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Se resume un libro en un tuit o la información en un titular. Lo digital se consume en forma fragmentaria lo que lleva a estar al tanto de todo, pero quizás sin entenderlo en profundidad.
El País de Madrid | BENJAMÍN PRADO
Cuánto vale lo que no nos cuesta nada? En tiempos en los que si se tienen 10 minutos y una computadora se puede conseguir casi cualquier cosa sin ir a buscarla, porque basta con pulsar dos teclas para que Internet despliegue el disco, la noticia o la imagen que se estaba buscando, parece más fácil desear las cosas que quererlas y que a fuerza de acumular titulares, citas y resúmenes se arriesga a sustituir el conocimiento por la simple curiosidad, que es un buen punto de partida, pero un mal destino.
Importa más probar que elegir y estar al tanto de lo que sucede que tener una opinión sobre ello, lo cual en muchos casos vuelve a las personas a la vez insustanciales e insaciables. ¿Se puede considerar informado alguien que sólo lee sms? ¿Oír dos canciones de cada CD lo convierte en melómano? ¿Coleccionar frases célebres lo vuelve un amante de la filosofía?
El mundo de la música es, por ahora, la mayor víctima cultural de la red, y sus consumidores, habitantes de un mundo "sitiado por la abundancia", como dice el ensayista Marek Sobczyk en De la fatiga de lo visible, quedan hipnotizado por la piratería, que al ponerle el cartel de gratis a los productos culturales les quita todo su valor.
Los extremos de la cuestión parecen claros: a un lado, la posibilidad de obtener respuestas inmediatas y al otro la falta de tiempo para reflexionar sobre ellas. De una parte, las ganas de saber y de otra tan sólo la de estar enterados o, al menos, fingirlo, como sugiere el actor Juan Diego Botto: "Internet es un atajo que lo acerca todo, pero también puede ser una máscara, un laboratorio donde construirse una falsa identidad. Siempre me han dejado perplejo esas personas que acumulan recortes de información o sentencias, para luego dar la impresión de que saben mucho más de lo que dejan ver. Admiro tanto a la gente que sabe como a la que quiere saber, pero no me gusta la que finge que sabe lo que, en realidad, solo ha ido a buscar a Internet, que es un lugar en donde también el que no quiera aprender nada lo tiene todo resumido y clasificado".
El músico Iván Ferreiro coincide: "Es lo de siempre, hay gente que tiene una esponja en el cerebro y gente que lo tiene envuelto en plástico, unos se empapan de todo y a otros les resbala. Unos aprovechan que existe Internet para robar los libros o leerlos abreviados y otros lo usan como un pasadizo a las librerías. Los que tienen cabeza y saben para qué usarla, aprovechan la facilidad de tenerlo todo a un `enter` de distancia. Los otros apilan cosas y les da igual, porque la montaña cada vez es más alta, pero ellos no cambian de tamaño".
Velocidad. Tal vez todo esto no sea más que el espejo de unos tiempos entregados a la globalidad y las corrientes de opinión, donde todo se conoce y se desconoce a la vez. Las noticias vuelan más deprisa que nunca y cada vez se tiene menos tiempo para detenerse a meditar acerca de ellas. Si hay un verso genial que cada vez sea menos cierto, es este de Fernando Pessoa: "¡Qué difícil es ver solo lo que es visible!" Ahora es justo al contrario, porque "el exceso de imágenes provoca una parálisis de lo visible", como dice Marek Sobczyk, y todo es inmediato, urgente y transitorio, y en medio de tanto apresuramiento lo que pasa no deja ver lo que sucede.
"Mejor el picoteo que la ignorancia total", dice el director de cine y escritor David Trueba. "Una buena metáfora de todo esto que ocurre la tenemos en los restaurantes más prestigiosos, que ya no te dan dos grandes platos, sino 11 pequeños, y de ninguna forma son peores. Por supuesto que vivimos tiempos de confusión y olvidamos, por seguir con el mismo ejemplo, que siempre es mejor consumir despacio y lo justo a engullir e indigestarse. Nada va a ser como era, pero eso no debe asustarnos: simplemente, habrá que experimentar otras cosas y atreverse a mezclar lo que nunca había estado junto".
Tiempos líquidos, como los ha llamado el premio Príncipe de Asturias Zygmunt Bauman, en los que sin duda se tiene que construir "una identidad flexible que haga frente a los cambios continuos de la realidad" y siga el ritmo de los avances tecnológicos, pero en los que también se corre el riesgo de no ahondar en nada a base de catarlo todo, sin darse cuenta de que dar un paso en cada dirección es en realidad una manera de no moverse.









