicen, por cuestiones burocráticas. Se proyectó un hotel de cinco estrellas que tampoco pasó del papel. Abrieron comercios de neumáticos, comida casera o vestimenta. Igual, sigue quedando espacio vacío y el movimiento es escaso. En el Neutral, un viernes de la tarde, hay tres autos brasileños estacionados.

"Tenés que ir a Río Branco", dicen en Aceguá. "Este es un pueblo fantasma, donde poco más que pasan los rolos de pasto seco. En Río Branco hay 15 free shops, tenés que estacionar a una cuadra. Hay autos de lujo, excursiones... Tenés que ir a Río Branco", insisten.

Hay quienes presumen que en la medida que se concreten más free shops en Aceguá, la realidad será semejante a la de su ciudad vecina. "En otra escala", aclaran con humildad.

Es que no se puede comparar. Aceguá reúne, de ambos lados, unos 6.000 habitantes. Y la ciudad brasileña más próxima, Bagé, queda a 60 kilómetros. En cambio, a Río Branco y Jaguarao los separa un puente y entre las dos reúnen 43.000 personas. A los free shops de Río Branco también va gente de Pelotas y Porto Alegre. Río Branco es el orgullo de Cerro Largo.

Supuestamente Aceguá abarca las brasileñas Bagé, Santa Maria y Don Pedrito. Pero esta última queda a sólo 100 kilómetros de Rivera, en la frontera con Santana do Livramento. Esta localidad padece, entonces, la cercanía de dos ciudades fronterizas de mayor desarrollo y con más potenciales compradores. Su desarrollo es, para varios, más un sueño que una perspectiva real. Irónicamente, el nombre Aceguá, que proviene del tupí-guaraní, significa "lugar del descanso eterno".

Con todo, algo ha crecido en los últimos años. A pesar de los magros resultados del free shop y los proyectos dilatados, sus pobladores celebran las inversiones y confían en las que vendrán.

Además, desde que Aceguá Brasil se emancipó del municipio de Bagé y creó uno propio, han mejorado las condiciones de infraestructura y limpieza de ambos lados. La salvación siempre termina en los vecinos brasileños.

En el paso de frontera, donde desde 1997 funciona un Área de Control Integrado (ACI) con los organismos competentes de Brasil y Uruguay (ver recuadro), un funcionario confiesa su desilusión con Aceguá. Por el atraso, pero sobre todo por el "chiquitaje". Siente "vergüenza" de ser uruguayo cuando ve a los quileros cargar sus motos. Se pregunta qué dirán los brasileños ante esa imagen. Piensa qué crecimiento puede llegar con tal "panorama".

Este hombre, cuyo nombre pidió mantener en reserva, fue el único que expresó a este suplemento su rechazo a la película de César Charlone y Enrique Fernández, y no por su calidad cinematográfica. "El baño del Papa muestra ignorancia, corrupción y pobreza", argumenta. "Deberíamos ser noticia por otra cosa. Al menos querer serlo".

La película que lo REFLEJA

El baño del Papa, película uruguaya dirigida por César Charlone y Enrique Fernández, y estrenada en 2005, suele tomarse como referencia de lo que sucede entre Melo y Aceguá. Aunque cuenta cómo se preparó el pueblo melense ante la llegada del Papa Juan Pablo II a la ciudad, también refleja la cotidianeidad del contrabando hormiga, la pobreza y la falta de trabajo del departamento de Cerro Largo. Allí, la película impactó positivamente. Sus habitantes se identificaron con lo que vieron en la pantalla y el comentario más recurrente fue "es tal cual". De todas formas, también hay quienes cuestionan que siempre se cuente "lo malo" de Cerro Largo y nunca se enfatice en "lo bueno", y ponen como ejemplo el "crecimiento impresionante" que ha alcanzado Río Branco.

Remoción del jefe anterior

Alfredo Martínez ocupó el cargo de jefe administrativo de la Aduana de Melo durante dos años. Fue removido en los primeros días de agosto y en su lugar asumió Rolando Hein. Martínez había sido acusado de acoso sexual a una funcionaria. También lo habían denunciado por decomisar un ómnibus durante 20 días por un contrabando menor, cuando diariamente se cruzaba contrabando con coima y aceptación de los aduaneros. Su remoción había sido solicitada al ex director nacional, Ricardo Prato, pero la concretó al actual titular de Aduanas, Enrique Canon. Con todo, Martínez se ganó cierto respeto por acciones severas hacia el contrabando en general.

"El que nunca cortaron"

En Melo perciben que el contrabando hormiga o bagayo ha sido perseguido en reiteradas ocasiones; a veces más, a veces menos. "Pero el que nunca cortaron es el contrabando organizado", dice una almacenera. "Esa es otra historia".

2.300

personas cruzan el paso de frontera de Aceguá en promedio cada mes. Son datos de 2007.

3.843

cruzaron en febrero de ese año, cuando hubo más movimiento. Por Chuy, ese mes, pasaron 38.248.

14

camiones cargados entran al paso de Aceguá por día en promedio. Hay lugar para 32.

99%

de esos camiones son de origen brasileño. Trigo y arroz es lo que más se exporta a ese país.

El mides, sobre vivir en aceguá

En Aceguá "no hay condiciones económicas ni sociales", por lo que "no es posible generar emprendimientos", dice un "diagnóstico" elaborado por la mesa local de frontera de Aceguá, parte de un programa del Ministerio de Desarrollo Social. En ese documento se señalan carencias como: la falta de una policlínica completa del lado uruguayo, la necesidad habitacional, las dificultades de acceder a la seguridad social (se trabaja de ambos lados y no se generan derechos en ninguno) y la carencia de ofertas educativas después de Primaria. Por otra parte, se considera que el crecimiento de Aceguá Brasil no generó la prosperidad esperada y se pide al gobierno uruguayo apoyo para atender las demandas.

Carencias

Abandonados

De los nueve pasos de frontera terrestres -áreas de ingreso y egreso de personas y vehículos-, el de Aceguá es percibido por quienes trabajan allí como "el más olvidado" y "el menos importante". Funciona como un Área de Control Integrado (ACI) entre Brasil y Uruguay, con organismos competentes de ambos países trabajando a la par. Pero el país sede es Brasil -también fue el que construyó la ACI, en 1997- y por ende las condiciones de trabajo dependen de ellos. Jorge Fernández, jefe del Regimiento N°8 y coordinador de esa ACI por Uruguay, admitió a Qué Pasa que existen múltiples carencias allí y que no pueden hacer más que trasladarlas a Itamaraty. Hace 10 años que esperan, por ejemplo, que al espacio donde los camiones de carga estacionan se le agregue una zona techada para hacer los controles en días de lluvia. También reclaman baños para los camioneros que a veces pasan varios días esperando la aprobación de su carga. Entre otras demandas más técnicas, solicitan mantenimiento del lugar. Algunas paredes se llueven y se han volado techos en temporales anteriores. Búsqueda informó que sólo 88 funcionarios trabajan en los nueve pasos.

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