Por: Mariel Varela
Lastima la realidad haitiana. La televisión muestra imágenes y conmovedoras de una realidad que sólo quienes estuvieron allí pueden transmitir. La situación de los sobrevivientes del terremoto que aconteció el pasado 12 de enero es devastadora y sólo quedan víctimas en Puerto Príncipe.
El mundo se paralizó ante la tragedia, la ayuda comenzó a viajar de todas las formas posibles y también los periodistas de todo el globo se hicieron presentes para mostrar lo que quedaba de aquel país que, antes y ahora, vive en permanente reconstrucción.
Para conocer cómo vivieron los periodistas uruguayos esos días, Sábado Show reunió a los cuatro que estuvieron presentes en Haití. Carolina Domínguez por Canal 4, Aureliano "Nano" Folle de Surayado, Martín Sarthou por Canal 12 y Carlos Rodríguez de la señal oficial. Todos con historias y sensibilidades diferentes, con diversas formas de enfrentar el dolor y mantenerse en pie para transmitir lo que veían a los miles que los miraban desde aquí. Para niguno fue una cobertura más y hasta hoy, varios después de su regreso, las imágenes les quedan grabadas.
El aviso y la partida. Carolina, la más jovencita del grupo, recibió un llamado del Canal y no dudó un segundo en emprender viaje. Armó una pequeña valija con "unos pocos pantalones y musculosas, con colores que combinaran" y así marchó, con el orgullo y la preocupación de sus padres a cuestas.
La historia para Martín Sarthou fue un tanto distinta. Él alertó a los gerentes de Canal 12 de que "valía la pena" una cobertura presencial. Y en su casa "están ya anestesiados", asegura. Lo único que hizo fue alertar a la madre de su hija para que la pequeña no mire el informativo mientras él estaba de corresponsal en Haití. "En mi familia lo viven con la preocupación lógica, pero ya hace cuatro años que entienden estas cosas", contó.
"Nano", por su parte, sacó el pasaporte y la Visa de urgencia, pero su reacción inmediata fue prevenirse de las enfermedades mortales. Se dio cuatro vacunas y partió. En su casa las caras fueron de asombro, los bolsos de las vacaciones que empezaban ese día quedaron desarmados y el papá y esposo periodista salió en un viaje un poco más duro.
Carlos Rodríguez, en cambio, procuró él mismo su viaje e hizo los contactos necesarios porque entendía que era una obligación profesional y que "el canal estatal no podía quedar por fuera". Su caso, como el de Sarthou, era distinto en cuanto a los nervios y la familia: ambos estuvieron ya en coberturas arriesgadas (el periodista de Canal 5 había viajado al Congo) y a los dos les gusta ese tipo de trabajo.
La llegada. "Lastima profundamente ver cómo viven esas personas", señala Carlos al recordar su arribo. "Pensé que me iba a encontrar con el drama del terremoto, pero encontré con el drama de una vida miserable, que lleva muchísimos años", asegura. A grandes rasgos, sus colegas comparten la visión.
En el caso de Sarthou, lo primero que vio al llegar fue "un muerto tapado con hojas". "Eso estaba dentro de los planes que teníamos. Ahí empezó la historia y era donde queríamos estar. Esas situaciones me producen un shock adrenalínico de excitación controlada y no me dan los ojos para ver todo lo que quisiera registrar", contó.
Carolina Domínguez, de su parte, reconoce: "Yo soy un poco inconsciente, entonces, como que no pensé con lo que me iba a encontrar. Pero cuando llegué vi un mundo que no imaginé tan impactante".
Miradas. "Todas las personas que estaban en las calles habían perdido hijos, padres esposas, tíos, primos. En algunos hospitales no había calmantes, había gente amputada... Pero ahí no había una queja, un reclamo. Esas miradas me quedaron grabadas", recuerda Fole. Y Sarthou complementa, ya que más allá del dolor por los miles de muertos, "son mucho más jodidos los que están vivos porque te miran a los ojos".
Esas miradas que no se dejan atrás persiguen también a Carolina, a quien le dijeron que no se involucrara y se focalizara en el trabajo. "Al estar una semana ahí es imposible, te encariñás y a mi me pasó con un nene de cinco años, llamado Jonny. Igual, eso me ayudó a humanizar mucho más la situación. Ver su cara era ver la de todos los otros niños".
El régimen que maneja Naciones Unidas les prohíbe a los periodistas interactuar con los civiles. Todos debían respetar la norma pero el dolor se sentía. "Ver esas caritas pidiéndote la botella y no poder dársela, te mata. Nos quebrábamos y lagrimeábamos. En los trayectos a paso de hombre escondías todo, pero no porque te fueran a robar, sino porque te sentías la peor persona del mundo por no darles nada", dice Sarthou.
"Esta no se puede poner en la lista de coberturas. Fue un lugar extraño. En el ambiente se percibía mucha muerte, dolor, todo junto", remarca Folle.
Y en esas recorridas por las calles de Puerto Príncipe era cuando se podía medir el sentir de la gente. Sarthou lo resume así: "Era como un apagón. Les bajaron la llave de la alegría. Casi el único motivo de felicidad era conseguir agua y comida". Mientras Nano asegura que "los habitantes deambulan por las calles como si fueran zombies, sin rumbo, desorientados".
"Ellos viven el día", resume Carolina Domínguez, "pasan el día en la calle, cocinando, no tienen televisor, no tienen nada electrónico. Su vida es eso, lo que caminan por la calle, no tienen un proyecto de vida, como podemos tener nosotros acá".
El enviado de Canal 5, en tanto, recuerda lo que veía en las calles como una "miseria atroz, que golpea". "La miseria que conocemos en Uruguay es la del asentamiento con luz eléctrica y agua potable". Para él es un eufemismo señalar a Haití como país y prefiere denominarlo "un territorio con gente". "Tras el terremoto, el presidente se fue, no hay policía en las calles... la institucionalidad es virtual", explica.
Quebrados. Aunque para cada uno de los periodistas, el viaje significó una posibilidad profesional como pocas ir a transmitir esta tragedia, también a todos les implicó un golpe duro. Entonces ¿cómo mantenerse firmes ante el dolor que les tocaba vivir? ¿cómo no quebrarse ante semejante panorama?
Carlos Rodríguez cuenta que varias noches, luego de enviar sus materiales a Canal 5, "fumaba muchísimo", más de lo que acostumbra en Montevideo. "Lloré un poco también, lo que más me afectó fue la cantidad de niños mutilados. Lo que me quebró no tuvo tanto que ver con los muertos, sino más bien con los mutilados. Las caritas de los niños. Eso me abrumó", cuenta.
Sarthou prefiere reservarse esos momentos de dolor, en los que las emociones van más allá de lo profesional, aunque señala -igual que sus colegas- que lo que más le dolió fueron los niños. Y en comparación con otras coberturas que ha hecho, explica: "En las otras estaba como anestesiado y me caía después, cuando volvía a Montevideo. Pero en Haití fue distinto. al tercer día la anestesia se había ido y tenía unas ganas tremendas de largar todo y ponerme a ayudar a esa gente".
De hecho, contó una anécdota que lo hizo valorar de un modo un poco distinto su trabajo. "Cuando llegamos a un paso, nos preguntaron si éramos de la ayuda humanitaria y yo dije que no, que éramos periodistas. Y me respondieron: periodistas son ayuda. Cada cámara que viene es ayuda que termina llegando de otro país. Y ahí sentí más que nunca que haciendo mi trabajo también estoy ayudando".
Nano, en tanto, asegura que estas coberturas son una prueba para la capacidad de resistencia de cada uno. "Son un buen chequeo médico para saber cómo está uno en la moral, las emociones, la mente y el físico". El enviado de canal 10 reconoció que tuvo miedo "de que el cuerpo no aguantara, que las emociones apretadas empezaran a jugar un rol complejo". Y en algo afectaron, porque contó que tuvo algunos dolores de cabeza, pero nada que le impidiera seguir esas jornadas larguísimas de trabajo que iban de seis de la mañana a once de la noche.
20 de enero. Un segundo sacudón de 6.1 en la escala Ritcher volvió a alertar a la población y asustó a tres de los corresponsales uruguayos, que saltaron de la cama a las seis de la mañana. El cuarto, Sarthou, contó que no sintió nada en ese momento. Estaba dormido y su compañero corrió a levantarlo. "Fueron tres segundos. Cuando entré en razón, ya había pasado", recuerda.
Carolina Domínguez sintió "clarito" el temblor. Se despertó escuchando el grito de "¡Fuera!" de parte de los militares, pero no podía levantarse a causa del fuerte movimiento. "Enseguida nos fuimos a un patio todos juntos con los militares que estaban ahí y la sensación era de incertidumbre, de qué pasaría después. Porque además, no sabés si está terminando, si es el principio... es muy complicado de describir", resumió.
Por su parte, Folle compara los temblores con un estado de borrachera. "Da la sensación de que caminas sobre un colchón de agua, no podés ir ni para atrás ni para adelante, ni para los costados". Y Carlos Rodríguez explica cómo fue en su caso: "las primeras réplicas no las entendí. Pensé que eran mareos. Vivimos varias, algunas más leves, otras más fuertes, pero no sentí miedo".
El desafío. Este tipo de coberturas corren el riesgo de caer en el morbo, en el amarillismo. Los cuatro periodistas reconocen que en este tipo de temas eso puede suceder, aunque los cuatro intentaron evitarlo. "Nosotros pensábamos que íbamos a ver cuerpos apilados en las calles. Finalmente eso no pasó, pero si hubieran estado era inevitable mostrarlos. Una cosa es mostrar eso y otra enfocar la mano, la cara, eso es morbo", señala Sarthou y explica que él buscó "dar un marco analítico, poner en contexto, reflejar olores y sentimientos que la cámara no puede transmitir".
Domínguez, la menos experiente del grupo, dijo que ella se apoyó mucho en Gabriel Iraola, camarógrafo de Canal 4. Se plantearon contar la verdad, sin inflar ni dejar de lado la realidad. "Hubo mil cosas que vimos y no mostramos porque no las compartíamos. Lo que salió al aire era lo que se podía ver", señaló.
Mientras para Carlos la primer consigna fue separarse del amarillismo. "Me planteé explicar por qué la ayuda humanitaria era tan difícil de distribuir y me enfoqué en que las imágenes eran de una vida miserable instalada en el país y no sólo consecuencia del terremoto", explicó.
Nano Folle, en tanto, asegura que hay situaciones que lo pueden sobrepasar a cualquier periodista y que eso parezca sensacionalismo. Pero dijo que él no cree que nadie lo haga por gusto. "Igual, yo trato de no hacerlo", aseguró. Su intención en la cobertura fue "mostrar un poco la esperanza", dijo, y contó una historia que le quedó grabada: "dos muchachos rescataron a una mujer embarazada al octavo día de búsqueda. Ella lloraba porque pensaba que había perdido el bebé, pero parió en la ambulancia. Ver a esos dos hombres y ver las fotos de la bebé recién nacida, eso es un milagro. En medio de la tragedia es un mensaje de que a pesar de que lo peor te esté pasando, hay una lucecita y que si uno quiere mirar hacia ahí, puede".
Peripecias de una cobertura inigualable
Un pueblo religioso
Los horarios en Puerto Príncipe, la capital de Haití sacudida por el terremoto del 12 de enero, los marcaba el reloj militar. A las seis de la mañana, o incluso antes, ya era momento de estar arriba, pronto para salir a recolectar material.
Aureliano "Nano" Folle recuerda que valoraba enormemente el simple hecho de tener la posibilidad de tomarse un mate, ver el amanecer, y escuchar los cánticos de quienes rondaban el campamento.
En Haití levantarse con alabanzas a Dios es lo más natural. La gente se apoya mucho en la fe; acuden a la Iglesia vestidos de blanco y rezan muy a menudo. Pese a la destrucción, no faltan las misas y ceremonias de las distintas religiones.