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 Domingo 12.02.2012, 04:13 hs l Montevideo, Uruguay
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Domingo

"Busco explotar positivamente el legado de mi padre"

PABLO ESCOBAR (H) Sebastián Marroquín, como ahora se llama el hijo del exjefe del Cartel de Medellín, tomó otro camino. Sin renegar del amor de su padre, aboga por la paz, hoy a través de la moda.

Opulencia. Ni prosperidad, buen pasar, o eufemismo alguno. Quien figura en documentos oficiales como Sebastián Marroquín (34) apela a esa palabra al referirse a su infancia y adolescencia. "A los siete u ocho años, mi padre me regaló un Renault 18 último modelo". Tenía motos Enduro y Harley Davidson, elefantes, hipopótamos y jirafas en un zoológico privado en la hacienda familiar, y gente encargada de pedir y pagar por él en un restaurante. Pero también tenía un ejército de custodias detrás suyo, una flota de blindados para desplazarse, la suerte de escapar de milagro de un atentado con 700 kilos de dinamita, tener que estudiar en la clandestinidad y un precio a su cabeza de cuatro millones de dólares. Todo eso por su padre, Pablo Escobar, el jefe del Cartel de Medellín, el narcotraficante más poderoso de su época y responsable de miles de muertes violentas, entre funcionarios estatales, mafiosos rivales, periodistas o simples ciudadanos. Forbes lo ubicó en su momento como uno de los diez hombres más ricos del planeta. La revista Semana de Bogotá dijo tras su ejecución, el 2 de diciembre de 1993, que por él Colombia dejó de ser conocida como la tierra del café.

"Muchos creen que en ese mundo se vivía una felicidad completa. Nada más falso. Una vez estaba escondido con mi padre en una finca de Medellín y se acabaron los víveres. Teníamos dos millones de dólares en efectivo y nos moríamos de hambre. Ninguno de los que ahí estábamos podía ir al supermercado, éramos objetivo militar. Eso me hizo cuestionar realmente el valor del dinero", afirma. Es muy consciente del enorme daño que causó su padre, pero no reniega de su amor. Hoy dice estar viviendo "18 años de horas extras" y evita "arriesgarse innecesariamente en lugares públicos" cuando viaja a Colombia, pero también afirma haber perdido el miedo de antaño, no andar armado y tener "a Dios como único guardaespaldas".

Marroquín, nacido como Juan Pablo Escobar Henao, habla desde algún lugar de Bogotá, donde supervisa una de sus obras. Es arquitecto, diseñador industrial y docente, recibido y radicado en Buenos Aires, en Palermo. Desde hace seis meses también está en el mundo de la moda. Se siente responsable de una misión harto difícil: "Busco explotar positivamente el legado de mi padre y llevar un mensaje de paz... aunque pueda pensarse que es contradictorio".

REFLEXIÓN. Como primogénito pudo haber heredado el negocio del padre, acribillado cuando Marroquín tenía 15 años por un operativo especial de la Policía colombiana con apoyo de Estados Unidos. De hecho, así pensaban al principio los numerosos enemigos de Escobar. Pero eligió ser "un malo que no ejerce", como dice citando a un coterráneo suyo, el escritor Héctor Abad Faciolince. "Es que en ningún momento de la vida con mi padre tuve tranquilidad. Nos explotaban bombas al lado y mi padre respondía con igual o más violencia. Mi apuesta fue por la vida y la paz". Esa apuesta ahora está en formato fashion.

"¿A quién le das crédito en tu vida?", dice la frase acompañada con una American Express; "¿En qué andas? Piénsalo bien", junto a un certificado de ausencia de antecedentes; "Buen ritmo, pero camino equivocado", y una licencia internacional de conductor; "¿Cómo pinta tu futuro?", al lado de un carné de bachiller; la lista sigue. Las leyendas fueron escritas por Marroquín y los documentos pertenecieron en distintas etapas de su vida a Pablo Escobar. Cada par está estampado y bordado en las remeras de Power Power, primera colección de la marca Escobar Henao. "A través de la moda y el diseño queremos transmitir un mensaje de paz a todos los jóvenes, hacerlos reflexionar sobre el pasado y evitar que la historia se repita. Entendemos que Escobar Henao no es una prenda de vestir: es una manera de pensar, una declaración de paz".

Aunque habla en primera persona del plural, Marroquín define este proyecto como muy personal. "Son prendas de algodón peruano de mucha calidad", se enorgullece el arquitecto devenido ideólogo/dueño/director de esta iniciativa. Afirma que hoy se venden en boutiques top de Estados Unidos, México, Austria y Bulgaria por 80 dólares. En breve piensa estar en España y Holanda. Asegura que el feedback es muy positivo y que través de su página web (www.escobarhenao.com) tuvo pedidos de Rusia, Israel o África. No están en Colombia. "Es una actitud de respeto a las víctimas del conflicto no comercializarlas ahí". Aún así, dice que el 10% de lo obtenido se destinará a "programas sociales que alejen la violencia de las calles" de su país.

Puede entenderse porqué no se venden en Colombia. En la página web está la colección, las tiendas, y también grandes imágenes del zar de la droga, incluso en los puntos de venta. Apelar a gigantografías del narco para llevar un mensaje de paz y reflexión es, al menos, cuestionable. "Sin duda, ese es el riesgo que corremos. Pero sabemos que lo estamos haciendo con amor. En ningún momento queremos hacer apología del delito y estoy involucrado en todo el proceso. Yo tengo que ser respetuoso tanto hacia la sociedad colombiana como hacia la imagen de mi padre y al amor que como hijo le profeso. Sería contradictorio si lo hiciera un tercero; pero soy el único hijo varón de Pablo, tengo la responsabilidad moral".

PERDÓN. La vida de Marroquín/Pablo Escobar (h) tras la muerte del capo ya es relativamente conocida, sobre todo por el estreno del documental Pecados de mi Padre (Nicolás Entel, 2009). Cambio de identidad para él, su madre, su hermana y su novia (hoy su esposa) por motivos de seguridad; es que en el mundo del narcotráfico los enemigos también se heredan. Radicación en Argentina luego del rechazo en varios países. Estudios, graduación, nuevas vidas.

El fin del anonimato llegó en 1999. El contador que les llevaba las finanzas los denunció por lavado de dinero. Su madre estuvo 20 meses presa; él, 45 días. La investigación duró siete años. La Justicia concluyó que sus activos tenían orígenes legales. "A mi cuenta bancaria la han investigado muchas veces. El mito es el mito. La totalidad de los bienes de mi padre fueron decomisados y destruidos. Él dilapidó su fortuna en la guerra contra el Estado colombiano y alimentando su corrupción. Yo vivo de mi trabajo y de unas herencias de mis abuelos". La hermana organiza eventos; la madre se dedica a negocios inmobiliarios.

Varios miedos los perdió durante la filmación del documental. Ahí le pidió perdón a los hijos del exministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla y del excandidato presidencial Luis Carlos Galán, cuyos asesinatos fueron ordenados por su padre. Las repercusiones fueron, mayoritariamente, positivas. Pero él no mató ni mandó matar a nadie, y sabe que la sociedad colombiana difícilmente perdone a Pablo Escobar. Él insiste: "El perdón es un elemento liberador del odio".

Juntos hace 20 años y casados hace ocho, con su esposa María de los Ángeles Sarmiento (nacida como Andrea Ochoa) recién ahora están pensando en la idea de tener un hijo.

"Era un gran acto de irresponsabilidad traer al mundo a un niño que fuera perseguido por los delitos de su abuelo, como fui yo. Hoy creemos estar en una realidad diferente. ¿Qué le voy a decir sobre el abuelo? La verdad, nada de falsos conceptos. Se dará cuenta que era el hombre más cariñoso del mundo; así lo fue con mi madre, con mi hermana y conmigo. Claro que toda la violencia deja en entredicho lo otro. Yo conocí la otra cara". Suena convencido. Sabe que su misión tiene aristas contradictorias. Vaya si lo es.

"Ahorita te llamo"

"El mejor padre. Primero que nada, mi amigo. Siempre me corregía a través de lecciones positivas. Aunque cueste creerlo, era una persona muy calmada, bien hablada, sensible ante las clases necesitadas". Así recuerda Sebastián Marroquín a su padre. Efectivamente, antes de entrar en la clandestinidad en 1983, Pablo Escobar era muy apreciado por sus proyectos y generosas dádivas en las zonas carenciadas de Medellín. Incluso llegó al Congreso, cosa que solo se consigue con importantes aliados políticos. "Eso en Colombia nunca se investigó, tal vez por las consecuencias que podría traer".

Su muerte ocurrió luego de que fuera rastreado tras una llamada que le hiciera a su hijo, alojado en instalaciones militares. Es imposible creer que Escobar desconociera eso. "¿Nunca pensó que en realidad podía ser la despedida de un hombre acorralado?". El arquitecto queda en silencio unos segundos. "Me sorprende que lo digas... Creo que eres la primer persona en el planeta que ha podido entender... Yo también lo pienso así. Papá sabía que violaba su regla de oro, no usar el teléfono. Puede haber sido una decisión de él, poner un punto final". ¿Y qué fue lo último que él le dijo? "Ahorita te llamo".

Sus cosas

Su ciudad

"Soy ciudadano del mundo", asegura. Pero puesto a elegir nombra las colombianas Medellín ("porque me dio y me quitó todo") y Cartagena de Indias ("tiene toda la magia, me roba el corazón cada vez que la vida me regala la oportunidad de ir") y la argentina Buenos Aires ("en ella conocí y disfruté a plenitud de mi libertad y pude educarme").

Un recuerdo feliz

"La Hacienda Nápoles (N. de R.: El enorme predio rural del narco, de casi 3.000 hectáreas, hoy propiedad del Estado). Pero no por las anécdotas del zoológico y los muchos lujos, sino porque ahí pude compartir el tiempo de mejor calidad al lado de mis padres. Luego la guerra nos arrebató la libertad y la vida de muchos seres queridos".

Posesión más querida

"Mi vida con libertad", enfatiza. Dice que durante lo peor de la guerra cuestionó mucho a su padre por la violencia, sobre todo por las bombas. "Él respondía que la primer bomba que explotó estuvo dirigida contra mi hermanita y contra mí". Eso fue el 13 de enero de 1988 en el Edificio Mónaco de Medellín. Este ataque fue atribuido al Cartel de Cali, sus enemigos.

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