MAGDALENA HERRERA
La casualidad quiere que el autor de Historias Tupamaras, y del más reciente y polémico Milicos y Tupas (Editorial Fin de Siglo), se acomode para la entrevista justo bajo la mirada de Mario Benedetti, en el bar San Rafael. El escritor y poeta tuvo mucho que ver con la relación que se generó entre Leonardo Haberkorn y el pasado reciente. Fue a partir de un trabajo que el periodista se encontraba realizando sobre Benedetti que nace Historias Tupamaras. Y ese libro hizo reflexionar a una persona que llamó por teléfono a Haberkorn, decidido a contar un testimonio que revela aristas absolutamente desconocidas por la sociedad, centradas fundamentalmente en el año 1972. El periodista no se quedó con una sola voz y decidió chequear cada una de las informaciones que fue recabando a lo largo de cientos de entrevistas, muchas de ellas a los tres protagonistas de Milicos y Tupas, pero también a otros, militares, civiles y extupamaros. De ese trabajo se desprenden historias no oficiales, que están siendo cuestionadas desde varias filas.
Leonardo Haberkorn se muestra sorprendido por la repercusión de su libro. Sabía que generaría gran interés al narrarse temas nunca antes confesados. Pero jamás vislumbró tal polémica como, por ejemplo, las recientes declaraciones descalificadoras del exsenador Eleuterio Fernández Huidobro.
También es cierto que Milicos y Tupas salió en un momento crítico del país, cuando primero apareció un video de supuestos militares y en el Parlamento se debatía si derogar o no la Ley de Caducidad. Eso genera suspicacias. ¿Hasta qué punto especuló? "El libro iba a salir a fines del año pasado -dice el autor- para las fiestas. Pero a mediados de 2010 me llegó un encargo para trabajar en un libro sobre la historia del dulce de leche, que tenía una fecha de presentación en Young. Eso me llevó a postergar seis meses la salida de Milicos y Tupas; entiendo que genere suspicacias, pero no fue nada pensado. Por supuesto que todo lo que sucedió provocó que tuviera mayor repercusión y ha servido para su difusión. Pero fue una casualidad".
El profesor Armando Miraldi y el contador Carlos Koncke, ambos tupamaros, y el coronel retirado Luis Agosto, coincidieron en 1972 en el cuartel de artillería conocido como La Paloma. Los tres participaron de la tregua que militares y guerrilleros llevaron adelante, episodio investigado en profundidad por Haberkorn en su libro que arroja nuevos elementos sobre la historia reciente.
-Roberto Caballero y Eleuterio Fernández Huidobro descalificaron por completo su libro diciendo que es "una mentira tan flagrante que cae sola", entre otras cosas. Más allá de las conclusiones, que las sacará cada lector, ¿por qué cree que Milicos y Tupas despierta tanto enojo de parte de personas de mucho peso en lo que fue el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, y que hoy integran el MPP?
-Caballero es un colaborador de Fernández Huidobro, así que no se trata de dos críticas sino de la misma. El primero que salió a descalificar fue Caballero y le aclaré que no es conmigo con quien tiene que discutir, sino con las personas que dan su testimonio en mi libro, gente seria e intachable. Luego apareció Fernández Huidobro en persona. Dice que no leyó el libro pero se permite criticarlo, lo que de por sí ya habla de la seriedad de sus cuestionamientos. Pero está claro que exhibir ese tipo de debilidad lógica no le preocupa. Lo que a Fernández Huidobro le interesa es enchastrar la cancha, y cuanto más mejor, para que el público no lea el libro, para descalificarlo a priori. Dice que no soy un periodista serio, pero hace unas semanas el diario que ahora dirige me ofreció ser su secretario de redacción. Por suerte hay testigos de la reunión. Dice que el libro es una "basura" porque solo consulté a tres personas y miente. Las personas consultadas son decenas. Sobre el caso de algunos tupamaros que torturaron junto a los militares, a los detenidos por presuntos delitos económicos, le pregunté a Henry Engler, que sí estuvo en el cuartel de La Paloma y no como Fernández Huidobro, que habla sin haber estado, sin haber leído, sin ningún fundamento. ¿Por qué oculta ese dato a sus lectores? Pero no me sorprende. Eso es lo que siempre hace. Ese es su modus operandi: atacar con la máxima prepotencia, no importa cuán grande sea el disparate. Cuando el periodista Federico Leicht publicó su libro Cero a la izquierda, una biografía de Jorge Zabalza, Fernández Huidobro afirmó, con gran bajeza, que Leicht era un "policía en actividad" y que la obra era "un libro de la Policía". Cuando el periodista Alfredo García publicó Pepe Coloquios lo acusó, sin pudor, de ser una "víbora" y "un viejo tramposo conocido". Ahora simplemente me tocó a mí. Cada vez que aparece un libro que lo incomoda actúa igual. Que la gente saque sus propias conclusiones.
-También incomoda en otras filas. ¿Por qué molestaría si lo que dice el libro es verdad?
-Hemos vivido en la comodidad de relatos que son funcionales para que todo siga como está y cada uno conserve su cuota de poder, o su base de adherentes. Es así que tenemos el discurso militar que culpa de todos los males a la izquierda, o el discurso de parte de la izquierda que responsabiliza de todo a los militares, pero olvida la cuota parte que le corresponde. También está la teoría de los dos demonios que responsabiliza a ambos y olvida todo lo que giraba alrededor. Los tres son falsos, incompletos, no sirven para explicar lo que nos pasó. Y cuando alguien aporta cosas que contradicen esas historias provoca reacciones de gente que se siente tocada.
-¿Sabía que algunos tupamaros habrían torturado a presos por presuntos delitos económicos?
-No.
-¿Le quedó cien por ciento confirmado?
-Sí, algunos tupamaros, en ese cuartel, y en ese período. Lo confirmé 100% porque conseguí tres testimonios de tupamaros y, además, está el libro de Rodrigo Véscovi que recoge la versión coincidente del ex tupamaro Pedro Montero. También se lo pregunté a Henry Engler, quien lo califica de una deformación inadmisible pero tácitamente lo admite. Yo no lo sabía.
-¿Esa información partió del coronel retirado Agosto?
-Muchas cosas primero me las decía Agosto, y yo luego salía a chequearlas. Pero esto fue al revés. Primero fueron los extupamaros que me lo dijeron, y luego le pregunté a Agosto si era verdad. Éste le bajó un poco los decibeles. Él dice que algunos se prestaban a gritar, hacían como que era torturados, una especie de colaboración pero no participación. Pero me quedó confirmado por los testimonios de los propios tupamaros. Incluso lo afirma Pedro Montero en una carta que anda circulando en Internet, la cual es rarísima porque está enojado con mi libro pero a su vez dice que torturaron.
-¿Por qué cree que justo ahora tres protagonistas importantes del pasado reciente, entre otros entrevistados, cuenten cosas que nunca habían dicho?
-En Uruguay hay una necesidad de verdad, de salirse de los discursos esquemáticos y de las verdades oficiales que, a esta altura, no logran explicar nada. Y por eso no damos vuelta la página. Hay gente que conoce hechos que, ante esa evidente necesidad, siente la obligación de hablar. Por otro lado, está el trabajo del periodista que tiene que ir y convencer a los entrevistados. En el caso de Agosto, él me buscó a mí. No sé hasta qué punto pensaba hablar y cuánto fue lo que yo logré que dijera. Me costó mucho convencer al contador Koncke, más que a los demás, porque, según me dijo, ni su familia conocía toda la historia. Pero, sí, noté la necesidad de contar de gente que llamé. Así como también hubo muchas, muchas personas, que no quisieron hablar.
-¿Ejemplos?
-Uberfil Hernández, quien fue diputado y presidente de la Junta Departamental de Montevideo, y uno de los tupamaros presos en ese cuartel, se excusó amablemente. También localicé a dos oficiales que estuvieron en La Paloma. Uno de ellos es dirigente político de Larrañaga en Paso de los Toros, y tampoco quiso hablar. Otro, que era alférez en aquel tiempo, y me interesaba mucho su testimonio.
-Otra de las cosas que llama la atención en el libro es que el Presidente José Mujica desconoce, o no quiso saber, lo realmente sucedido el 18 de mayo, que culminó con la muerte de los cuatro soldados en un jeep, episodio muy minuciosamente detallado en Milicos y Tupas. ¿Por qué cree que Mujica no quiere saber del tema y por qué le dedica un capítulo entero a ese episodio?
-El entonces capitán Agosto cuenta que a partir de ese momento perdió las ilusiones que tenía en el MLN, y allí se desató la verdadera guerra entre el Ejército y el Movimiento. Por eso es que reconstruyo ese episodio con tanto detalle, porque en la vida de los protagonistas del libro, fue un momento clave. Agosto dice algo así como: "Estos que yo veía como aliados son mis enemigos". Tuve la suerte de encontrar varios testigos presenciales. Y sí, lo más sorprendente es que uno de ellos, Gerardo Ruiz, es una persona que trabajó mucho con Mujica en la campaña de difusión del MPP en el interior, y que el Presidente conoce bien. Más de una vez quiso contarle a Mujica lo que él y su familia habían vivido y, según confiesa en el libro, Mujica nunca lo quiso oír, sino que se aferraba a lo que ya le habían contado. Es lo que sucede con muchos de los que hablan del pasado reciente. Por ejemplo el señor Caballero o Fernández Huidobro no estuvieron en el cuartel La Paloma. Hablan de lo que les contaron. Pero la gente que yo entrevisto sí estuvo allí, o vivía en la cuadra donde se produjo el atentado al jeep. Quizás Mujica ahora lea esto y cambie de opinión.
-Por un lado el partido de gobierno se muestra absolutamente comprometido en saber la verdad. Pero por otro lado sale un libro y es descalificado por personas muy allegadas al gobierno, o que lo integran. ¿Nota un doble discurso?
-No lo digo en el caso de Mujica, pero notoriamente existe un doble discurso con la verdad. Hay mucha gente que quiere la verdad de ellos, su media verdad. Ayer leía comentarios en las redes sociales y una persona decía que una manera de engañar era decir demasiadas verdades juntas, y que este libro decía demasiadas verdades. Y esa es la mentalidad de algunos uruguayos. Hay personas que no quieren la verdad, dicen que sí, pero cuando la reciben les parece demasiada verdad toda junta.
-Uno de los protagonistas es militar. ¿El coronel retirado Agosto es representativo de lo que era la cabeza y el sentir de los mandos medios de ese tiempo?
-Él era capitán, y muchos otros como él participaron de la tregua, y tuvieron actitudes parecidas en algún caso. Ahora, ¿qué tan representativo es? Yo no podría asegurarlo. Notoriamente, él se diferencia de otra tanda de militares que llegó al cuartel luego, encabezada por Gavazzo. Y Agosto asegura que la mayoría de los militares seguía sus códigos y no los que impuso Gavazzo. Ojalá su testimonio y los otros que recojo en el libro sirvan para que aparezcan otros militares dispuestos a hablar.
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Los límites éticos de una investigación polémica
-Cuando iba con la información que conseguía a chequearla con otros entrevistados, ¿estos se mostraban sorprendidos?
-Casi nunca, todos ellos conocen la historia. Casi nada de lo que yo les contaba los sorprendía. Podría haber un matiz, alguna precisión, pero no una reacción de sorpresa total.
-Ni siquiera cuando habla de que muchos delataban a sus compañeros.
-De las cosas que más le pregunté a Agosto fue sobre la tortura porque entendí que tenía la obligación como periodista. Si bien admite que torturó con la práctica del submarino, él tiene su propia definición de tortura -que llama apremio-, también dice que no era necesaria en todos los casos, porque había mucha gente que hablaba. En un principio pensé en no incluir eso en el libro. Pero luego, los propios tupamaros me decían lo mismo. Miraldi cuenta cómo pasó a una sala donde tres personas que no fueron apremiadas contaron su historia. Ya no era la versión de un militar, sino de varios tupamaros. Entonces, sentí que no tenía derecho de no ponerlo. También, todos deberíamos preguntarnos qué haría uno ante la inminencia de ser torturado.
-¿Qué límites éticos se puso a la hora de narrar esta historia?
-Hubo decisiones complicadas desde el punto de vista ético. Por ejemplo, mucha gente me reclama porqué no pongo los nombres de los tupamaros que torturaron. Hay varias razones. Por un lado, quienes lo cuentan no quieren decirlo. También, si yo fuera a preguntarle a quienes lo hicieron, seguramente no lo aceptarían. Y en tercer lugar, ¿qué gano yo con sacar un nombre? ¿Aporta algo? ¿O sólo sirve para revolver el barro? Lo que sí me interesa es discutir sobre lo que pasó en cuanto a valores democráticos, a la apelación a la violencia en Uruguay, para que todo esto que ocurrió no vuelva a suceder nunca más. También intenté ser muy prudente en el caso de personas que murieron, que no pueden defenderse, traté de no nombrarlas.
-¿Por ejemplo?
-Una historia interesante que sucedió en el cuartel fue la de dos militares homosexuales, que en determinado momento fueron expulsados cuando se hizo notoria su orientación. Pero uno de ellos murió y el otro se encuentra en el extranjero. Sí me interesaría señalar que ninguno de los dos torturó. También está el caso que cuenta Agosto, del tupamaro que salía afuera del cuartel y delataba a sus compañeros. Sé el nombre, lo llamé para entrevistarlo pero nunca me atendió. En cambio, sí hubo personas que no ubiqué, pero que me contaban cosas loables de ellos, que sí incluí en el libro, como el caso de una tupamara que cuando estaban torturando a Buka se rebeló y le hizo frente a los militares.
La participación de cuadros del MLN en las torturas durante la tregua está en el libro.
Pactos de silencio
-Luego de su investigación, ¿concluye que hubo un pacto de silencio entre algunos integrantes de las filas militares y otros del bando tupamaro? ¿O cree que hay pactos internos como es obvio en las Fuerzas Armadas?
-Lo primero no lo sé. Lo que sí sé es que existen pactos de silencio internos en cada uno de los bandos, y que no se puede salir de la verdad oficial. El que lo hace es penalizado. Está el caso del propio Agosto que apenas apoyó la propuesta de monseñor Pablo Galimberti -de buscar restos de desaparecidos a través del secreto de confesión-, hace varios años, enseguida fue crucificado por los clubes militares. Y la reacción que ha tenido el secretario de (Eleuterio) Fernández Huidobro, y el propio exsenador, demuestra lo mismo. Es la reacción descalificadora frente a aquel que se anima a decir una cosa que no está dentro de lo oficial.