La pregunta. ¿En qué afecta la longevidad de Fidel Castro la apertura política en el régimen?
La respuesta / Sílencio, Cuba
El subtítulo de este libro reza: "La izquierda democrática frente al régimen de la Revolución cubana". Pero más que un análisis de cómo las izquierdas se paran frente a un tema, polémico por lo menos, este libro de Claudia Hilb (215 pesos, Edhasa) constituye un pormenizado racconto de los inicios de la revolución cubana. La historia llega hasta la época actual, dirigida por Raúl Castro y que tantos cambios prometía pero pocos logrará concretar, según la autora, hasta que la figura de Fidel Castro siga presente en la vida de los cubanos.
La tarea constructivista, de conformación de la sociedad a imagen y semejanza de un Ideal, encuentra su concreción en la encarnación en una figura, la figura del Líder: es una palabra de éste -en su calidad de Presidente, Comandante, Secretario General, y en su calidad carismática de Padre de la Revolución- que se expresa en la conjugación de la Ley y el Poder en la cúspide del régimen. Como sucediera con la palabra de Mao Tse-Tung y de Stalin hasta su muerte, la palabra de Fidel no admite réplica o desmentido, ni de otras palabras, ni de la realidad.
La longevidad de Fidel Castro ha obstaculizado el tránsito de la encarnación personalista a la consolidación burocrática de los resortes del poder. Su presencia como líder indiscutible de la Revolución tornó durante 50 años inimaginable la posibilidad de conflictos abiertos en el régimen; los únicos cambios bruscos serían los introducidos por él mismo; los conflictos internos se saldarían, indefectiblemente, en defenestraciones brutales. Y por lo menos hasta 2008, ningún funcionario del régimen cubano, fuera cual fuese su rango y su red de fidelidades dentro del régimen, podía estar seguro de estar al abrigo de una tal defenestración, brusca y brutal, decretada por Fidel. Todo parece indicar que sólo tras la desaparición física, definitiva de Fidel Castro asistiremos en Cuba a movimientos importantes de cuestionamiento y apertura dentro del régimen. Aún disminuido físicamente, su sola presencia parece suficiente para impedir (casi) cualquier manifestación de disidencia interna; la caída en desgracia en marzo de 2009, de Carlos Lage y Felipe Pérez Roque, acusados por Fidel de "indignidad" y "ambición", no hacen sino confirmar esa percepción.
Así, la preeminencia carismática de Fidel ha tenido sin duda durante largo tiempo, entre los sectores afines al régimen surgido de la Revolución un efecto estabilizador a medida en que éste fue perdiendo su aura emancipadora: en su figura exorbitante se deposita el contenido de la Ley revolucionaria. Pero al mismo tiempo que este carácter extraordinariamente personalista provee una estabilidad al régimen en tanto tal, ya que encarna en la figura perenne de Fidel la continuidad de la Revolución y pone al mismo tiempo al régimen al resguardo de movimientos internos de importancia. Esa misma característica provee también, señalábamos, un suplemento de inestabilidad a las posiciones ya inestables de un personal burocrático extendido e introduce un factor adicional a la arbitrariedad, y con él, de temor.
El funcionario cubano -acechado permanentemente por el peligro de que los fracasos de un régimen centralizado ineficiente sean atribuidos a la falta de compromiso revolucionario de los escalones subordinados en la escala del poder- ha hecho de la falta de iniciativa y del conservadurismo un culto casi religioso. El miedo a caer víctima de este sistema ha contribuido a una parálisis progresiva de toda creatividad, y ha alimentado consecuentemente las conductas conspirativas que podrían facilitar, llegado el momento, el depositar la culpa en terceros. Simultáneamente, el miedo así expresado muestra se muestra -por igual motivo- como el instrumento de promoción del régimen: las alianzas con los sectores adecuados del mismo, la extrema prudencia en la manifestación de opiniones propias, la ortodoxia más ramplona no sólo han sido las vías para protegerse de un régimen con vocación de dominación total, sino también los caminos que deben transitarse para ascender en él. Pero al mismo tiempo, la supeditación, en última instancia, de toda decisión a la voluntad sin oposición de Fidel en la cima del poder cubre a esta estrategia de un velo de incertidumbre: ningún sistema de complicidades, ninguna trama de afinidades y ninguna posición institucional pone a los hombres y mujeres insertos en el sistema de poder cubano a salvo de un brusco cambio de suerte.
Desde las ciencias
Claudia Hilb es doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires y profesora de Ciencias Políticas. Ha publicado artículos sobre política y ciencia, así como de la guerrilla setentista argentina.