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El uruguayo Rodrigo Lussich es uno de los periodistas de espectáculos con más proyección en Argentina. Fue cronista de actualidad y se define "kamikaze".
GABRIELA VAZ | BUENOS AIRES
A las 5 de la tarde de un viernes, la avenida Rivadavia a la altura de la plaza Miserere es un hormiguero; gente y más gente se apila, se atropella, se pierde y se reordena en colas eternas, marcando la coreografía de una Buenos Aires asfixiante. Pocas cuadras más adelante, en la intersección con Medrano, ya en el barrio de Almagro, se alza la confitería Las Violetas, uno de los tantos clásicos de la capital porteña y escenario elegido por el entrevistado para charlar con Domingo. "No sé si fue buena idea, no pensé que iba a haber tanta gente, pero estaba cerca y quería almorzar", admite mientras apura un sándwich de jamón y queso y un refresco light en una esquina del local, abarrotado de clientes.
-¿Ese es tu almuerzo?
-Sí... está mal, ¿no? Es un almuerzo/merienda que cubre todo. Es que, si no, no tengo tiempo.
Minutos más tarde, a medida que revela los punteos de su agenda diaria, queda claro que no exagera. Rodrigo Lussich es simpático, extrovertido y extremadamente locuaz, condición que le puede reconocer sin atisbos de duda cualquiera que lo haya visto en acción profesional. Actualmente es panelista de Este es el show (de Ideas del Sur, la productora de Marcelo Tinelli), columnista del programa de Chiche Gelblung en Radio Mitre, conductor de su propio envío en una emisora de Mar del Plata, actor en un grupo de teatro independiente y miembro del elenco de la revista que Carmen Barbieri montará esta temporada.
Su rostro se volvió familiar para uruguayos y argentinos a partir de 2006, cuando comenzó a conocer la notoriedad a raíz del programa Los profesionales de siempre, de Viviana Canosa, donde fue panelista tres años. Pero pocos saben que este periodista -no "de espectáculos", ni "chimentero"; él se define periodista, a secas-, nacido en Montevideo hace 38 años, lleva dos décadas ininterrumpidas trabajando en los medios argentinos y, hasta hace 10 años, fue cronista de actualidad. "Era movilero en Radio 10 y podía cubrir desde Casa de Gobierno y Congreso hasta policiales o lo que fuera. La verdad que fue cuando más oficio adquirí, porque justo fue una etapa muy convulsionada de Argentina: la caída de (Fernando) De la Rúa, muchas marchas, piquetes, el accidente del avión de Lapa. El que labura en la calle siempre tiene mucho trabajo. Para mí eso te da un oficio que no te lo da nada. Difícilmente te quedes sin palabras después de ser movilero, de transmitir horas sin parar desde una toma de rehenes, cuando de repente pasa algo y de repente no pasa nada", reflexiona.
patear el tablero. El que no arriesga, no gana: una verdad de tarjeta postal, de esas lindas para repetir pero que pocos se animan a practicar. Rodrigo, en cambio, la convirtió en su premisa insoslayable. Y muy naturalmente. Tal vez, genéticamente. Sus padres, uruguayos, actores, eran hippies, cuenta. Se separaron cuando tenía 4 años y tuvieron un segundo y tercer matrimonio cada uno, de los que Rodrigo tiene siete hermanos. Ambos se asentaron en pareja con argentinos; su padre con una cordobesa, su madre con un porteño. Por eso, a los 14 años, cruzó el charco para vivir en Pilar, una localidad del Gran Buenos Aires. Estaba acostumbrado a armar maletas; antes habían vivido en Brasil y en cuatro barrios distintos de Montevideo. El espíritu nómade le quedó incrustado -confiesa que no le gusta permanecer mucho tiempo en el mismo lugar-, pero prefirió despegarse de la inestabilidad laboral y desde chico se planteó tener claro qué quería. Primero le tiró lo artístico, pero el periodismo terminó ganando; a los 19 años entró en un canal de cable y ya no paró. Sin embargo, le costó varias etapas hallarse profesionalmente, y en el camino nunca dudó en patear el tablero. Así, por ejemplo, dejó el periodismo de actualidad. "Tengo un costado actoral, histriónico, que hacía que chocara con el periodismo `serio`, donde veía que si seguía mi futuro era un día conducir un noticiero. No era lo que yo quería. La noticia te pone en contacto con mucha adrenalina, pero también con una energía muy pesada. Llegaba a mi casa desbordado después de estar 10 horas pegado a la mala noticia, porque el 80% son malas noticias. Cuando hacés chimentos, decís 80% de boludeces, pero es más ligero. Entonces sentía que no me permitía un punto de fuga hacia algo más lúdico, si se quiere. Así que renuncié, sin tener otro laburo".
Tenía 33 años y durante un tiempo subsistió ayudando a un amigo artesano a vender elementos en vidrio. A los tres meses, lo llamaron para ser cronista de un programa de Carmen Barbieri, "un mix de actualidad y espectáculos", que fue virando cada vez más al espectáculo. "Y yo viré con el programa", explica Rodrigo. Así puso un pie en el mundo chimentero y terminó trabajando con Viviana Canosa. "Ahí comencé a construir ese personaje de maldito, o de loquito. Verborrágico pero en un tono alto, medio impune, de decir cualquier cosa de cualquiera. La televisión tiene algo vicioso y es que para hacerte un nombre precisás pegar con algo, encontrar un personaje. Hoy, a la distancia, creo que es una consecuencia de la inseguridad, del miedo a que no te quieran o a que te ninguneen. Este medio es muy ninguneador. `¿Y vos quién sos?` es lo primero que te preguntan. Entonces tratás de encontrar una coraza para trascender. A mí me pasó y me lo pude perdonar, digamos".
Ese personaje, dice Rodrigo, no le gustó a la gente y tampoco a él mismo. Así que decidió barajar y dar de nuevo. "Otra vez estaba ante la disyuntiva de decir: por acá tampoco es. ¿Por dónde es? Y después de tres años renuncié, de vuelta, sin tener nada". Se explica: "Siempre fui medio kamikaze. Me gusta mucho patear el tablero, porque sé que las fichas se pueden reordenar. Cuando uno arriesga en base a algo que quiere, lo va a tener; es una cuestión de causa y consecuencia. Si querés algo, tenés que arriesgar. Si no, te achanchás, por miedo, por no saber. A mí esa especulación no me va".
riesgos. Se fue a vivir a Mar del Plata, donde no conocía a nadie, pero le llegó una oferta laboral para conducir un programa que él define como "un Show del Mediodía radial: con juegos, humor, cantos, mucha comunicación con la gente". Fue un éxito. "Te puedo asegurar que mi vida cambió para siempre". Una vez más, su premisa no le falló. "Cuando tomás riesgos, la vida te lo paga, te recompensa. Sé que suena a autoayuda, pero lo tengo comprobado. No lo leí en un libro de Osho; es así: cuando arriesgás por lo que querés, después eso viene solo".
Hoy, de vuelta instalado en la capital porteña, continúa con el programa marplatense vía Skype, a lo que suma sus demás actividades. En un futuro se ve como conductor de tevé o de radio en Buenos Aires. Mientras, se divierte hablando de Aníbal Pachano o Cinthia Fernández. Cuando se le pregunta si nunca, en medio de algún chabacano debate, se dice ¿qué estoy haciendo?, contesta sin dudas: "No, soy muy selectivo ahora. Si el tema no me mueve, no opino. Y si lo hago es muchas veces desde un lugar crítico; yo soy muy crítico con el mundo Tinelli. La gente me valora bastante el sentido común. Y al menos tampoco magnifico los temas. A veces el temario de Este es el show implica que es en serio… Por ejemplo, Adabel Guerrero casi se desmaya porque se peleó con un coach y se supone que el tema es serio y se trata en serio. Bueno, yo no puedo hablar en serio de que le dio un soponcio a Adabel Guerrero, porque no lo es. Entonces me callo, me abstengo. No puedo ir contra la línea editorial del programa en el que trabajo, pero tampoco me voy a subir a todos los trenes".
-No hay temas que te dan vergüenza ajena, como espectador…
-No. Será que estoy metido en la vorágine y ya no diferencio demasiado (se ríe). Capaz el espectador puede diferenciar mejor. Pero si me da vergüenza, lo digo. No me restrinjo.
"El impacto mediático que puedas lograr con una declaración suele ser inversamente proporcional al talento, sentencia Lussich. Entonces es muy efímero. Una figura tapa a otra muy rápidamente. Las que aparecen porque se acostaron con alguien duran dos días. Después hay modas: Cinthia Fernández es la chica del momento; es Jesica Cirio hace dos años. Es el culo que está de moda. Después que ya lo vio todo el mundo, decís `bueno, que pase el que sigue`. Y así van. Es complicado porque necesitan estar todo el tiempo en pantalla y eso no lo resiste nadie; los personajes saturan, la gente se aburre. Y no podés quemar todo porque ¿quién te va a ir a ver al teatro? La tele es gratis, pero que paguen una entrada para verte...".
-Pero el supuesto es que un escándalo lleva gente al teatro.
-Más o menos. Si ves la taquilla de Buenos Aires, las obras que la gente va a ver no son las que tienen escándalos entre los protagonistas. Una temporada en Mar del Plata tiene un público más televisivo y sí, puede ser, pero el público teatrero no, es una especie de mito eso.
-Si al hablar de una obra te refirieras únicamente a lo artístico, ¿crees que la gente apagaría la tele?
-A partir del Bailando, cambió el formato de los programas de espectáculos. Hay una verdad no escrita, que para mí también es mito, que dice que si no mostrás algo de Tinelli y entrevistás a una actriz seria te va a ir muy mal. Probablemente no midas lo mismo, pero es una elección de producción. Es más fácil grabar a Tinelli, editarlo e invitar a alguien que protagonizó una pelea que generar un contenido propio. Tampoco sabés qué fue primero, si el huevo o la gallina. Yo creo que es esta tele, este momento de la tele. Son ciclos.









