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Tecnologías antiguas que se han perdido en el tiempo
Ya no se consigue
Desde los violines Stradivarius, cuyo sonido no ha podido ser igualado, hasta una columna de hierro en Nueva Delhi, que permanece de pie hace 1600 años y aún no se ha oxidado, existen varias tecnologías y técnicas que la ciencia moderna no ha podido reproducir.

por Diego Nietto

La tecnología evoluciona a un paso tan arrollador que resulta difícil imaginar el aspecto que tendrá nuestra vida cotidiana dentro de 10 años, ¿cómo serán las computadoras y los celulares?, ¿en qué formato se grabarán las películas y la música?, ¿de qué forma se jugarán los video-juegos?, ¿seguirán dando "El show del mediodía" y "Estadio uno" en el lejano 2018? (esto último no tiene nada que ver pero de cualquier forma me lo pregunto).

Basta con perder unos minutos diarios en Internet para encontrarnos con múltiples anuncios de nuevas invenciones, productos innovadores y tecnologías que pueden obtenerse de forma más barata, rápida o eficiente; sea el disco duro de mayor capacidad, la pantalla más delgada o la posible cura de una enfermedad a partir de células embrionarias de ratón.

Sin embargo, este hombre versión "Siglo XXI" -que parece capaz de saberlo todo- aún no ha logrado descifrar los procesos de creación detrás de algunas tecnologías de civilizaciones pasadas. No nos referimos en este caso a estructuras como las pirámides egipcias o los enigmáticos moáis de la Isla de Pascua (ambos casos ameritarían un articulo en esta revista), sino a sustancias, materiales y artefactos de existencia real y comprobada, cuya misteriosa "receta" de fabricación se ha perdido para siempre en el tiempo.

Griegos "on fire"

El fuego griego era el nombre con que se conocía a una sustancia inflamable que ardía a altísima temperatura y contaba con la peculiar característica de adherirse a la pobre víctima que sufría sus efectos (similar al moderno Napalm), convirtiéndola en un arma decisiva para el temible ejército helénico.

La fórmula del compuesto, inventada en el año 670 por un arquitecto egipcio llamado Callicinus, fue mantenida en el mayor de los secretos por los mandos militares bizantinos, eliminando a todo aquel que pudiera conocer su composición y limitando la fabricación de la sustancia a un reducido número de alquimistas que trabajaban bajo las órdenes del imperio. En una carta a su hijo (futuro sucesor al trono), el emperador Constantino VII le ordenaba: "...Debes guardar por todos los medios el secreto del fuego griego. Si alguien se atreve a pedírtelo, rechaza esas peticiones respondiendo que el secreto se lo reveló un ángel al gran Constantino, el primer emperador cristiano, quien para prevenir a sus herederos, ordenó esculpir en el altar del templo una maldición para aquel que osara entregar este descubrimiento a los extranjeros…".

Inicialmente, el fuego griego era arrojado sobre los enemigos a través de catapultas. Al romperse el envase sellado que lo contenía, el líquido tomaba contacto con el aire y comenzaba a arder, siendo casi imposible apagarlo ya que, paradójicamente, el agua lo avivaba aún más. Posteriormente se perfeccionó la técnica de envasado y fue posible lanzarlo en forma de chorros a través de un novedoso sistema de tubos y bombas a presión, se pudo adaptar así a los barcos de la poderosa flota bizantina (lanzándolo a través de esculturas que simulaban fauces de dragones) y posteriormente a un dispositivo portátil cuyo tanque se cargaba como una mochila, el tatarabuelo de los modernos lanzallamas.

En 1453 los turcos otomanos conquistaron Constantinopla (hoy Bucarest), siendo esta batalla la última mención histórica del fuego griego. De esta forma, la caída de la capital del imperio bizantino sepultó el secreto del mismo para siempre. Desde entonces, alquimistas y científicos modernos han fallado al intentar recrear la misteriosa sustancia, la cual, según se supone, habría estado compuesta fundamentalmente por una mezcla de cal muerta, azufre, sal, brea, asfalto, petróleo destilado, aceites vegetales y, tal vez, salitre o cal viva.

A prueba de óxido

Ubicado en las ruinas de lo que fuera la primera ciudad islámica, en las afueras de Nueva Delhi, se emplaza el templo de Qutub Minar. Allí, además de "La torre de la victoria" -el minarete más alto del mundo con 72,5 metros de altura- se encuentra otra estructura muy particular que desde hace siglos desconcierta a todo aquel que se haya tomado un tiempo para estudiarla. El objeto en cuestión es una solitaria columna de hierro fundido ubicada en el centro del patio de la mezquita. La misma tiene casi 7 metros de altura y más de 6 toneladas de peso.

La precisión y el desconocido método de soldadura con que fue construida hace 1600 años ya son suficientemente dignos de causar asombro, pero lo verdaderamente curioso es que éste pilar de hierro, por alguna causa hasta ahora desconocida, parece ser inmune al óxido. Las causas tras esta peculiar propiedad anti-corrosiva van desde una característica producida por el clima seco de esta región de la India hasta (la más probable) un componente secreto en los materiales usados durante su construcción que el creador se llevó consigo a la tumba. Para aumentar el misterio, hay quienes aseguran, como si se tratase de un iceberg, que el pilar de Delhi sería la parte visible de una estructura vertical de 18 metros cuya base está enterrada en el suelo, tanta necesidad de cimentación va de la mano con la inscripción que se encuentra grabada en la base: "Mientras yo me sostenga, se sostendrá el reino hindú".

En caso de que alguna vez puedas visitar el lugar, la leyenda dice que si uno camina rodeando la columna mientras se piensa fuerte en un deseo, este se cumplirá.

Acero de sangre azul

Desarrollado fundamentalmente entre los siglos X y XVIII, el método de fabricación del denominado Acero de Damasco es considerado uno de los grandes misterios sin resolver de la ciencia moderna. Tal calificativo se basa en la enigmática presencia de nanotubos de carbono, estructuras de una millonésima de milímetro de diámetro que en la actualidad sólo se consiguen fabricar con la avanzada tecnología de la industria aero-espacial.

Característico por los patrones azulados en forma de estrías que presentaba su superficie, el acero de Damasco combinaba en forma ideal dureza y flexibilidad, las dos características más importantes para una espada, dotando a estas armas de una calidad que -según leyendas de la época- les permitía partir rocas sin perder su "filo eterno" o rebanar una seda solamente dejándola caer sobre ellas.

Poco se conoce sobre su origen, pero se cree que la técnica para fabricar esta aleación surgió en la India, cientos de años antes del nacimiento de Cristo. Dicho proceso utilizaba por primera vez un catalizador para quitar las impurezas del metal, las mismas eran posteriormente removidas por un vidrio especial que oficiaba de refinador y permitía obtener un acero más puro y resistente, producto de la riqueza de carbono. Esta técnica habría viajado junto con las tribus desplazadas y los mercaderes hacia oriente, donde fue perfeccionándose con el paso de los siglos gracias a los avanzados conocimientos de metalurgia que poseían los habitantes de esa región.

Mas allá del secreto, mantenido celosamente por los pocos herreros que lo fabricaban, se cree que el final de ésta técnica está relacionado con el agotamiento de los yacimientos de tungsteno y vanadio que existían en la región, componentes que, se supone, eran utilizados en la fabricación del material.

Hoy en día es posible obtener acero de calidad y características similares a las de Damasco, pero con un proceso sumamente costoso y una tecnología infinitamente más avanzada que la original.

Sonido único

Más conocido es el caso de los míticos Stradivarius, instrumentos de cuerda fabricados por el luthier italiano Antonio Stradivari cuya perfección sonora aún no ha podido ser completamente explicada y siendo las causas de ésta calidad sublime e inimitable un tema de debate entre aquellos especialistas que los han analizado.

Las teorías son varias, entre ellas: un extensísimo tiempo de secado de las maderas de arce y abeto utilizadas en la fabricación (quizás de 60 o 70 años), una extensa ola de frío polar que asoló a Europa y mejoró la dureza de las maderas de esa época en particular, un elaborado tratamiento en base a soluciones de sales metálicas o el uso de un barniz especial con el que los instrumentos fueron tratados y cuya composición sólo era conocida por su creador, siendo esta última la hipótesis más aceptada.

Se calcula que entre violines, violas, violonchelos, mandolinas, guitarras y una única arpa, la familia Stradivari fabricó unos mil instrumentos, de los cuales sobreviven un poco más de la mitad, cada uno con su propio nombre y un valor que en el peor de los casos supera fácilmente el millón de dólares.

Un rumor -que ya ha alcanzado el grado de leyenda urbana- cuenta que uno de estos invaluables violines fue adquirido a un precio irrisorio por un afortunado (y ahora millonario) turista en la feria de Tristan Narvaja.

Las teorías sobre los violines Stradivarius son varias, entre ellas: un extensísimo tiempo de secado de las maderas de arce y abeto utilizadas en la fabricación (quizás de 60 o 70 años), una extensa ola de frío polar que asoló a Europa y mejoró la dureza de las maderas de esa época en particular, un elaborado tratamiento en base a soluciones de sales metálicas o el uso de un barniz especial con el que los instrumentos fueron tratados y cuya composición sólo era conocida por su creador, siendo esta última la hipótesis más aceptada.

Transparencia romana

Por último, aunque no menos fascinante, encontramos el curioso caso del Cesto de frutos, un fresco hallado en el sitio arqueológico Oplontis de Pompeya. En esta pintura se aprecia una cesta con distintos tipos de frutas, hasta allí es una típica "naturaleza muerta" sin nada llamativo, lo curioso es que el canasto está claramente cubierto -debido a su transparencia y al modo que refleja la luz- por un delgado material similar a un moderno film transparente.

Considerando que el fresco tiene 2.000 años de antigüedad y que el nylon es un polímero derivado del petróleo creado a mediados del Siglo XX, es fácil advertir que hay algo que está mal.

¿Estamos ante un material imaginado por el artista que pintó la obra o los romanos contaban con tecnología más avanzada de la que suponemos?

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El sonido de los Stradivarius no ha podido ser igualado
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