GABRIELA VAZ
Me llamo Jorge y soy adicto. Durante 23 años, consumí todo lo que se te ocurra: alcohol, marihuana, hongos, nafta, pegamento, ácido, crack, pastillas, cocaína, pasta base… La escalada arrancó cuando estaba en sexto año de escuela. Me juntaba con chiquilines más grandes. Metía la túnica en la mochila y me hacía la rabona para ir a tomar cerveza al bar de la esquina. La primera vez llegué a casa con aliento a alcohol me pusieron en penitencia por 15 días, pero la verdad es que duró seis horas. Ojo que por esa época, con 13 años, yo le tenía miedo a las drogas. De hecho, un amigo que vivía en Montevideo -yo soy de un departamento del litoral- me contó que fumaba marihuana y yo corrí a decirle a mi madre que se iba a morir. Si se droga, se va a morir, pensé. Es lo que entendía entonces. Y, quién diría, es lo que entiendo hoy.
Poco después, en el pueblo, un conocido me ofreció fumarnos un porro. No quise, me asustó un poco, aunque me dio intriga. Él me dio una alternativa: podés oler nafta, te deja recontra loco. Así empecé a entrar a un mundo que tenía otra cabeza y para mí era terrible cabeza, "más mundo". Me dieron cátedra de marihuana y me explicaron que no te pasaba nada, que si fumabas un porro no te morías. Me animé. La primera vez no me hizo efecto, ni la segunda, ni las siguientes. Fumaba y chupaba, me re mamaba, pero la marihuana no me hacía nada. Me convencí de que era inmune a las drogas. Ja.
Entonces quise probar lo de la nafta. Un día, estando con mi amigo de Montevideo, que tal como me habían garantizado seguía vivo, agarré un bidón de la camioneta de mi padre y nos pusimos a jalar. Me pegó. Si olés sin parar empezás a alucinar, a escuchar cosas y yo pensé que eran ciertas, que estaba descubriendo verdades del universo, incluso creía que tendría que haber agarrado un cuaderno y apuntar lo que estaba pensando, que eran ideas reveladoras para el mundo. Al día siguiente, ya envalentonados, fuimos al "campo mágico", un lugar donde abundan los hongos alucinógenos, de esos que crecen en la bosta de las vacas. Nos habían dado la descripción y cómo los teníamos que preparar. Tenían un gusto desagradable a bosta, así que los mezclamos con dulce de membrillo y los comimos haciendo arcadas. Salimos a caminar pensando que no servían para nada hasta que, sentados en la rambla, vemos a una chica que se agacha y se le ve la bombacha; ahí empezó la locura total porque no podíamos parar de reírnos, la cara se nos desfiguraba, las cosas se alargaban, perdimos la noción de tiempo y espacio, pasamos seis o siete horas muertos de la risa.
Lo volvimos a hacer varias veces. Cuando los hongos no pegaban mucho, los mezclábamos con cerveza y seguíamos riéndonos sin parar, nos quedaba doliendo el estómago. En esa época mi consumo de alcohol se empezó a acelerar mucho. Me agarraba unos pedos que salía rodando. Sinceramente, nunca en mi vida tomé una medida de whisky: siempre una botella. Nunca una cerveza: siempre un casillero. Después, el objetivo era ver cómo conseguir más.
Bah, la verdad es que, "pegando", lo que viniera. Una vez que no conseguimos hongos, una conocida -yo seguía relacionándome con gente que tenía ocho o diez años más que yo- nos hizo comprar eter y formol para olerlo en un pañuelo y funcionaba como la nafta. Pero tantos hongos me empezaron a pegar mal. Iba a mi casa, me acostaba y ya no me reía, veía hormigas que se me caían arriba, pensaba que estaba loco. Hasta que un día mi padre entró a la habitación y le dije que me perdonara, que me había muerto. Después de eso decidí dejarlos. Tenía 15 años.
Esos fueron mis últimos tiempos de estudio. En mi casa se daban cuenta de lo que pasaba, pero yo manipulaba a mis padres muy fácilmente, incluso hice fumar marihuana a mi madre. Quería mostrarle a todo el mundo lo que había encontrado, quería compartir lo que había descubierto. Yo era una persona que había nacido para ser libre y les hablaba a mis padres como si fuera un doctor. Ellos eran muy permisivos. Una vez encontraron una plantita de marihuana en casa y me armaron un relajo bárbaro, pero a la vez no les daba para prohibirme nada. Aparte, yo me iba y no los escuchaba.
A esa locura, le sumé pastillas: inhalaba Lexotan. Por la nariz te pega más rápido. A los 18, tenía que conseguir alguna manera para bancarme el consumo de marihuana y empecé a vender. Un montón de chiquilines menores me acusaron y fui preso tres meses. Cuando salí, ya de novio con la mujer que luego sería la mamá de mis dos hijos, me vine a vivir a Montevideo, donde me relacioné con mucha gente y por primera vez probé cocaína; costaba la mitad de lo que sale ahora y con un conocido compramos suficiente para tomar toda la noche. Había encontrado la droga que era para mí.
Pasaron cinco años y volví a mi ciudad natal para abrir un restaurante. Fue entonces cuando se suicidó mi hermano. Él tenía 15 años -ocho menos que yo- y consumía. Nadie sabe por qué se mató. Mientras, yo no paraba de tomar merca (cocaína) y no podía sostener el negocio. Ahí es cuando decido ir al psicólogo.
LA MUERTE. La verdad es que yo no pensaba en dejar las drogas. Qué iba a dejar, si era lo mejor que había conocido en mi vida. Estaba enamorado de la droga. Lo de mi hermano fue un motivo para seguir consumiendo. Sentí que "tenía derecho" a drogarme. Había decidido consultar un psicólogo porque estaba con bajón, con culpa porque gastaba mucha plata. Iba a llorar. Él me derivó a un psiquiatra que me recetó antidepresivos; yo lo llamo "la muerte".
Hasta el momento, yo me drogaba y al menos, al otro día, sentía culpa, había empezado a sentirla: frustración porque todo lo que había vivido la noche anterior no era verdad, me despertaba y no había hecho nada, sólo había gastado plata. Con el antidepresivo, esa sensación se fue. Entonces podía consumir también a la mañana, no tenía que esperar a la noche. Estaba demente, tuve que cerrar el restaurante, me despertaba, vomitaba la comida y me iba corriendo a comprar cocaína. Era desesperante. La necesitaba. Necesitaba un saque de merca para tranquilizarme, pero tomaba y no me tranquilizaba, me ponía más loco.
Le pedí al psiquiatra que me internara y me mandaron a Paysandú, a un manicomio. No una clínica de tratamiento de adicciones sino un manicomio: un lugar lleno de locos. Me mandé cualquiera. Me vine para Montevideo con una mina de ahí. A los dos días la vi durmiendo al lado mío en la cama y dije qué estoy haciendo. Llamé a la madre de mis hijos y me aclaró que no quería volver conmigo. Mi consumo subió hasta las nubes. Me quería matar.
Tuve dos internaciones en el Maciel, donde me aumentaron la medicación; lo peor que podían hacer… La medicación te saca de la realidad, anula el "después", la resaca de la droga. Salí y seguía consumiendo. Era todo locura: tomar de mañana, de tarde y de noche. O me internan o me mato, le dije a mi abuela, y mi padre me metió en Dianova. No aguanté. ¿Todo el día trabajando con una pala haciendo pozos? Nooo... ¡extrañaba a mis hijos! -claro que cuando me drogaba ni me acordaba de ellos. Alegaba que en ese lugar me trataban mal, no me dejaban dormir la siesta, me insultaban… tenía unas ganas de salir a encajarme (inhalar) que no tenés una idea. Salí y fue lo único que hice.
Ahí anduve tirado en Montevideo un tiempo. Me quedaba en la casa de alguna boca (de venta) y armaba los papelitos de la merca, entonces me daban. Hasta que un día un mismo narco me dijo: "Pah, Jorge, te estás muriendo. ¿Por qué no te vas para tu pueblo?" Volví y entré en un grupo de Alcohólicos Anónimos. Empecé a tomar menos cocaína y a fumar más marihuana. También tomaba clonazepam, todo el que yo quería porque mi madre conseguía. Iba al psicólogo, que no me servía para nada. La verdad es que yo no quería dejar nada. Quería sacarme de encima el dolor, la angustia, pero no la droga.
En eso me ennovio con una chica increíble para mí, seria, iba a la facultad. La vida se me fue acomodando. No tomaba merca y trataba de no emborracharme. Así estuvimos casi cuatro años; fue la relación más linda que tuve. Hasta que nos separamos y volvió todo: whisky, cocaína, parejas de todo tipo. Ves mi conducta adictiva: antes la consumía a ella.
Una noche voy a la Ciudad Vieja y conozco a una chica muy bonita, de 18 años. Tomamos merca hasta que se terminó. Yo sé dónde conseguir pasta base, me dijo ella, que para mí era angelical. Compramos 20 medios. Droga, alcohol y sexo. Eso necesitaba: tapar lo que sentía. Así empecé con la pasta. Hasta que salía del trabajo con la mano extendida para parar un taxi que me llevara directo a la boca. No pude mantener el trabajo. Intenté internarme en una fundación, no me resultó. Intenté internarme en una clínica privada, tampoco me resultó. Fui a internarme a Brasil, estuve nueve meses, pero salía cada tres y consumía. Me alentaron a hacer una práctica como monitor en una comunidad, pero mientras consumía, siempre, nunca dejé. Terminé en Porto Alegre vendiendo toda mi ropa, gastando mil dólares en dos días, fumando crack. Me volví acá con un bolsito. Llegué y pasé por más internaciones. Nunca permanecí más de tres meses limpio. Hice mil tratamientos, puedo nombrar todos los que hay; sería más fácil nombrar los que no hice. Pero siempre tenía la ilusión de volver a drogarme. Hasta que entré a una clínica en Barros Blancos, de la que me escapé saltando una reja. Yo no sabía, pero fue el primer paso que iba a cambiar todo.
ENVENENAR LA DOSIS. Hoy Jorge tiene 36 años y una sonrisa y mirada limpias, algo que ni dos décadas de consumo han podido opacar. El relato de su infierno tiene lugar en Ser Libre, la ONG para el tratamiento de adicciones que finalmente le ayudó a torcer su historia. La narración en primera persona no es literal, pero es real. Cada episodio sucedió, aunque su nombre verdadero es otro. Él pide anonimato y elige seudónimo. A su lado está Ismael Piñero, director del centro y quien ofició como pilar en los primeros tiempos de cambio. Jorge lo mira con complicidad risueña mientras describe su odisea a lo largo de más de dos horas de una entrevista en la que no omite detalles. Sus gestos son relajados, su postura es abierta, su actitud es expansiva. Se enseria cuando cuenta lo más duro. Algunas pausas y la dirección de su mirada revelan que por momentos queda atrapado entre sus memorias, reflexivo.
Este 6 de abril, cumple un año "limpio". Está en pareja y con una relación sana con sus dos hijos, ya adolescentes. Él lo resume con una nimiedad: "Hoy tengo perfume francés". Es cierto. Y resulta significativo solo porque, un año atrás, había dejado de bañarse y vestía ropa sacada de los contenedores; todo lo que pasaba por sus manos era vendido para bancar el consumo de pasta base. "Yo andaba hediendo a chancho, no sé cómo la gente se me acercaba. Usaba ropa de la basura, literalmente. Me encontraba con mis hijos en la calle y no los conocía. Cuando los reconocía, les decía `los quiero mucho` mientras iba cargando bolsas de cosas para vender así conseguía plata para drogarme. A mi padre lo volvía loco, no lo dejaba vivir. Tenía los electrodomésticos atados con cuerdas para que no me los llevara. Enloquecí a toda mi familia".
En aquella clínica de Barros Blancos, que pertenecía a Ser Libre, conoció a Piñero, a quien ahora llama "Toti". "Ya lo había visto una vez en Narcóticos Anónimos y me había caído mal; estaba ahí, cagándose de la risa y como yo estaba re amargado pensaba: `Este nabo de qué se ríe`". Esa primera impresión fue reforzada después. "Lo odiaba. Me decía cosas que dolían. Que yo no era nada. Una vez hasta le dijo a mi padre que me echara de la casa". Pero esas punzadas -parte de una estrategia terapéutica llamada "envenenar la dosis"- operaron de forma acertada. Después de escaparse y recaer, Jorge quiso, por enésima vez, intentar una recuperación. "Ya no sabía a dónde ir, a quién pedir ayuda, había estado en todos lados. Y no sé por qué, no lo entiendo, pero pensé que el único que me había dicho cosas que me dolían era Toti, entonces lo llamé por teléfono". Así comenzó a acercarse a la institución dos veces por semana, a charlar largamente con Piñero, a llorar, a hablar de sus culpas y de su vida. Mientras, continuaba drogándose sin pausas. "Y él, con su sutileza, claro, siempre metiéndome el dedo en la llaga", cuenta sobre su terapeuta. "Me llamaba por teléfono y me decía: `¿Sabés con quién estoy acá? Con Fulano, que lleva tanto tiempo sin consumir` o `¿Te acordás cuando eras la mujer de Mengano, en tal clínica?` Yo me calentaba, no era la mujer de nadie, dejame de joder. Y él me contestaba: `Bueno, hacé lo que quieras, seguite drogando". La terapia de choque hacía su efecto: "Todo eso me empezó a mezclar las cosas, me generó una efervescencia adentro".
La semana clave está bien nítida en su memoria. Un día, se quedó sin medicación y sin drogas. "Fueron cuatro días insufribles, revolcándome en la cama, con calambres en el estómago. Hasta que mi padre me da 200 pesos para que vaya a comprar…". Paréntesis. ¿Tu padre te daba plata para comprarte droga? "Claro. Es que llega un punto… ¿cómo te puedo explicar? Los padres no pueden verte sufrir. Ver sufrir a un adicto está re salado. Lo puede entender alguien que sabe lo que es. Yo, si veo que mi hijo se droga, capaz que le rompo tres costillas a patadas. Pero un padre que nunca se drogó es incapaz de hacer eso, lo que quiere es que su hijo no sufra. Alguien que pasó por esto le puede quebrar las tres costillas porque sabe que ese daño es menor al que tiene si se sigue drogando. Mi padre me vio vomitando, cortándome, queriéndome matar. Bah…yo me cortaba superficialmente, me colgaba del quinto piso y le decía `me tiro si no me das plata`… pero no me tiraba ni loco".
Con ese dinero, Jorge compró seis medios de pasta base. Se fumó los últimos tres a la fuerza. "Quería drogarme pero no podía salir, no quería ver los helicópteros que la policía había comprado para perseguirme ni mirar las caras de los vecinos que habían conspirado para que me mataran; es decir, no podía soportar la paranoia que tenía de salir a la calle. Había olor a pasta base en toda la casa y me repugnó. Pero además, me di cuenta de otra cosa: yo tomaba ansiolíticos, antisicóticos y antidepresivos para evitar la paranoia y el bajón post consumo, para que me dejen más relajado y no tan duro, para poder subir al ómnibus y viajar hasta la boca. Vine y le dije todo eso a Toti. Ese fue mi click. Por primera vez estaba diciendo la verdad".
Esa fue la última vez que Jorge se drogó. También dejó los antidepresivos y los antisicóticos, y bajó gradualmente las dosis de ansiolíticos hasta, al mes, dejarlos por completo. "Habían pasado muchas cosas muy rápido. Esa noche llamé por teléfono a mis hijos y el fin de semana iban a quedarse a casa. En las semanas siguientes venía a Ser Libre y me quedaba todo el día acá, sentado. Y lloraba, lloré mucho, lloré como dos meses. Entraba acá gritando, me venía calor, me venía frío. Cuando sentí los síntomas por haber dejado la medicación, fue peor que haber dejado la pasta base. Pero empecé a venir a los cursos (ver faldón), después vine a los grupos. Me empecé a bañar. Mis hijos venían a buscarme acá. Arranqué a trabajar. Estudié. No sabía ni prender una computadora; me compré una. Ahora ya no hago terapia, pero voy a los grupos todos los días. A veces si ando muy loco vengo acá".
Cuando desaparecen las drogas, asume Jorge, empieza la vida real. "Y la vida real está salada, más después de haber consumido 23 años", dice. "De repente tenés trabajo, novia, hijos y no aprendiste nada, no sabés relacionarte, no sabés criar un hijo. Tenés que cambiar a los golpes. A mí me paraliza el miedo al dolor, pero ahora elijo morder la almohada. Hoy prefiero matarme antes de volver a drogarme. Ya sé que no es solución".