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Agropecuario

El estancamiento del agro amenaza de nuevo

POR JOAQUÍN SECCO GARCÍA

jseccogarcia@gmail.com

Nota escrita el 11 de enero de 2012.

Haciendo balances, levantamos la vista de los asuntos cotidianos para mirar al paisaje. A nadie que esté atento escapa el efecto positivo sobre el ingreso nacional que tiene la coyuntura externa. A ello se suman políticas procíclicas locales que se añaden al efecto importado, lo cual amplía la percepción de prosperidad. Se han disparado los indicadores de consumo, importaciones, empleo, salarios, pero también la presión sobre los precios no transables, que son los que más crecen y cuyo aumento se trata de neutralizar mediante la apreciación del peso, perjudicando la competitividad y las exportaciones.

El agro ha sido el principal detonante de este ya largo ciclo de crecimiento del país. Empero, desde 2006, el crecimiento agropecuario se ha debilitado, a pesar de la coincidencia de la buena coyuntura externa, las inversiones extranjeras, el acceso al crédito, el descenso de la tasa de interés, la oferta de tecnología, el llamativo surgimiento de nuevos modelos de gestión en el campo y la consecuente atracción de empresarios innovadores, recursos humanos mejor calificados y mejor remunerados. Pese al contexto positivo, desde hace varios años el agro dejó de crecer y, según OPYPA, al final de 2012 no habrá recuperado aún los niveles de producción de 2006.

Sin embargo, aunque la producción no crezca, la persistente suba del precio de los productos, y la del ingreso resultante, ocultan la sensación de estancamiento. Si mejoran los precios, aunque no aumenten las toneladas, crece la riqueza disponible. Además, junto con el alza del valor de la producción, han aumentado los salarios, las rentas, los impuestos, los servicios, los insumos, la energía y consecuentemente se ha producido un mayor derrame de riqueza hacia los proveedores y clientes de los productores, lo que trasmite dinamismo a los negocios locales y nacionales. Todo sumado alimenta un ambiente de mayor bienestar, consumo y prosperidad, aunque la producción no esté creciendo. La baja de los precios que se empezó a verificar recientemente alertaría sobre un eventual freno de las tendencias descritas.

Que el PIB agropecuario vaya a quedar en 2012 algo por debajo del de 2006 puede sorprender hasta a la gente atenta a las cosas del campo. Llevó años que se entendiera que el agro estaba creciendo y era el motor de la economía. Ojalá no insuma tanto tiempo entender que está estancado y que se ha apagado el motor de crecimiento más competitivo de la economía, lo que plantea amenazas hacia el futuro.

Anatomía del estancamiento

Seis años sin crecimiento no pueden explicarse por una sequía o por la volatilidad habitual de los negocios del campo. Las explicaciones casuales no son suficientes. No existen hipótesis completas y de consenso sobre lo que ocurre. Hay varias contribuciones para una explicación, entre ellas el atraso cambiario, la desorbitada elevación de los costos, el deterioro del clima de negocios, la hostilidad del gobierno, las deficiencias de infraestructura, la escasez de recursos humanos y su precaria calificación, la necesidad de contar con soluciones tecnológicas que resuelvan problemas emergentes, el clima, la volatilidad de los mercados y las fallas en los sistemas de comercialización.

La ganadería aumentó su producción por última vez en 2005. Desde entonces se contrajo 9%. Se espera que crezca en 2012, casi como rebote. Cedió áreas a la agricultura, pero se tomaron áreas de los ovinos. Se redujeron las inversiones en pasturas artificiales, un reflejo de la falta de incentivos para elevar la productividad. El notable mejoramiento de las condiciones del negocio no se vio reflejado en la adopción generalizada de innovaciones y modelos de gestión capaces de elevar la productividad. Muchos lo hacen individualmente, pero su esfuerzo no alcanza para mover la aguja de las cifras globales.

La lechería o los granos, frente a la mayor competencia por la tierra y la suba de las rentas, aumentaron significativamente la productividad. No es un problema de la gente, sino de las condiciones particulares de la ganadería, cuyo conocimiento es aún parcial, impreciso e informal. Sin conocimientos no hay curación posible. Por eso, cuando no había conocimientos, había brujos.

La producción de granos creció hasta 2008, se estancó en 2009 y 2010, y el año pasado creció -principalmente por la notable cosecha de trigo-, pero ya se adelanta que en 2012 volverá a caer. La producción forestal ha experimentado un crecimiento intenso y estable, pero en 2011 también se estancó. La estrella es la lechería, que en 2011 creció a la inusitada tasa de 19% y todo apunta a la continuidad. Como resultado, aunque aumenta el valor de las exportaciones agropecuarias, el volumen físico del conjunto de ellas cae significativamente.1

En el mejor momento histórico –coinciden mercados firmes, acceso al financiamiento e innovaciones tecnológicas y organizativas con las mejores expectativas sobre el comportamiento de la demanda en más de un siglo–, el sector permanece seis años estancado. Nadie lamenta como pérdida lo que nunca nació. Seis años sin sumar, bajo el mejor contexto del siglo, representa enormes flujos de riqueza que el país no percibirá.

Si el conjunto del sector opta por frenar la inversión, habría que entender que los empresarios aprecian que la inversión adicional necesaria para crecer tendría resultados negativos. El sistema de incentivos está fallando. La suba de los costos internos y el cambio del clima de negocios parecen pesar. Durante el período de discusión del ICIR se alimentó una franca e inexplicable hostilidad hacia los negocios del campo. Una amenaza llamativa, de enorme subjetividad en una coyuntura delicada. En algún momento se había aconsejado el desarrollo agrointeligente tanto como ahora se obstaculiza.

En el mundo global de hoy, nuestros empresarios agropecuarios no representan una oligarquía, sino un conjunto que se parece a una clase media de PyMEs rurales, de carácter predominantemente familiar, con creciente formación de redes de negocios urbanos y globales. Una estancia es un negocio de la dimensión de una farmacia de barrio. Las explotaciones de grandes superficies han evolucionado hacia empresas asociativas, que operan en alianzas agrointeligentes con PyMEs especializadas. En ningún caso hay oligopolios que dominen los mercados, ni vigencia del extinguido latifundio. La concentración y extranjerización es infinitamente menor a la que existe en los bancos, los laboratorios o los autos.

El sueño de la colonización del territorio con pequeñas unidades familiares, que formuló el modelo batllista de hace un siglo, cada día tiene menos viabilidad. Entonces predominaban el trabajo manual y la tracción animal, y la producción casi no demandaba insumos y servicios del mercado. Hoy, los sistemas eficientes han adquirido mayor complejidad y la tecnología ofrece oportunidades de mejorar la competitividad con la escala.

En este contexto, la pequeña unidad familiar solo puede ser competitiva a costa de una magra remuneración del trabajo familiar y/o de la renta. Con excepciones, no hay posibilidades de expandir la colonización bajo condiciones de mercado como hubo en el pasado. Solo se puede expandir con subsidios públicos, bajo la tutela y el favor político que reducen la libertad, la autonomía y la creatividad de beneficiarios inevitablemente sumisos. La hostilidad hacia la clase media rural –mientras se exaltan, por un lado, las megainversiones de enclave y, por otro, al pobrismo– no tiene explicación económica y parece un capricho político con medio siglo de atraso.

Los errores estratégicos

A la economía le va bien cuando el agro invierte, crece, emplea, paga impuestos y exporta. Es el sector con mayor efecto multiplicador de la riqueza y del empleo. Da lugar al modelo de sociedad más equitativo, integrado y afluente. Como muestra, el sistema predominante en el cuarto Sudoeste del país (aunque hay otros muchos de características similares): innovación, competitividad, diversificación, articulación con la agroindustria y los servicios locales, redes de alianzas urbano-rurales, equidad, calidad de vida. Un enorme potencial para replicar y difundir.

Por el contrario, crecer porque aumentan el consumo y las importaciones –como ocurre desde hace unos años– no es una buena estrategia de largo plazo para un pequeño país. Mientras las importaciones crecen a mayor velocidad que el ingreso, el país sigue padeciendo frenos estructurales a la competitividad, que hacen improbable que las ventas al exterior se diversifiquen y crezcan a tasas semejantes a las de las importaciones.

El grueso de las exportaciones son agropecuarias y, si el sector no crece mientras aumentan vigorosamente las importaciones, se preanuncia un problema de balanza de pagos, como el que se vivió tantas veces. Puede retrasarse en la medida en que se neutralice la falta de dinamismo productivo con aumentos de precios de los productos exportados, como ha ocurrido en los años anteriores.2 Pasamos a depender del juego de los precios internacionales, que responden a circunstancias ultramarinas, y casi nada de nuestras iniciativas.

Cuando las señales externas son positivas, rápidamente la presión política conduce a la adopción de medidas pro consumo, pro déficit, pro endeudamiento, pro gasto improductivo, que debilitan la competitividad, la inversión y el crecimiento. Eventualmente, los procesos culminan en crisis (fines de los 50, 1982, 2002). Se ha aprendido mucho y el modelo de hoy dispone de mayores amortiguadores, pero a medida que se avanza en la misma dirección aumenta la vulnerabilidad.

A partir de la succión china y la valorización de las materias primas, Uruguay vuelve a modelos populistas parecidos a los de la postguerra. Con una diferencia con las estrategias de ese período. Entonces, los excedentes de las superganancias de los exportables se destinaron principalmente a subsidiar un modelo industrial ineficiente, pero que contribuyó —con los sobresaltos conocidos— a conformar clases medias urbanas con niveles crecientes de educación, lo que fortaleció la formación de una sociedad ejemplar, democrática y libre, con incentivos que giraron en torno al empleo, el mejoramiento de las calificaciones, la convivencia y la aceptación generalizada de valores compartidos.

En esta nueva fase de prosperidad, el nivel ampliado de gasto se destina crecientemente a otorgar subsidios directos a la población. Se visten bajo el incuestionable concepto de lucha contra la pobreza. En parte lo es, pero los límites y la eficacia de las políticas son dudosos. Incluso con crecimiento económico y bajo desempleo, sigue habiendo casi una tercera parte de trabajo informal y de muy escasa productividad.

Y la cuarta parte de la población recibe subsidios directos. Si contamos que otro tanto percibe jubilaciones, pensiones y seguros de desempleo, la suma se hace difícil de financiar para la otra mitad, que es básicamente la clase media vinculada a las PyMEs de toda naturaleza y las familias que se mueven en su entorno. Miradas para una monografía del "costo país".

Los incentivos ya no se ponen en el fortalecimiento de las capacidades, el empleo y el esfuerzo por mejorar la sociedad y la convivencia. Antes se fortalecieron clases medias integradoras; ahora se crean incentivos que consolidan el quiebre de valores y la marginalidad. No es sostenible la fundación de modelos de sociedad basados en subsidios permanentes. Deberían ser –si fueran necesarios- de carácter transitorio y apostar a la política social más efectiva: el fortalecimiento de capacidades. l

1 - Las fuentes de las cifras manejadas son el BCU y OPYPA.

2 - En esta nota no se alude, pero no se desdeña, el creciente aporte del turismo y de un conjunto de servicios innovadores, que realizan una fuerte contribución al equilibrio de pagos.

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