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Aunque por aquí se la asocie sólo al teatro de revista, "La Feliz" es una buena opción para conocer la costa atlántica argentina.
Gabriela Vaz
Las playas argentinas no tienen buena reputación en Uruguay. Un poco por la experiencia de compatriotas que -en algún momento de impulsiva curiosidad o debido a alguna vuelta de tuerca de un destino imprevisible- las experimentaron de primera mano. Otro poco por el testimonio de los propios argentinos que eligen veranear en arenas uruguayas y en charlas de camping o chalets argumentan su decisión. Y el resto a raíz de voces más impersonales. Así, entre un poco, otro poco y lo demás, repetimos que de ese lado del río el viento es insufrible, el agua está revuelta y la arena encima de gruesa se ve amarronada.
Mucho es verdad. Y probablemente, en una carrera imaginaria, las costas nacionales esteñas ganan por algunas cabezas. Sin embargo, Mar del Plata -el centro urbano turístico más importante del país vecino después de Buenos Aires- es una ciudad cuya belleza sorprendería a más de uno. Aunque por estos lares se la escuche nombrar únicamente asociada al teatro de revista y los escándalos del verano que exprimen los programas de chimentos, vale la pena conocer su rambla y varios de sus rincones y construcciones.
Para empezar, es necesario recordar que, lejos de un balneario, Mar del Plata es una ciudad de unos 800 mil habitantes, con barrios para todos los gustos. Se encuentra al sudeste de la provincia de Buenos Aires y a 404 kilómetros de la capital argentina. En verano, su población puede hasta triplicarse, por lo que cuenta con una de las infraestructuras hoteleras más amplias del país. Se estima que alberga unos 56 mil establecimientos turísticos, muchos de ellos hoteles gremiales que hoy alojan a todo tipo de usuarios además de los afiliados a sus sindicatos. De hecho, "La Feliz" se ha considerado siempre un polo turístico obrero.
Playas y edificios. Mar del Plata tiene 40 kilómetros de costa. El Boulevard Marítimo (la rambla) en toda la zona céntrica y aledaños es un paseo obligado capaz de maravillar al montevideano más chauvinista. Algunas zonas costeras también regalan una vista digna de fotografiar. Tal ese el caso de Playa Grande, un barrio residencial catalogado como uno de los más exclusivos de la ciudad, próximo al centro y núcleo de la movida nocturna por la cantidad de boliches y bares que aglomera. Es una zona de callecitas irregulares que suben y bajan, a veces con un nivel de empinado que haría prácticamente imposible recorrerlas en bicicleta, pero cuya cima equivale a un mirador.
Por allí cerca se erige la Torre Tanque, una de las construcciones que se recomienda conocer, junto al Faro, el Teatro Colón, el Torreón, la Catedral y el Hotel Provincial (un edificio icónico imposible de eludir en una visita marplatense), entre otros, ya que cuenta con una buena muestra de arquitectura del siglo XIX y principios del XX.
Las playas son ventosas, sí, y la arena no entraría en un concurso, es cierto. Aunque en este sentido, lo que más puede llamar la atención -al menos a un uruguayo- es la acumulación de tolditos y sombrillas en alquiler por paradores privados que invaden, en muchos casos, hasta el 70% del espacio disponible, dejando libre un angosto corredor público para aquellos que no están dispuestos a pagar para sentarse en la playa. Algunos paradores incluso tienen piscina, allí, en la arena, a metros del mar.
Pero una ventaja de La Feliz es que, tanto al Norte como al Sur, tiene muchos balnearios vecinos de la costa atlántica argentina, como Pinamar, Miramar, Villa Gesell o Cariló, varios con playas ya mucho más amplias. Cuestión de conocer y disfrutar. En alpargatas.
El pasaje de ómnibus a Mar del Plata desde Retiro, en la capital porteña, cuesta entre $ 170 y $ 200 pesos argentinos (US$ 30 y US$ 34, sólo ida). El tren marplantense, desde estación Constitución, $ 150 (unos US$ 26). En tanto, un apartamento de tres ambientes en el centro turístico puede costar unos US$ 1.100 la primera quincena de febrero.









